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El culto a las imágenes

Bautismo-del-Senor_Fresco-del-siglo-III-catacumba-de-Santos- Marcellinus-y-Pedro

 

 

 
 
 
I N D I C E
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1.-El cristianismo temprano

Para conocer cómo fue la incorporación de los símbolos e imágenes al arte cristiano temprano, conviene hacer “una composición de lugar”, siguiendo el consejo de san Ignacio. 
 
En los primeros momentos posteriores a la Ascensión y Pentecostés, las comunidades cristianas estaban formadas por los testigos de la resurrección más los que la predicación iba agregando al conjunto de las apóstoles. En resumen, un grupo, más o menos numeroso, de judíos que convivían en la clandestinidad por miedo a las autoridades religiosas que les habían prohibido predicar a Jesús. Pero los elegidos
“Perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones. Todo el mundo estaba impresionado y los apóstoles hacían muchos prodigios y signos. Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno. Con perseverancia acudían a diario al templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y eran bien vistos de todo el pueblo; y día tras día el Señor iba agregando a los que se iban salvando” (Hch 2, 42-47).
 
Sólo la confesión de fe distinguía a los cristianos que acudían a orar al Templo de Jerusalén diariamente, según la afirmación de san Pablo:
“Porque, si profesas con tus labios que Jesús es Señor, y crees con tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo”. (Rom 10,9)
 
Desde el principio los apóstoles se dedicaron al servicio de la Palabra evangélica, y los Hechos nos dan algunos detalles de cómo se fue desarrollando:
Los Doce, convocando a la asamblea de los discípulos, dijeron: «No nos parece bien descuidar la palabra de Dios para ocuparnos del servicio de las mesas. 3 Por tanto, hermanos, escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría, y los encargaremos de esta tarea: 4 nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la palabra». (Hch 6,2ss)
 
Pablo predicó en las sinagogas de Damasco. Allí
Se quedó unos días con los discípulos de Damasco, 20 y luego se puso a anunciar en las sinagogas que Jesús es el Hijo de Dios” (Hch 9,20).
Posteriormente se dirigió a Atenas, la gran ciudad de la cultura griega que se había impuesto como franca en toda la ecúmene. Allí sufrió el impacto de ver por todas partes las estatuas del Panteón:
“esperaba en Atenas, su espíritu se irritaba en su interior al ver que la ciudad estaba llena de ídolos.” (Hch. 17, 16)…  “Pablo fue a la sinagoga y durante tres meses hablaba con toda libertad del reino de Dios, dialogando con ellos y tratando de persuadirlos. 9 Como algunos se obstinaban en no creer, desacreditando el Camino ante la gente, Pablo rompió con ellos” (Hch 19, 8)
 
En general, ese fue el ambiente del primer siglo en las Iglesias que se iban creando con la predicación de los apóstoles, pero complicado con el hecho de que aparecieron una verdadera multitud de sectas que, diciéndose cristianas, desfiguraban gravemente la doctrina apostólica.
 
En el Imperio Romano, se permitían los cultos existentes en los países dominados --por ejemplo, se permitía el culto en el Templo de Jerusalén y la Ley mosaica en la vida del pueblo judío--, excepto aquellos que comprometieran la Pax Romana  o representara un peligro para Roma. El más provocador para la nueva religión cristiana era la obligación común y obligatoria para todos de adorar a los emperadores o dioses paganos del Panteón romano.
 
Durante los dos primeros siglos los cristianos fueron acusados de crímenes contra el emperador por la simple razón de oponerse cumplir con estas disposiciones. La mayoría de los martirios que sufrieron las comunidades cristianas fue por la oposición a a adorar las estatuas regias repartidas por todo el Imperio, o negarse a ofrecer sacrificios a dichas estatuas o a las de algunos de los dioses romanos.
 
Hasta Constantino, en 313, la Iglesia primitiva existió en la clandestinidad, mientras las persecuciones se entretejían con períodos de calma. Era una forma de vivir que exigía multiplicar las precauciones en la defensa de los miembros de las comunidades; crear hábitos de comunicación clandestinos y crípticos; recurrir a imágenes y símbolos sólo inteligibles para los iniciados; y crear una metodología catequética que protegiera la doctrina de curiosos o malevolentes. 
 
Como consecuencia de la general tolerancia romana hacia los cultos de los países ocupados, había muchos cultos misteriosos y extrañas doctrinas que, lejos de beneficiar a los cristianos por la posibilidad de camuflar su actividad en el piélago de sectas existentes, les obligaban a un esfuerzo suplementario en demanda, tanto de diferenciarse de ellas, como en su pretensión de posesión de la única verdad divina. Estos esfuerzos resultaron determinantes en el nacimiento y desarrollo posterior del arte cristiano.
 
El símbolo fue la gran oportunidad de la naciente cultura cristiana. A través de imágenes simbólicas, llenas de nuevos significados propios de la nueva religión, se fueron generando comunicaciones cada vez más elaboradas y de más hondos significados. A semejanza del maestro, que enseñaba con parábolas, la nueva cultura empezó a hablar a la inteligencia cristiana de los misterios evangélicos y a prepararla para estar “dispuestos siempre para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza” (1Pe 3,15)
 
Las pinturas de las catacumbas, como de tema del Buen Pastor o del redil, las imágenes del barco que navega en el mar, o del ancla, se encuentran entre las primeras imágenes simbólicas de la iglesia citadas en los Decretos Apostólicos. 
 
No puede extrañar que el conjunto del simbolismo de la Iglesia primitiva sea entendido solo por los iniciados durante los primeros tres siglos. Fue a partir de la legalización de la nueva religión en el Imperio Romano a principios del siglo IV cuando se introdujeron símbolos más reconocibles. Como en tantas otras ocasiones, el cristianismo no ha dudado en tomar prestados símbolos esenciales conocidos en todas las regiones que se practicaban en el imperio, como el agua o el fuego, que se comentarán más adelante
 
Aunque los primeros cristianos procedían del pueblo judío, en general no hubo problemas con la aceptación de las imágenes. 
 

2.-Las primeras imágenes cristianas

El-buen-pastor_paleo-cristiano_Catacumba-de-Calixto_s.III_Roma.La cruz
A partir del siglo II se conoce el uso de la T para comunicarse la identidad cristiana entre miembros de la Iglesia, pero las escenas conexas de la crucifixión fueron raras hasta el siglo V. 
 
Fue sin duda el descubrimiento de la vera cruz de Cristo, hecho por la Emperatriz Helena, madre de Constantino, quien trajo a la conciencia popular lo que es, desde entonces, el símbolo de la religión cristiana. El posterior desarrollo de las peregrinaciones al monte Calvario de la raíz popular de lo que luego sería la Cristiandad extendió a todo el mundo las imágenes de la Cruz y de Cristo crucificado, muchas de ellas a través de los recuerdos que, en forma de pequeños depósitos metálicos llenos de aceites sagrados –conocidos como ampollas de Monza--, se llevaban los peregrinos a sus ciudades de origen. 
 
La imagen de Cristo como Buen Pastor --un joven pastor con un cordero sobre sus hombros--, refiriéndose a las palabras del Salvador: " Yo soy el Buen Pastor" (Jn 10,14). 
 
El cordero, a menudo representado en un círculo con un halo alrededor de su cabeza. Y solo en el siglo IV aparecen imágenes en las que reconocemos la imagen más familiar de Cristo como el Dios-hombre (por ejemplo, en las catacumbas de la Commodilla).
 
Las escenas bíblicas son una fuente inagotable para esta imaginería que quiere ser críptica y simbólica por necesidad. Si los signos del Antiguo Testamento se hacen claros a la luz del Nuevo, a la luz de Cristo, a quien prefiguran, cómo no van a ser usados con la finalidad que les es propia por los judíos convertidos a la nueva religión de Jesús. Una breve relación de figuras de la historia sagrada, que inequívocamente remiten a Jesús, da idea de cuán fecunda es esta fuente:
 
La historia sagrada del A.T.
Noé con el arca; 
El sacrificio de Abraham
La escalera de Jacob; 
José, traicionado por sus hermanos
Jonás siendo devorado por una ballena;
Daniel en el foso de los leones; 
Moisés sacando agua de la roca; 
Tres jóvenes en el horno de fuego
 
Las escenas evangélicas
Resurrección de Lázaro. 
La adoración de los magos, 
Cristo con la mujer samaritana
Cristo y su resurrección.
Caminar sobre el agua
Imágenes de comidas
 
El “alfa y omega”
También de estos primeros años es el uso en el cristianismo primitivo de las letras del alfabeto griego alfa ( alfa o A ) y omega ( ω o Ω ), primera y última, se deduce de la declaración del mismo Jesús (o Dios) " Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin, el primero y el último” (Ap 22,13).
 
El ancla    
Los cristianos adoptaron el ancla como símbolo de esperanza para una existencia futura, ya que el ancla se consideraba en la antigüedad como un símbolo de seguridad, tal como se lee en la carta a los Hebreos:
"aferrándonos a la esperanza que tenemos delante. La cual es para nosotros como ancla del alma, segura y firme" (Heb 6, 18s)
 
El agua
El agua tiene un significado simbólico específico para los cristianos. Fuera del bautismo, el agua puede representar purificación o pureza.
 
El fuego
El fuego, especialmente en forma de llama de vela, representa tanto el Espíritu Santo como la luz, porque nuestro Dios es fuego devorador (Heb 12,29)
 
El pan 
Yo soy el pan de vida. (Jn 6, 35)
«Yo soy el pan bajado del cielo» (Jn 6, 41)
Yo soy el pan de la vida. (Jn 6,48)
Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. (Jn 6, 51)
 
Los peces
“Ichthys” o “Ichthus”, palabra que en griego antiguo (ἰχθύς) significa “pez”
En esta simbología, las letras de la palabra "Ichthys" representan las iniciales de la frase:
IIesous Christos Theou Yios Soter
 
Ichthus: I = Iesous (Jesús); Ch = Christos (Cristo); Th = Theou (Dios); U=Uios (Hijo); 
S=Soter (Salvador)
 

3.-El culto a las imágenes

El icono, según la definición clásica, es una “ventana abierta al mundo invisible”, concepto éste de asomarse a lo invisible enraizado en los documentos neotestamentarios. Así, san Juan, en el Apocalipsis, tras haber revelado el contenido de las siete cartas dirigidas las siete iglesias por sus respectivos ángeles, dice: “Después de esto, miré y vi una puerta abierta en el cielo” " (Ap 4: 1).
 
La Iglesia siempre ha tenido claro que las imágenes sagradas, que a partir del siglo III se iban extendiendo desde las catacumbas a los hogares domésticos y lugares de culto, eran parte de su vida litúrgica y de oración. Y como la historia de la Iglesia está inserta en la Historia de la Salvación, la historia de la veneración de las imágenes se ilumina si se contempla desde el nivel superior de la Salvación.
 

3.1.- La revelación natural en el culto a las imágenes

El-Salvador-no-de-manos_(icono-de-Novgorod_siglo XII) -Acheiropoietos
Las primeras imágenes del rostro del Salvador aparecen en lienzos atribuidos a manos no humanas, iconos conocidos por su denominación griega de “ajeiropoíetos”, palabras que se puede encontrar en las manifestaciones de los falsos acusadores de Jesús: “Él ha dicho, “Yo destruiré este templo, edificado por manos humanas, y en tres días construiré otro no edificado por manos humanas”" (Mc14, 58).
 
En la página el Mandylion de este mismo sitio puede obtener información más amplia sobre estos primeros iconos, más numerosos de lo que podría esperarse dada su condición excepcional de “no estar hecho por manos humanas”. Estos pueden clasificarse en
a) las Imágenes “no hechas por manos humanas”, impresas en la vida del Salvador,
b) las "huellas" inmediatas de ellas y
c) los lienzos del sepulcro (sudarios),
 
No es extraño, pues, que la veneración que merecieron el pañuelo de la Verónica, la toalla enviada por el apóstol al rey Agbar con el rostro impreso de Jesús, o el santo sudario de Cristo, fuese debido a un movimiento natural surgido de la evidencia del milagro y la convicción que la gracia del Espíritu Santo obró en los cristianos que contemplaran estas primeras imágenes --estos primeros iconos--. Esa gracia especial para reconocer la presencia de la divinidad en esos iconos “no hechos por manos humanas”, esa acción del Espíritu Santo no es sino la revelación natural que se da tantas veces en la pedagogía divina durante la Historia de la Salvación.
 

3.2.-.-La revelación dogmática en el culto a las imágenes

Dentro de la progresiva enseñanza que el Espíritu Santo va mostrando a la Iglesia, podemos considerar como hitos fundamentales los acuerdo de los Concilios Quinisexto (Concilio in Trullo, año 691) y Séptimo Ecuménico, II de Nicea, año 787.
 
 

3.2.1.-El concilio Quinisexto, in Trullo 

El Concilio quiere dar una salida a la situación que se vivía en el campo de la imaginería religiosa, con una extraña utilización simultánea de símbolos veterotestamentarios y neotestamentarios de comprensión difícil para la generalidad del pueblo cristiano. 
 
En efecto, la situación de la Iglesia en el año 691 ha cambiado mucho respecto a la vivida los primero tres siglos. En estos, la situación de persecución hacía imprescindible el lenguaje altamente simbólico y casi críptico para los no iniciados de las imágenes y signos cristianos, como pueden ser la figura del cordero, el crismón, el ancla, los panes y los peces, etc. Ahora, tras el edicto de 313, han pasado casi cuatro siglos de religión oficial en el imperio y las multitudes que han ingresado en la Iglesia lo han hecho en una situación cultural y de conocimiento de la doctrina cristiana muy deficientes. 
 
En este momento en el que abunda una multitud de conversos para los cuales los signos iniciales, que eran patrimonio de un pequeño número, carecen de sentido, es preciso encontrar nuevas formas de catequesis. Y, precisamente, la imagen y el icono son la Biblia de los que no saben leer. Y para este pueblo masivo y poco instruido, el mantenimiento de los símbolos antiguos no sólo no muestran a Cristo, sino que ocultan la realidad de un Dios encarnado en figura de hombre. 
 
La 82ª regla del Concilio in Trullo dice:
"En algunas imágenes de íconos honestos, se dibuja el cordero señalado con el dedo por el Precursor, representando al verdadero Cordero pre-ordenado para nosotros por la ley, el Cristo de nuestro Dios. No obstante, aceptando con amor las imágenes antiguas y el dosel como símbolos y diseños de una verdad aceptada por la Iglesia, preferimos la gracia y la verdad, aceptándola como el cumplimiento de la ley. 
 
Determinamos que de ahora en adelante se represente en los iconos con una imagen humana --en lugar del antiguo cordero-- al Cordero que quita el pecado del mundo, a Cristo nuestro Dios, para ver a través de ello el colmo de la humildad de la Palabra de Dios y, así, ser llevados al recuerdo de su vida en la carne, su sufriendo, su muerte, y la redención que trajo con ello al mundo. (Confr. https://eparhia-saratov.ru/Content/Books/100/21.html)
 
El Concilio in Trullo da el primer paso en la justificación dogmática de la veneración de las imágenes sagradas cuando decreta una reordenación de la simbología empleada en la práctica eclesial, especialmente cuando hace hincapié que no es posible seguir representando a Cristo con la imagen del cordero porque Cristo tiene forma humana. Es una afirmación dogmática de la Encarnación y de sus consecuencias ineludibles en la iconografía.
 
Pero no sólo conecta directamente la teología del icono con el misterio de la Encarnación, sino que el Concilio cancela, como una etapa ya superada, el uso de figuras simbólicas o alegóricas para referirse al Salvador, a Jesucristo.
 
La última parte de la 82ª regla indica que la enseñanza de la Iglesia se transmite no sólo por la imagen en sí, sino también por el modo de expresión de la misma. Por lo tanto, la definición del Concilio in Trullo, además de dar el primer paso en la justificación dogmática del icono, señala al mismo tiempo la posibilidad de utilizar símbolos para mostrar la gloria de Dios en el arte iconográfico. En esencia, esta regla supone el comienzo del canon iconográfico para la pintura de iconos.
 
La 100ª regla del Consejo de Trullo 
La centésima regla del mismo Concilio, de carácter más general, es también un hito importante en la formación del método bizantino de pintura de iconos. Parece concentrar en sí misma numerosas declaraciones de los Padres de la Iglesia sobre el arte iconográfico
Esta regla, que tiene una fuerza vinculante para toda la Iglesia, se abre con unos versículos del libro de los Proverbios que señalan los consejos que da un padre a su hijo con objeto de que no se aparte nunca de la “senda del justo [que] es aurora luminosa". Dice así:
"Sobre todo, vigila tus intenciones... mira siempre de frente,  que no se desvíe tu mirada " (confr. Prov 4: 23-25), - La sabiduría lega: porque los sentimientos corporales transmiten muy convenientemente las Impresiones del alma. Por lo tanto, ordenamos que de ahora en adelante no dibuje en pizarras o en otras imágenes que encanten la vista, corroan la mente y conduzcan a una explosión de placeres impuros. Si alguien se atreve a hacer esto, será excomulgado ".
 
Fiel a este espíritu, el artista pensó y construyó las imágenes con la máxima simplicidad, y una profundidad de contenido sólo accesible a la mirada espiritual; excluyó de su trabajo toda nota personal, ya física, ya emocional; permaneció en el anonimato, sin firmar su obra; y su principal preocupación fue la transmisión de la tradición. 
Así entendió él la recomendación de la norma 100ª y, por eso, rompe con el placer de los sentidos y con la expresión sensual en sus figuras. Supo encontrar el equilibrio entre esa disposición interior y la necesaria utilización de los medios propios de su arte en el mundo visible, para la expresión del mundo espiritual que debe reflejar en el icono.
 
En resumen, el Concilio in Trullo hace dos cosas:
.-La evaluación de las imágenes creadas en la antigüedad conduce a su replanteamiento y, en consecuencia, a un nuevo paradigma en la iconografía del Salvador, representado siempre en figura humana.
 
.-Al mismo tiempo, al dar importancia a la vida religiosa del artista, se enfatiza la necesidad de “no desviar la mirada” del objetivo litúrgico del icono, de ser fiel al prototipo, a su realidad mística en una vida ya eterna y gloriosa. Nada, pues, de expresiones propias del subjetivismo del artista o de la moda de los tiempos.
 
Con ello la Iglesia pone los primeros pilares para la creación de un arte pictórico nuevo que, expresado en mosaicos o en tablillas, abre el mundo celestial a la contemplación del mundo terrenal. Este arte se desarrolla con la veneración del icono y, como el culto, expresa la enseñanza de la Iglesia, que corresponde a la palabra de la Sagrada Escritura. Es un arte para la liturgia, para la enseñanza catequética de la Iglesia; es decir, para anunciar el Evangelio con líneas y colores. (Cfr. https://eparhia-saratov.ru/Content/Books/100/21.html)
 

3.2.2.-El VII Concilio Ecuménico, II de Nicea

El-Salvador-no-de-manos_(icono-de-Novgorod_siglo XII) -Acheiropoietos
Casi cien años después, en 787, la Iglesia retomará la problemática de la imagen cristiana --esta vez bajo el ambiente dramático de las luchas iconoclastas--, recogiendo su ya centenaria experiencia de la iglesia de venerar íconos sagrados desde los primeros tiempos del cristianismo. 
 
Los Santos Padres proclamaron que la veneración de los iconos dentro de la tradición de la Iglesia, está dirigida e inspirada por el Espíritu Santo que anima la vida de la Iglesia. Encuentran que la representación de los iconos es inseparable de la catequesis evangélica. Y “cuanto la palabra del Evangelio nos dice a través del oído, el ícono lo muestra a través de la imagen”.
 
A través del icono, así como a través de las Sagradas Escrituras, no sólo aprendemos acerca de Dios, sino que conocemos a Dios; a través de los íconos de los santos, tocamos a la persona transformada, ya participante de la vida Divina; a través del ícono recibimos la gracia santificante del Espíritu Santo.
 
La séptima sesión, la más importante del Consejo, tuvo lugar el 13 de octubre. Se leyó un Oros dogmático sobre la veneración de los iconos, en el que se dice:
Conservamos inviolablemente todas las tradiciones de la iglesia, aprobadas por escrito o no. Una de ellas ordena hacer imágenes icónicas pictóricas; ya que esto está de acuerdo con la historia de la predicación del evangelio, sirve como confirmación de que Dios la Palabra es verdadera, y no encarnación fantasmal... Sobre esta base, nosotros... determinamos
 
.-que se ofrezcan íconos santos y honestos (para adoración) de la misma manera que la imagen de la Cruz honorable y que da vida, 
 
.-ya sea que estén hechas de pinturas o azulejos (mosaicos) o de cualquier otra sustancia, si solo fueron hechas de una manera decente, y
 
.- estarán en las santas iglesias de Dios, en vasos y ropas sagradas, en paredes y en tabletas, o en casas y caminos, y si estos serán íconos del Señor y Dios y nuestro Salvador Jesucristo, o la Inmaculada Señora de nuestra santa Madre de Dios, o ángeles honestos y todos los hombres santos y justos. 
 
.-Cuanto más a menudo, con la ayuda de íconos, se conviertan en el tema de nuestra contemplación, más se entusiasmarán aquellos que miren estos íconos para recordar los mismos prototipos, adquirir más amor por ellos y recibir más incentivos para darles besos, reverencia y adoración (prosquinesis), pero no ese verdadero servicio. (latría), que, según nuestra fe, corresponde solo a una naturaleza divina. 
 
.-Están emocionados de traer incienso a los íconos en su honor e iluminarlos... porque el honor que se le da al ícono se refiere a su prototipo, y el que adora al ícono adora la hipóstasis representada en él. Pero no ese verdadero servicio (latria) que, según nuestra fe, solo corresponde a la naturaleza divina.
 
El Concilio adoptó una distinción fundamental entre "latría"--"adoración"--, que corresponde solo a Dios, y “dulía" --"prosquinesis, veneración"--, que procede propiamente para todos los santos que ya participan en la gracia divina del Reino.
 
La Iglesia Católica hace una distinción cuando se refiere a la Virgen María, dado el lugar excelso, sin parangón posible entre el resto de criaturas. A la Virgen le rinde un culto de “hiperdulía”, mayor, pues, que a cualquier otro santo, sea ángel o humano, pero inferior al culto de “latría” o “adoración”.
 
Durante los intensos debates teológicos se sucedieron conocidos argumentos patrísticos que la historia ya recoge como dogmáticos. Así, “un icono es posible porque Dios se ha encarnado”;  “la imagen tiene un carácter "anagógico", elevando la mente humana a lo más alto por medio de lo terrenal”; y "la veneración de la imagen asciende al prototipo” son frases que merecen aceptación general fuera hoy de toda discusión. Pero el conjunto de estas afirmaciones delinea la doctrina de la Iglesia sobre el icono, al que considera no sólo como una ilustración gráfica de las historias sagradas contenidas en las Escrituras, sino como una forma especial de revelación de la realidad divina. Los textos sagrados de la Escritura y las imágenes de los mismos se señalan y explican mutuamente, los unos sobre las otras. Con ello, el icono en la Iglesia no sólo está revestido de significado litúrgico, sino también dogmático.
 
La definición antes recogida del VII Concilio Ecuménico está preñada de importantes consideraciones sobre el arte pictórico en la Iglesia. Podemos decir que
La Iglesia ve en el icono no sólo un arte que sirve para ilustrar la Santa Escritura, sino el pleno cumplimiento de ella, y por lo tanto, reconoce en el icono las mismas dimensiones dogmática, litúrgica y moral que otorga a las Escrituras:. Es decir, el icono nos habla sobre lo que hemos de creer, lo que hemos de pedir y lo que hemos de hacer. El icono contiene y predica la misma verdad que el Evangelio, y por lo tanto, debe explicar el Evangelio, con citas precisas y concretas, y no una ficción creada por el artista, porque de lo contrario no sería fiel al Evangelio ni podría explicarlo. 
 
El icono, desde el punto de vista de la Revelación, se equipara en cierta forma con la Sagrada Escritura y la Cruz como una de las fuentes de revelación y conocimiento de Dios. A través del culto y del icono, la revelación se convierte en la propiedad y la tarea de la vida de las personas creyentes. 
 
Como arte de la iglesia, vive la tensión de estar en el mundo, pero no ser del mundo, como, por otra parte, la vivía Cristo, que afirmaba claramente “«Mi reino no es de este mundo" (Jn 18,36). Como la Iglesia misma, vive en el mundo como sal y levadura para el mundo y para su salvación. 
 
La dimensión eclesial del arte iconográfico le hace diferente al mundo en el que vive. Tiene una naturaleza especial que es diferente de la del mundo y sirve al mundo precisamente desde esta diferencia. El icono, al igual que el resto de los medios eclesiales de que se sirve la Iglesia para su labor evangélica, ya sea la palabra, la imagen, el canto, etc., difiere de cualesquiera manifestaciones pictóricas del mundo.
 
El arte iconográfico no tiene su propio universo artístico, diferente al correspondiente a la arquitectura, la pintura, la música, o la poesía. No progresa de forma autónoma según reglas propias del arte pictórico independientes de cualquier otra manifestación artística, sino que se integra en el universo de medios litúrgicos de la Iglesia para, como un cuerpo que tiene numerosos miembros, evangelizar con su propio lenguaje artístico.
 
El arte iconográfico, como arte de la iglesia, es, por su propia naturaleza, un arte para la liturgia. 

 

El VII Concilio Ecuménico, celebrado para dar fin a las luchas iconoclastas dentro del cuerpo eclesial, representa el momento más solemne de la revelación dogmática sobre las imágenes, que tienen desde entonces un estatuto perfectamente definido y protegido por la tradición eclesiástica, especialmente de la Iglesia Ortodoxa y, más concretamente, de la Iglesia Ortodoxa rusa.
 

4.-El Icono en la tradición de la Iglesia

El-evangelista-Lucas-pinta-el-icono-de-la-Madre-de-Dios_Mikhail-Damaskin_sigloXVILa historia muestra que la predicación del cristianismo en el mundo pagano fue inicialmente hecha de palabra y gestos, como el bautismo y la celebración eucarística, tal como se contempla en los Hechos de los apóstoles. A pesar de la prohibición del Antiguo Testamento a la realización de imágenes y la oposición de los judíos a su práctica, el uso de imágenes se fue introduciendo de manera imperceptible, en silencio y poco a poco, como cuestión de rutina que se acepta sin mayores cuestionamientos
 
Y así ha sido desde el principio, desde los tiempos apostólicos. Según una leyenda, el apóstol Lucas escribió los primeros iconos de la Madre de Dios con el niño Jesús en sus brazos. Con la técnica de cera pintada (encáustica), los primeros iconos fueron realizados de una manera ampliamente utilizada en el mundo antiguo, de tal manera que puede decirse que, como sería práctica habitual en numerosos campos de la actividad humana, asumió lo positivo del mundo pagano para darle un nuevo sentido. 
 
Respecto al arte de la figura, esta leyenda atestigua el hecho de que desde el principio existía una clara comprensión del significado y las posibilidades de la imagen, y que la actitud de la Iglesia hacia ella tiene sus raíces en el misterio de la Encarnación. 
 
Así, podemos decir que la Revelación que se mantiene por obra del Espíritu Santo desde el inicio de la Historia de la Salvación no es sólo una revelación de la Palabra de Dios, sino también de la Imagen de Dios, que nos llega manifestada por Cristo, el Dios-hombre. Como dice san Juan, "A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer " (Jn 1,18), a través de su Encarnación.

Es Cristo, el resplandor de la gloria y la imagen del Verbo, según la expresión de san Pablo, que dice:
"En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha realizado los siglos.  Él es reflejo de su gloria, impronta de su ser "(Heb 1,2s)
 
quien muestra en su persona la imagen de Dios. Tanto que el mismo Cristo dirá –respondiendo a la petición de Felipe, "Señor, muéstranos al Padre"--
“Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? " (Jn 14, 8s). 
 
Desde la era apostólica la tradición de la Iglesia tiene muy claro que es una verdad revelada la consustancialidad del Padre y del Verbo, y que éste, encarnado en María, es Jesucristo. Y que como hombre verdadero es susceptible de ser reflejado en una imagen que, a su vez, será imagen de Dios. Por lo tanto, las categorías de imagen, iconicidad y color no solo no contradicen la esencia del cristianismo, sino que son una parte integral de ella. 
 
Después del edicto de Milán, ya en el siglo IV, Padres orientales como San Gregorio y el Crisóstomo, tienen discursos en defensa del uso de las imágenes sagradas en la vida normal de la Iglesia para la enseñanza de la catequesis a través de la representación de eventos específicos de la Historia Sagrada y la posterior explicación a los fieles de su profundo significado bíblico y teológico.
 
La veneración de iconos es una parte integral de la enseñanza cristiana, que, como cualquier sistema religioso, presupone una visión comprensiva del mundo y del hombre, y contiene un conjunto de normas éticas, ideas culturales e ideales estéticos. 
La peculiaridad del arte cristiano primitivo consiste principalmente en el hecho de que sus formas aún no contenían toda su plenitud espiritual, sino que solo prometían diferentes posibilidades.. En esa era de martirio, el sufrimiento no se muestra en los iconos, ni se describe en los textos litúrgicos. Én ellos no muestra la tortura en sí, sino la respuesta cristiana a ella. Es comprensible, así, que sean ampliamente utilizados en las pinturas de las catacumbas temas como Daniel en el foso de los leones, la muerte de los mártires o escenas de martirio, en general.
 

5.-Icono y canonicidad

La iconografía cristiana, como parte de la Tradición, está inspirada y guiada por el Espíritu Santo que vive en la Iglesia. Esta tradición vive y se expresa tanto en el icono como en los textos litúrgicos. Por ello, como dicen los padres del VII Concilio Ecuménico
"la iconografía no es arte inventada por los pintores, sino por el contrario, tiene su estatuto y aprobación en la tradición de la Iglesia Católica... al pintor pertenece sólo la parte técnica del trabajo y del icono, y todo lo demás dependen de la creación... de los Padres”.
 

La imagen se convierte no sólo en una expresión simbólica de la verdad, sino en una representación más o menos adecuada de ella, y en este sentido el criterio, para determinar la conformidad del icono con la Tradición de la Iglesia debe ser el mismo que se aplica a los textos sagrados y litúrgicos, es decir, la canonicidad. Dicho de otra forma, la verificación de la conformidad del icono con su objeto –evangelizar, ser ventana al mundo celestial, mostrar la gloria de Dios en sus santos, presentar la imagen del Salvador, etc.—es el canon iconográfico, ese conjunto de normas que aseguran la misma lectura del icono por las generaciones futuras, según la tradición de la Iglesia. 

Esto significa que el icono, no sólo en su contenido, sino también en la forma de su realización y presentación, debe corresponderse con las decisiones dogmáticas de la fe, con la Tradición y con las sagradas Escrituras. En el icono no cabe una inspiración arbitraria de la fantasía del artista, como se observa en la pintura que, con motivos religiosos, tanto se hizo en el Renacimiento occidental. La crítica secular ve en esta sujeción al canon iconográfico una muestra del "conservadurismo de la Iglesia", y la condena a la no evolución futura del arte bizantino  
 
Y no es fácil, dado los “axiomas” culturales de las sociedades posmodernas, que este malentendido de la naturaleza y el propósito del arte cristiano sea resuelto en tiempos próximos. El artista que se mueve dentro del canon del arte iconográfico se eleva a una altura de miras y de espiritualidad que lo libera de la necesidad de "doblegarse al mundo" y le permite dirigir su energía creativa al conocimiento de Dios.
 
La Iglesia Ortodoxa nunca ha permitido la escritura de iconos incluyendo “creatividades” propias de la imaginación del artista, porque esto significaría una ruptura consciente y completa con el prototipo. Si no fuese así, el nombre propio del icono ya no correspondería con la persona representada en él.
 
Otro aspecto sobre el que hay gran incomprensión por parte de los críticos seculares, es el relativo a la figura del icono aparentemente desprovista de todo realismo. Es un malentendido de qué cosa es el “realismo”, según la comprensión secular o eclesiástica. El realismo secular tiende a reproducir en el lienzo lo que ven los ojos carnales; es decir, “el realismo” es lo visibles en la naturaleza física del mundo y, además, vista a través de la percepción personal del artista, incluyendo sus pasiones. En cambio, la visión de la Iglesia comienza a mirar en un tiempo eterno, en un mundo invisible, en una realidad que revela la luz y la santidad de Dios.
 
El icono auténtico y canónico expresa la experiencia de la santidad. El arte de los pintores de iconos es considerado por la Iglesia como una evidencia obvia de santidad, teología y piedad en imagen y color. Por ello la Iglesia prescribe escribir iconos según cánones tradicionales.  "Pintar de acuerdo con la Tradición, asegura la identidad cierta del icono con los libros de las Escrituras, y la gracia divina descansa sobre el, porque es santo lo que representa" (San Simeón de Tesalónica).
 
La Iglesia, como "columna y fundamento de la Verdad" (1Tim 3, 15), requiere una sola cosa: la verdad en el Espíritu Santo. El significado del icono y su valor no están en su belleza material, sino en la belleza espiritual del prototipo, que es la semejanza con Dios. 
 

6.-Oración