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El lavatorio de los pies de los discípulos

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1. Introducción

En la Introducción a la Última cena, podemos leer:
En esa noche nos da, con un gesto inédito, una última y suprema lección magisterial preñada de consecuencias morales: lava los pies a sus discípulos.
 
El gesto no era habitual, sino una conducta “educadamente incorrecta”. Más aún, porque Él era un rabí reconocido por el pueblo que hablaba con autoridad. Dentro de la cultura hebrea el lavado de los pies tiene una larga tradición, práctica compartida por los pueblos nómadas de su alrededor. Lo original en Israel es que ésta está asentada inicialmente en preceptos de la Ley mosaica, que se practica tanto en el culto como el hogar.
 
Para el culto, el Libro del Éxodo menciona una fuente de cobre en la que los hijos de Aarón se lavaron las manos y los pies, :
El Señor habló a Moisés: «Harás asimismo una pila de bronce, con su basa de bronce, para las abluciones. La pondrás entre la Tienda del Encuentro y el altar, y echarás agua en ella, para que Aarón y sus hijos se laven las manos y los pies. Cuando vayan a entrar en la Tienda del Encuentro o cuando se acerquen al altar para oficiar, para quemar una oblación al Señor, se lavarán para no morir. Se lavarán las manos y los pies, y no morirán. Será para ellos una ley perpetua, para Aarón y su descendencia, de generación en generación». Ex 30, 17-21 Moisés, Aarón y sus hijos se lavaban manos y pies; cuando iban a entrar en la Tienda del Encuentro y al acercarse al altar, se lavaban, como el Señor había mandado a Moisés. (Ex 40, 31s)
 
En los hogares, era costumbre lavarse los pies al entrar a las casas, porque al caminar con sandalias ligeras por los caminos polvorientos, lavarse los pies en la entrada, especialmente antes de la cena, era uno de los requisitos de higiene habituales, junto con el lavado de manos, antes de reclinarse en los sofás.
 
Una de las manifestaciones de hospitalidad expresamente dichas en la Biblia era ofrecer agua para lavar los pies. Nada menos que en la escena de Mambré podemos leer::
“Haré que traigan agua para que os lavéis los pies y descanséis junto al árbol” (Gén18, 4).
 
Poco después, los ángeles son recibidos por Lot, en Sodoma, con las siguientes palabras:
«Señores míos, os ruego que vengáis a casa de vuestro servidor, para pasar la noche y lavaros los pies; por la mañana seguiréis vuestro camino». Ellos contestaron: «No, pasaremos la noche en la plaza» (Gén 19, 2).
 
Y Labán, el hermano de Rebeca, mantiene una conducta semejante:
El hombre entró en la casa. Desaparejaron los camellos y les dieron paja y forraje. Luego trajeron agua para que se lavasen los pies el hombre y sus acompañantes. (Gén 24,32)
 
Y, dentro de la historia de José, leemos:
“Después los hizo entrar en casa de José, les dio agua para que se lavaran los pies y echó pienso a sus asnos”. (Gén 43:24).
 
En la escena de Jesús comiendo en casa del fariseo Simón podemos conocer las prácticas higiénicas y de buena conducta en los hogares judíos:
Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? He entrado en tu casa y no me has dado agua para los pies; ella, en cambio, me ha regado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos. Tú no me diste el beso de paz; ella, en cambio, desde que entré, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. (Lucas, 7, 47).
 

2. Los textos

Solamente Juan nos da cuenta de este suceso.
“Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Estaban cenando; ya el diablo había suscitado en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la intención de entregarlo; y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido. Llegó a Simón Pedro y este le dice: «Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?». Jesús le replicó: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde». 8 Pedro le dice: «No me lavarás los pies jamás». Jesús le contestó: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo». Simón Pedro le dice: «Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza». Jesús le dice: «Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos». Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios». Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis. En verdad, en verdad os digo: el criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía. Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica. (Jn 13, 1-17)
 
En su Evangelio, Lucas nos cuenta lo ocurrido con ocasión de una discusión entre los discípulos
“Se produjo también un altercado a propósito de quién de ellos debía ser tenido como el mayor. Pero él les dijo: «Los reyes de las naciones las dominan, y los que ejercen la autoridad se hacen llamar bienhechores. Vosotros no hagáis así, sino que el mayor entre vosotros se ha de hacer como el menor, y el que gobierna, como el que sirve. Porque ¿quién es más, el que está a la mesa o el que sirve? ¿Verdad que el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve”. (Lc 22, 24-27)
 

3. La historia

El hecho de que sólo san Juan hable del episodio de Jesús, que lava los pies a sus apóstoles durante la cena pascual, en un Evangelio escrito sobre el año 90 --muy posterior, y por tanto conocedor de lo escrito por Marcos, Mateo y Lucas, que no lo citan, y, desde luego de toda la correspondencia paulina-- ha dado lugar a todo tipo de razones para explicar esta aparente anomalía.
 
Al hacer una “composición de lugar”, como aconseja Ignacio de Loyola, para poder contemplar la acción de Cristo en un momento tan entrañable como la cena de despedida de sus amigos, en ese momento del cual él dice «Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer, porque os digo que ya no la volveré a comer hasta que se cumpla en el reino de Dios” (Lc 22, 14s), es menester determinar, al principio, en qué momento de la noche tuvo lugar el lavatorio de los pies.
 
Aun no siendo unánime la opinión de los exégetas, la mayoría se inclina a encontrar una relación estrecha entre la fuerte discusión entre los discípulos que nos comenta Lucas y esta acción de Jesús. Así:
• RICCIOTTI, lo sitúa durante la cena, como contestación al altercado a propósito de quién de ellos debía ser tenido como el mayor. (Lc22, 24) .(párr. 541)
• L. CL. FILLION opina de una manera parecida: sitúa el altercado al principio, con ocasión de la colocación de los apóstoles alrededor de la mesa, y la acción de Jesús como respuesta inmediata a tal disputa (Vie de N.S. Jésus-Christ, tome III, pág. 342-343).
• FERNANDEZ TRUYOLS, en Vida de Nuestro Señor Jesucristo, pág. 576. BAC
• MARTIN DESCALZO, Vida y misterio de Jesús de Nazaret, pág. 949s. Ed. Sígueme
 
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Es posible distinguir una introducción y tres escenas claramente diferenciadas en el desarrollo de esta historia.
• Introducción
• La primera escena comprende el hecho del propio lavatorio.
• La segunda recoge el diálogo con Pedro.
• la tercera explica el significado del acto.
 

3.1.-“Los amó hasta el extremo”

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.
 
Ante esta sorprendente introducción a la narración de la ritual cena de Pascua de Jesús,y conocido ya el desarrollo de la misma, cabe preguntarnos sobre el horizonte de esta afirmación joánica. ¿Estaba pensando exclusivamente en el lavado de pies, que sigue inmediatamente en la narración, o se extiende a lo que queda de historia terrena de Jesús, desde ese momento hasta su muerte en la cruz?"
 
El lavado de los pies se convierte, según el Evangelio de Juan, en un preludio de toda la historia de la Pasión, en la que el amor de Jesús se manifestó de la manera más elevada.
 
En el cuarto Evangelio Jesús hace varias veces referencias a “su hora”. Una primera es muy conocida, tan conocida como lo es la asistencia de la familia de Jesús a unas bodas en Caná
Faltó el vino, y la madre de Jesús le dice: «No tienen vino». 4 Jesús le dice: «Mujer, ¿qué tengo yo que ver contigo? Todavía no ha llegado mi hora» (Jn 2, 4s)
 
Otras restantes se hacen en un contexto que deja entrever qué entendía Jesús por “su hora”
“Entonces intentaban agarrarlo; pero nadie le pudo echar mano, porque todavía no había llegado su hora”. (Juan 7, 30)
 "Jesús tuvo esta conversación junto al arca de las ofrendas, cuando enseñaba en el templo. Y nadie le echó mano, porque todavía no había llegado su hora” (Jn 8,20)
 
Especialmente ésta, hecha poco antes de la Cena última, es muy esclarecedora:
“Jesús les contestó: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre»”. (Jn 12, 23).
 

3.2.-El lavatorio de los pies

En esta primera escena, Jesús se levanta y comienza a lavar los pies de los discípulos
Estaban cenando; ya el diablo había suscitado en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la intención de entregarlo; y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido (Jn 13,1-5)

.
El evangelista señala que la acción tiene lugar en el momento en que el diablo ya ha puesto en el corazón de Judá la intención de traicionar al Maestro. Sin embargo, Judas aún permanece entre los discípulos y, por lo tanto, es uno de aquellos a quienes Jesús les lava los pies. El intérprete también llama especialmente la atención sobre esta circunstancia: “El evangelista dijo esto con asombro, mostrando que se lavó los pies cuando Judas ya había decidido traicionarlo.
 
Como todos los hombres de su tiempo, Jesús llevaba dos ropas: la superior (túnica) y la inferior. La ropa de abrigo generalmente se quitaba al hacer las tareas del hogar o al servir en la mesa. El evangelista describe en detalle todas las acciones de Jesús: se quitó la ropa, vertió agua en la fuente, la ciñó con una toalla y, lavándose los pies a cada uno de los discípulos, la limpió con la misma toalla. Todos estos detalles, que no escaparon a los ojos del evangelista, enfatizan que Jesús realizó el ministerio del esclavo desde el comienzo del proceso (preparación de la fuente con agua) hasta su finalización (limpiándose los pies con una toalla), y lo hizo sin ninguna ayuda.
 
Es apropiado recordar una de las parábolas de Jesús en la que el maestro, que regresó a altas horas de la noche del banquete de bodas, desempeña un papel inusual en relación con sus esclavos, a quienes encontró despiertos: se ceñía, los coloca en la mesa y, acercándose, los sirve (Lucas 12: 35-37) . La imagen pintada en la parábola no es realista según los estándares de la sociedad en la que vivió Jesús, pero se convierte en una realidad en la comunidad que creó, llamada a vivir según diferentes estándares.
 
 

3.3.-El diálogo con Pedro

Llegó a Simón Pedro y este le dice: «Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?». 7 Jesús le replicó: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde». 8 Pedro le dice: «No me lavarás los pies jamás». Jesús le contestó: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo». 9 Simón Pedro le dice: «Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza». 10 Jesús le dice: «Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos».
 
Pedro habla como es habitual en él, impetuoso y cuando los demás guardan silencio. Su genio hace que él exprese lo que otros no se atreven a decir, como ha ocurrido otras veces. Su idea es de que sólo los sirvientes lavan los pies y, de ahí su exclamación, medio pregunta, medio grito de protesta «Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?».
 
La respuesta de Jesús «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde» añade aún más misterio a la incomprensible conducta del maestro. No sabe que tendrá que esperar a que más tarde, después de la muerte y resurrección de Jesús, se les abran los ojos.
 
El mismo Pedro, impetuso y excesivo, contesta:
Simón Pedro le dice: «Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza».
 
La respuesta, como tantas veces, tiene un punto de misterio:
Jesús le dice: «Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos». Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios».
 
Juan recordaría lo que nos ha contado antes, cuando Jesús había dicho:
Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y, con todo, hay algunos de entre vosotros que no creen». Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. (Jn 6, 64s).
 
Sabemos por el texto evangélico que paralelamente se desarrolla otro drama más en silencio, ya ajeno a la conversación entre Pedro y Jesús. Sus palabras deben sonar como una advertencia formidable para Judas, que aún no ha dado el paso fatal. Sin embargo, Judas no se muestra: está en silencio, como así se ha mantenido durante la cena, hasta aquí. Es seguro que no comparte las actitudes de Jesús, de quien esperaba una conducta más agresiva contra los dominadores romanos. Jesús, con su mensaje, está defraudando las esperanzas seculares del pueblo sobre el Mesías que ha de llegar y restaurar a Israel como su pueblo escogido, devolviéndole la gloria de David y el liderazgo de Salomón.
 
Decididamente, Jesús no es el rey que él espera. Permanece sin decir nada a sus compañeros. Mientras el plan de traición madura dentro de él y permanece desconocido para nadie más que para Jesús hasta el último minuto.
 

3.4.-El significado del acto

En la tercera escena, Jesús, desde la mesa, explica el significado del acto.
Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis. En verdad, en verdad os digo: el criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía. Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica. No lo digo por todos vosotros; yo sé bien a quiénes he elegido, pero tiene que cumplirse la Escritura: “El que compartía mi pan me ha traicionado”. Os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis que yo soy”. (Jn 13, 12-19)
 
Al terminar el lavatorio, Jesús regresa a la mesa y se dirige a sus compañeros de comida. Él dice que les ha dado un ejemplo de cómo deberían relacionarse entre sí. Pero es un ejemplo que contiene en sí la advertencia rotunda hecha a Pedro: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo… Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica».
 
La cena continuará, como nos lo cuentan los sinóptico, con la institución de la Eucaristía y la salida a Getsemaní.
 

4. El icono

El-lavado-de-los-pies_rango-festivo-del-iconostasio_1520-1530_PskovLa escena se desarrolla en una habitación elevada, no al nivel de la calle.
 
El artista no quiere que olvidemos el contexto en que se produce la escena y ha colocado en el plano del fondo, elevado para resaltar su importancia, una mesa de altar.
 
Claramente la figura de Jesús se distingue por ser la única que presenta nimbo.
 
Está lavando los pies a sus discípulos y la toalla que tiene en las manos presenta el mismo moteado del paño atado a la cintura.
 
Hay doce personajes, además de Jesús, lo que indica que el iconógrafo participa de la idea de que también a Judas le lavó Cristo los pies, aun conociendo su próxima traición.
 

5. Reflexión teológica

 

5.1.-“que venía de Dios y a Dios volvía”

Juan, antes de dar paso a la narración de los misterios centrales de nuestra salvación, a modo de gran pórtico del evento, dice estas palabras sobre Jesús:
“Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía” (Jn 13,3)
 
Juan sabe, cuando escribe su Evangelio que Jesús es enteramente libre mientras estaba hablando, que no ignoraba ni la traición de Judas, ni la suerte que iba a correr, porque ya lo había advertido a sus discípulos varias veces.
“cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí».
Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir”
. (Jn 12,33s)
 
Y voluntariamente elige hacer la voluntad de su Padre, del que le ha enviado
«Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre».(Jn 10, 17s) 
 
Con ellas claramente indica que Jesús está culminando su misión en la tierra. Había venido de Dios, era el enviado plenipotenciario del Padre, la historia estaba en sus manos…. debía concluir su misión y volver con quien le ha enviado.
 

5.2.-“Lo comprenderás más tarde”

El lavado de los pies, el acto en el que Jesús realizó el ministerio del esclavo, fue una anticipación simbólica y profética de la crucifixión que sucedería veinticuatro horas después cuando
“siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz”. (Fil. 2, 7–8) )
 
Las palabras de Jesús significaron que sin la limpieza que Jesús les procuraría mediante su muerte redentora, Pedro no tendría parte con él en su reino. 
 

5.3.-Símbolo del bautismo

Otra interpretación teológica del episodio está relacionada con el tema del bautismo. El agua es un símbolo teológico de primera clase y aparece con profusión en el Evangelio de Juan, que abre la vida pública de Jesús en el Jordán, en el bautismo con agua del Bautista:

“Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel”(Jn 1,31)
 
Dirá a Nicodemo:
«En verdad, en verdad te digo: El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. (Jn 3, 5)
 
Y a la samaritana:
«El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna».(Jn 4, 13s) )
 
Y al ciego curado debe lavarse en
«Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)» (Juan 9: 7) , 
 
Por eso no es extraño que se haya visto en el lavatorio de los pies un símbolo bautismal. En la cena, Cristo, tras consumar la Pascua de la Antigua Alianza, muestra con el lavado de los pies lo que será el sello de entrada de los hombres a la Nueva Alianza.
 

5.4.-Símbolo de la eucaristía

Otra interpretación teológica permite vincular el lavado de pies con la Eucaristía.
 
El hecho de que el lavado de los pies precediera a la bendición del pan y del vino, simboliza la pureza necesaria para participar en el sacramento de la Eucaristía. 
 
La historia del evangelio de lavarse los pies tuvo una gran influencia no solo en el desarrollo de la moral cristiana. 
 
La acción, que, como hemos visto anteriormente, era habitual entre los judíos de la época de Jesús, se convirtió gradualmente en un rito litúrgico de la nueva Iglesia. Se conocen prácticas antiguas, en los siglos IV y V, de lavar los pies de los recién bautizados inmediatamente después de recibir el sacramento del bautismo.

 

5.5.-Un ejemplo de humildad

El Señor explica el significado de los pies de los apóstoles. El principio XIV c., Fresco del monasterio Vatoped, Athos.¿Entendieron los apóstoles lo que acababa de ocurrir? ¿Entendemos nosotros todo lo que tiene de vertiginoso? ¿No será mucho más hondo de lo que sospechamos? 
 
Como hemos visto, la historia de lavarse los pies recibió interpretaciones muy diversas en la tradición cristiana. No falta quien, a través de ella, ha visto a Jesús como un ejemplo de humildad, porque en la explicación de su gesto Jesús les anima a que hagan como él en el trato a los demás:
“también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis”
pero él, previamente, había afirmado de sí mismo:
aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29)
 
Empecemos por destacar un hecho: los tres sinópticos ignoran esta escena que, sin duda, no formó parte de la catequesis primitiva, seguramente porque los primeros evangelistas temían escandalizar con ella a los neófitos”( martin descalzo 951). Recordemos que ningún judío estaba obligado a lavar los pies a sus propios amos, para mostrar que un judío no era esclavo.
Justamente lo subraya Papini:
Únicamente una madre o un esclavo hubiera podido hacer lo que Jesús hizo aquella noche. La madre a sus hijos pequeños y a nadie más. El esclavo a sus dueños y a nadie más. La madre, contenta, por amor. El esclavo, resignado, por obediencia. Pero los doce no son ni hijos ni amos de Jesús.”
 
¿Qué significa, pues, esta escena? Los versículos 6-10 indican que lo hecho por Jesús en el lavatorio de los pies es algo esencial si se quiere compartir con él su herencia (v 8), que esa acción limpia de pecado (v 10), que solo más tarde —tal vez tras la resurrección— entenderán los apóstoles lo allí realizado (v 7).
 
¿Si fuera solo un gesto de humildad no hubieran podido entenderlo en aquel momento?
Guardini ha insistido en que aquí tiene que haber algo más que un simple ejemplo de humildad.
Un Dios que no fuese mas que el amor infinito no obraría todavía como él. Había que buscar , pues, algo más y hemos visto que era la humildad. Esta no nace en el hombre. Su ruta no es ascendente, sino descendente. La actitud del pequeño que se inclina ante el grande no es humildad. Es, simplemente, verdad. El grande que se inclina ante el pequeño es el verdaderamente humilde. La encarnación es la humildad fundamental. Y en el capítulo segundo de la Epístola a los Filipenses san Pablo habla de la idea que inspira la encarnación desde toda la eternidad… surgió en él, pero en una profundidad insondable a toda psicología y metafísica la voluntad de “anonadarse” a sí mismo, de despojarse de esa existencia gloriosa, de esa plenitud soberana de amor a nosotros. Nuestra redención no fue para Dios un acto que realizó como un gesto lejano, que no lo conmoviera para nada. La tomó mucho más en serio. San Pablo insinúa un punto de vista al hablar de la “kenosis”, de la “expoliación” o del “anonadamiento”.
 
Ahora estamos tocando la clave del problema: en el lavatorio de los pies hay mucho más que un simple “ejemplo”, lo mismo que en la pasión de Jesús hay mucho más que un simple “dolor”: la clave del arco está en la aceptación voluntaria de esa “caída”, de ese abandono de sí mismo al vacío, de ese anonadamiento.
 
Y no exagera W. Froester al comentar:
Si hubo en el mundo una revolución, fue en este momento. Aquí fue donde el César pagano quedó destronado, el orgullo abatido, proscrita la explotación y condenado todo servicio que no sea recíproco. Aquí fue estigmatizado como el peor desorden todo orden que sostiene y santifica un estado de cosas en que falte esa reciprocidad de los servicios y el respeto a los demás. Únicamente esta mutua entrega y esta clara conciencia de nuestra igualdad ante Dios pueden santificar las relaciones entre los que sirven y los que se hacen servir. Esta revolución no atenta contra ninguna autoridad, no entorpece ninguna obediencia, no siembra ningún odio. Lo divino desciende a nosotros bajo la forma del servicio más humilde para mostrarnos que solamente sirviendo con toda humildad podemos alcanzar lo divino.
 
Algo gira en el mundo, efectivamente, en este lavatorio. Este Dios arrojado a los pies de los hombres es un Dios que no conocíamos. Este Dios que lo que lava —como escribe Ibáñez Langlois— no son los pies hermosos de Adán y Eva por el paraíso, sino los pies de la historia, las extremidades del animal caído que camina pecando por el polvo, que peca de los pies a la cabeza. Este Eterno que se ha puesto de rodillas y tiene manos de madre para los pies de Judas, es realmente mucho más de lo que nunca pudimos imaginarnos.(MARTIN DESCALZO, o.c. págs.. 951-954). 
 

6.-La fiesta

En la liturgia del Jueves Santo el lavatorio de los pies no es una opción. El gesto es conocido como “el mandatum (mandato). Ya hacia la mitad del siglo VIII lee la Iglesia romana la narración del lavatorio de los pies, pero no conoce el cumplimiento litúrgico del mandato de Jesús: “También vosotros debéis lavaros los pies unos a otros”. Este cumplimiento aparece sólo en dominios de la liturgia galicana, pues el concilio XVII de Toledo (694) ordena en su canon 3: “El lavatorio de los pies, que en algunas partes ha caído en desuso, ha de mantenerse dondequiera” (PASCHER, El año litúrgico, pág. 150. BAC).
 
En el siglo VIII, el lavatorio de los pies se conocía en Constantinopla, de donde posteriormente fue importado por la Iglesia rusa a partir del bautismo de Rusia, en 989. Actualmente, este rito se realiza al finalizar la Liturgia del Gran Jueves, en Moscú por el Patriarca de Moscú, así como por algunos obispos en sus catedrales.
 

7. Oración

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido;
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte

Tú me mueves, Señor, muéveme al verte
clavado en una cruz y encarnecido;
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muéveme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que, aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y, aunque no hubiera infierno, te temiera.

No tienes que me dar porque te quiera;
pues, aunque cuanto espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera. Amén.
 

8. Galería