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La transfiguración del Señor

 

La historia objeto del icono tiene lugar durante la última subida a Jerusalén, poco antes de la pasión. A los ocho días de la confesión mesiánica de Pedro, Jesús se retira a orar al monte Tabor, llevándose con él a Pedro, Juan y Santiago, donde tiene lugar el extraordinario hecho de la Transfiguración.

Fijándonos en la imagen del icono, hay espacios diferenciados y hay protagonistas propios en cada uno de ellos, sobre un fondo que dibuja el monte Tabor.

En la mitad superior aparece Jesús hablando con Moisés y Elías. Moisés y Elías son iconos veterotestamentarios de la Ley y de los Profetas, y, al mismo tiempo, representantes de toda la humanidad: Moisés de los muertos y Elías de los vivos, pues dice la Escritura que así fue arrebatado al cielo (2Re 2, 11). En medio está Jesús, como rey de vivos y muertos.

En la mitad inferior figuran los tres discípulos, en actitudes que reflejan la sorpresa que les produce el extraordinario suceso: Pedro, a la izquierda, se protege con las manos; Juan, en el centro, caído de espaldas a la luz; Santiago, en actitud de escape. Son los discípulos selectos, los que, poco después, volverán a ser elegidos para acompañarle a orar en Getsemaní.

La mitad superior representa el cielo; la mitad inferior es la tierra. La mitad superior respira calma; la mitad inferior, movimiento, precipitación. El icono une, en su pequeña tablilla ambas realidades, expresando la existencia de ellas en la vida de cada hombre.

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Al situarnos ante el icono de la Transfiguración del Señor conviene hacer una “composición de lugar” ignaciana: colocarnos imaginariamente en un taller monástico aprendiendo el arte sacro iconográfico. Tras los estudios de liturgia, teología, pintura, lectio divina, etc. ha llegado el momento de la reválida final, de presentar el “proyecto fin de carrera”: pintar un icono sobre el tema de la Transfiguración en el monte Tabor.

¿Por qué este ejercicio, común a todos los aspirantes? Porque el relato evangélico anticipa el mundo futuro, la visión definitiva. Así visto, el icono de la Transfiguración es el modelo de la vida cristiana contemplativa, la hermenéutica de la visión profética, enseña a ver la realidad con los ojos de Dios. Para la vida monástica esta visión tabórica no sólo ve las cosas transfiguradas, sino que es transformante del propio observador. Por eso, no es extraño oír decir que el icono no se mira, se contempla.

También por la dificultad del intento, porque la propuesta es hacer lo imposible: emplear el símbolo, expresado a través del color, para representar la revelación evangélica ”su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.” (Mt 17,1-3).

Y, finalmente, porque a cada monje se le pide algo distinto: expresar la apropiación interior del suceso, hecha durante la oración personal, y su habilidad para ser, con su trabajo artístico, comunicación para el espectador creyente de los rayos de Cristo que iluminaron la escena del Tabor

 

La historia objeto del icono tiene lugar durante la última subida a Jerusalén, poco antes de la pasión, cuando han transcurridos ya dos años de vida pública y muchos sueños iniciales han desaparecido, mientras aumenta la alarma de los poderosos filisteos y autoridades judías. Entre los discípulos de Jesús se abren las dudas y se barrunta la posibilidad de un fracaso. Jesús, mientras tanto, sigue firme en el camino de la voluntad de su Padre sabiendo a dónde conduce. Considera que es necesario fortalecer la débil fe sus discípulos para que comprendan las palabras del profeta, “mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos--oráculo del Señor” (Is 55,8).

A los ocho días de la confesión mesiánica de Pedro, Jesús se retira a orar al monte Tabor, llevándose con él a Pedro, Juan y Santiago, donde tiene lugar el extraordinario hecho de la Transfiguración. Al descender, al día siguiente, se encuentran con un enfermo epiléptico.

Siguiendo la sugerencia de San Ignacio, hagamos presente los acontecimientos evangélicos. Oigamos a los diferentes personajes:

Jesús: ¿Quién dice la gente que soy yo? Lc 9,18
Pedro: El mesías de Dios.
Unos ocho días después tomo a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto del monte para orar y mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos brillaban de resplandor. Dos hombres conversaban con él, eran Moises y Elías (Lc 9,28ss)
Pedro: Haremos tres tiendas…
Una vozdesde la nube decía: “Este es mi hijo, el elegido, escuchadle”
Al día siguiente les salió al encuentro mucha gente y, de pronto,
Un hombre...”Maestro te ruego que te fijes en mi hijo…se pone a gritar y echar espumarajos por la boca” (Lc9, 37ss).

 

Fijándonos en la imagen del icono, hay espacios diferenciados y hay protagonistas propios en cada uno de ellos, sobre un fondo que dibuja el monte Tabor.

En la mitad superior aparece Jesús hablando con Moisés y Elías. En algunos iconos, la figura de Jesús aparece inscrita en un círculo o una almendra central (mandorla) que, en este caso, representa la nube de luz que lo cubre, signo de la presencia de Dios en el A.T.

Moisés y Elías son iconos veterotestamentarios de la Ley y de los Profetas, y, al mismo tiempo, representantes de toda la humanidad: Moisés de los muertos y Elías de los vivos, pues dice la Escritura que así fue arrebatado al cielo (2Re 2, 11). En medio, Jesús, como rey de vivos y muertos.

En la mitad inferior, los tres discípulos en actitudes que reflejan la sorpresa que les produce el extraordinario suceso: Pedro, a la izquierda, se protege con las manos; Juan, en el centro, caído de espaldas a la luz; Santiago, en actitud de escape.

 

Son los discípulo selectos, los que, poco después, volverán a ser elegidos para acompañarle a orar en Getsemaní.

La mitad superior representa el cielo; la mitad inferior es la tierra. La mitad superior respira calma; la mitad inferior, movimiento, precipitación. El icono une, en su pequeña tablilla a

mbas realidades, expresando la existencia de ellas en la vida de cada hombre.

Las palabras de Pedro “qué bien se está aquí”, expresan el bienestar interior que produce la visión, y es seguido por el natural deseo de hacerlo permanente: “Hagamos tres tiendas…”. De manera no consciente, Pedro siente que vive el final de los tiempos, que contempla la gloria eterna que es el esplendor divino de Jesús, y quiere perpetuar la situación dando un salto en su vida entre la situación anterior a la subida al monte y esa gloria que contempla.

Es necesario meditar en la respuesta de Jesús, que con su silencio parece ignorar su propuesta, baja del monte, les pide no comentar con nadie el suceso, y les enfrenta con un enfermo epiléptico.

La visión del Tabor no es una experiencia sentimental dirigida a satisfacer emociones humanas y escapistas, sino una luz proyectada sobre toda la Iglesia que ayuda a ver la realidad con los ojos de Dios y a enfrentarse al mundo, a la muchedumbre, al dolor, para anunciar la presencia del Reino y llevar consuelo.

La realidad del mundo precisa el acompañamiento y la iluminación de Cristo, que se hace vida a través de la Iglesia, de los cristianos. Sólo así tiene sentido la oración confiada:

Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida…
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. (cfr Sal 22)

 

Envía tu luz y tu verdad:
que ellas me guíen
y me conduzcan hasta tu monte santo,
hasta tu morada. (sal 42)

 

La respuesta de Jesús a la pretensión de Pedro se hará elocuente pocos días después con su pasión. La llegada del Reino pasa por el camino de la cruz y de la muerte, como les había anunciado y la visión del Tabor estaba destinada a fortalecer la esperanza de quienes habrán de ser sus compañeros en la oración del huerto y testigos privilegiados de su próximo juicio y crucifixión.

La contemplación del icono de la Transfiguración del Señor nos da una clave hermenéutica para entender el mensaje del arte sacro iconográfico, para ver cómo la luz y el color del icono quiere traer a la oración contemplativa la gracia que lleva la luz de Cristo. Una oración que se eleva diciendo

¡qué inapreciable es tu misericordia, oh Dios!
los humanos se acogen a las sombras de tus alas;
 
se nutren de lo sabroso de tu casa,
les das a beber del torrente de tus delicias:
porque en ti está la fuente viva
y tu luz nos hace ver la luz. (Sal 35)
 

El icono nos sitúa ante una teofanía trinitaria, como en el bautismo del Jordán, el Padre que habla desde la nube y el Espíritu que ilumina la verdad sobre Cristo y, muy concretamente, “que en él habita la plenitud de la divinidad corporalmente” (Col 2,9).

También nos sugiere que más que Jesús, que en su kenosis oculta su gloria aunque no la abandone, quien verdaderamente se transfigura son los apóstoles, cuyos ojos pasan de la carne al espíritu y son capaces de ver la gloria de Dios como se nos ha prometido que será en el último día, cara a cara.

La “composición de lugar” con que hemos comenzado la contemplación del icono exige, en este momento, seguir el mandato del profeta: “¡Silencio todo el mundo ante el Señor que se levanta de su morada santa! (Zac 2, 17).

Catequesis sobre el icono

Cristo es el centro de la Transfiguración. Hacia él convergen dos testigos de la primera Alianza: Moisés, mediador de la Ley, y Elías, profeta del Dios vivo. La divinidad de Cristo, proclamada por la voz del Padre, también se manifiesta mediante los símbolos que san Marcos traza con sus rasgos pintorescos. La luz y la blancura son símbolos que representan la eternidad y la trascendencia: "Sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, como no los puede blanquear lavandera sobre la tierra" (Mc 9, 3). Asimismo, la nube es signo de la presencia de Dios en el camino del Éxodo de Israel y en la tienda de la Alianza (cf. Ex 13, 21-22; 14, 19. 24; 40, 34. 38).

Dice la santa liturgia oriental, en el Matutino de la Transfiguración: "Luz inmutable de la luz del Padre, oh Verbo, con tu brillante luz hoy hemos visto en el Tabor la luz que es el Padre y la luz que es el Espíritu, luz que ilumina a toda criatura".

Este texto litúrgico subraya la dimensión trinitaria de la transfiguración de Cristo en el monte, pues es explícita la presencia del Padre con su voz reveladora. La tradición cristiana vislumbra implícitamente también la presencia del Espíritu Santo, teniendo en cuenta el evento paralelo del bautismo en el Jordán, donde el Espíritu descendió sobre Cristo en forma de paloma (cf. Mc 1, 10). De hecho, el mandato del Padre: "Escuchadlo" (Mc 9, 7) presupone que Jesús está lleno de Espíritu Santo, de forma que sus palabras son "espíritu y vida" (Jn 6, 63; cf. 3, 34-35).

Por consiguiente, podemos subir al monte para detenernos a contemplar y sumergirnos en el misterio de luz de Dios. El Tabor representa a todos los montes que nos llevan a Dios, según una imagen muy frecuente en los místicos. Otro texto de la Iglesia de Oriente nos invita a esta ascensión hacia las alturas y hacia la luz: "Venid, pueblos, seguidme. Subamos a la montaña santa y celestial; detengámonos espiritualmente en la ciudad del Dios vivo y contemplemos en espíritu la divinidad del Padre y del Espíritu que resplandece en el Hijo unigénito" (tropario, conclusión del Canon de san Juan Damasceno).

En la Transfiguración no sólo contemplamos el misterio de Dios, pasando de luz a luz (“porque en ti está la fuente viva y tu luz nos hace ver la luz”, cf. Sal 36, 10), sino que también se nos invita a escuchar la palabra divina que se nos dirige. Por encima de la palabra de la Ley en Moisés y de la profecía en Elías, resuena la palabra del Padre que remite a la del Hijo, como acabo de recordar. Al presentar al "Hijo predilecto", el Padre añade la invitación a escucharlo (cf. Mc 9, 7).

La liturgia de la Transfiguración, como sugiere la espiritualidad de la Iglesia de Oriente, presenta en los apóstoles Pedro, Santiago y Juan una "tríada" humana que contempla la Trinidad divina. Como los tres jóvenes del horno de fuego ardiente del libro de Daniel (cf. Dn 3, 51-90), la liturgia "bendice a Dios Padre creador, canta al Verbo que bajó en su ayuda y cambia el fuego en rocío, y exalta al Espíritu que da a todos la vida por los siglos" (Matutino de la fiesta de la Transfiguración).

También nosotros oremos ahora al Cristo transfigurado con las palabras del Canon de san Juan Damasceno: "Me has seducido con el deseo de ti, oh Cristo, y me has transformado con tu divino amor. Quema mis pecados con el fuego inmaterial y dígnate colmarme de tu dulzura, para que, lleno de alegría, exalte tus manifestaciones:

Oh Verbo Luz inmutable, Luz del Padre sin nacimiento:

con tu luz, que apareció hoy en el Monte Tabor,

hemos visto al Padre Luz y al Espíritu Luz que iluminan toda la creación.

 

Tropario de la Transfiguración

Tono 7

Te transfiguraste en el Monte, oh Cristo Dios,revelando a los discípulos tu Gloria según pudieran soportarla.

¡Que tu eterna luz resplandezca sobre nosotros, pecadores!

Por la intercesión de la Madre de Dios, oh Dador de Luz, ¡gloria a Ti

Condaquio de la Transfiguración

Tono 7

Te transfiguraste en el monte, oh Cristo Dios,

y tus discípulos contemplaron tu Gloria según pudieron soportarla;

para que, cuando te viesen crucificado,

percibieran que tu Pasión fue voluntaria

y proclamaran al mundo que Tú eres verdaderamente el Resplandor del Padre.

 (Catequesis del Papa Juan Pablo II durante la Audiencia General del miércoles 24 de abril de 2000 )
 

La luz increada

En “La imitación de Cristo”, de Kempis, podemos leer

Más es de mirar que es diferente en gran manera el sabor

del Criador y el de la criatura, el de la eternidad, y del tiempo,

el de la luz increada, y de la luz criada. ¡Oh luz perpetua, que

trasciendes toda luz criada, envía de tu altura resplandor que

penetre todo lo secreto de mi corazón! (Libro III, cap. 39)

Y cabe preguntarse: ¿Qué es la luz increada y qué es la luz criada? Se habla de estas dos clases de luces como contrapuestas, refiriendo sus significados al Creador o a sus criaturas, a la  eternidad y al tiempo, siempre respectivamente,   para terminar con los términos luz perpetua y luz criada.

Espontáneamente hacemos la identificación del Creador con la eternidad y la luz increada; mientras nosotros pertenecemos a las criaturas y al  tiempo.

Antes de seguir con las reflexiones lógicas sobre las relaciones entre el Creador y nosotros, sobre la luz increada y la luz criada, sobre qué sea la luz perpetua, debemos examinar algunos pasajes bíblicos en los que la luz, directamente o bajo la forma de fuego, tiene un protagonismo relevante:.

  • Siempre que Moisés entraba ante el Señor para hablar con él, se quitaba el velo hasta la salida. Al salir, comunicaba a los hijos de Israel lo que se le había mandado. Ellos veían la piel de la cara de Moisés radiante, y Moisés se cubría de nuevo la cara con el velo, hasta que volvía a hablar con Dios. (Exodo 34:34-35).
  • Y para José dijo: “Bendita del Señor sea su tierra, … y el favor del que mora en la zarza  descienda sobre la cabeza de José,  sobre la corona del elegido entre sus hermanos (cfr. Dt 33, 13-16)
  • Estos han oído decir que tú, Señor, estás en medio de este pueblo y te dejas ver cara a cara; y que tu Nube está sobre ellos y caminas delante de ellos en columna de nube de día, y en columna de fuego de noche;(Num 14, 14)
  • Mientras ellos iban conversando por el camino, de pronto, un carro de fuego con caballos de fuego los separó a uno del otro. Subió Elías al cielo en la tempestad. (2Re 2, 11s)
  • De repente un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad, y se llenaron de gran temor. (Lc 2,9)
  • Seis días más tarde Jesús toma consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, sube aparte con ellos solos a un monte alto, y se transfiguró delante de ellos. 3 Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo.(Mc 9, 2ss)
  • Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.(Mt 17, 2)  
  • Cayó a tierra y oyó una voz que le decía: «Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?».(Hch 93s)
  • Pero yendo de camino, cerca ya de Damasco, hacia mediodía, de repente una gran luz del cielo me envolvió con su resplandor;  caí por tierra y oí una voz que me decía: “Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?”. Yo pregunté: “¿Quién eres, Señor?”. Y me dijo: “Yo soy Jesús el Nazareno a quien tú persigues”.(Hch 22, 6ss)
  • Y la ciudad no necesita del sol ni de la luna que la alumbre, pues la gloria del Señor la ilumina, y su lámpara es el Cordero. 24 Y las naciones caminarán a su luz. (Ap 21,23s)

Icono de la Transfiguración del SeñorRetomamos la reflexión anterior a las citas bíblicas sobre la luz para hacernos la pregunta fundamental en la meditación sobre el icono de la Transfiguración:  ¿qué significa esta Luz misteriosa del Monte Tabor, que hace resplandecer como un sol el rostro del Salvador? Y lo hacemos iluminados por el Nuevo Testamento:

  • En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió…. El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo. (Jn 1, 4s; 9)
  • Jesús les habló de nuevo diciendo: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida… Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo».(Jn 8, 12; 9,4)
  • Te libraré de tu pueblo y de los gentiles, a quienes te envío 18 para que les abras los ojos, y se vuelvan de las tinieblas a la luz y del dominio de Satanás a Dios.(Hch 17s)
  • ¿qué relación hay entre la luz y las tinieblas?, 15 ¿qué concordia puede haber entre Cristo y Beliar?, ¿qué pueden compartir el fiel y el infiel?, 16 ¿qué acuerdo puede haber entre el templo de Dios y los ídolos? (2Co 6)
  •  Este es el mensaje que hemos oído de él y que os anunciamos: Dios es luz y en él no hay tiniebla alguna (1Jn 1).

La respuesta a esta cuestión divide la reflexión teológica de oriente y occidente.

La iglesia oriental

Hay una tradición fundamental en la ortodoxia, el hesicasmo, que contempla la luz del Tabor como explicación primera de la deificación del hombre (el hesicasmo es un método ascético-místico de oración mental y del corazón; su nombre viene de la raíz griega que significa silencio, recogimiento pacífico).

El “hesicasmo” utiliza el método y la práctica de la oiracion de Jesús  y tiene una gran implantación en los monasterios del  Sinaí y del monte Athos. Para el hesicasmo el nimbre de dios es por sí mismo una teofanía que manifiesta toda la potencia del Creador:

20 Voy a enviarte un ángel por delante, para que te cuide en el camino y te lleve al lugar que he preparado. 21 Hazle caso y obedécele. No te rebeles, porque lleva mi nombre (Ex 23, 20s)

La invocación del nombre de Jesús  y la conversión del corazón es la oración por excelencia, según nos muestran las escenas de Bartimeo, el  ciego de Jericó, y la oración del publicano:

 Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí». (Mc 10, 47)

 Dos ciegos que estaban sentados al borde del camino oyeron que Jesús pasaba y se pusieron a gritar: «¡Ten compasión de nosotros, Señor, Hijo de David!».(Mt 20, 30)

 El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”. Os digo que este bajó a su casa justificado,(Lc 18, 13s).

y su invocación lleva la gracia que consiguieron Bartimeo y el publicano a todo hombre que sea capaz de apropiarse el poder salvífico que esa oración mostró en las escenas evangélicas.

A través de la “oración de Jesús” más la práctica sacramental, la predicación y la “lectio divina”, el monje del Monte Athos persigue contemplar en su vida la “luz tabórica” como lo contemplaron los discípulos predilectos de Jesús  y, con ello, la “deificación” personal, tal como recoge la mejor tradición patrística, recogida en el Catecismo:

El Verbo se encarnó para hacernos "partícipes de la naturaleza divina" (2 P 1, 4): "Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: para que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios" (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 3, 19, 1). "Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios" (San Atanasio de Alejandría,De Incarnatione, 54, 3: PG 25, 192B). Unigenitus [...] Dei Filius, suae divinitatis volens nos esse participes, naturam nostram assumpsit, ut homines deos faceret factus homo ("El Hijo Unigénito de Dios, queriendo hacernos partícipes de su divinidad, asumió nuestra naturaleza, para que, habiéndose hecho hombre, hiciera dioses a los hombres") (Santo Tomás de Aquino,Oficio de la festividad del Corpus, Of. de Maitines, primer Nocturno, Lectrua I).(CIC 460)

En este momento es oportuno retomar las preguntas iniciales

¿Qué significa esta Luz misteriosa del Monte Tabor, que hace resplandecer como un sol el rostro del Salvador? ¿Qué es la luz increada y qué es la luz criada?

Para una parte de la teología occidental, su excesivo esencialismo  en su reflexión sobre el ser de Dios, le lleva a afirma que  todo lo que no es esencia divina es creatura: la luz tabórica no pertenece a la esencia de Dios, luego es una creación de Dios.

Algunos teólogos occidentales exageraron el tono de sus críticas calificando a los monjes del monte Athos de mesalistas (el mesalianismo es una herejía (ca. s. IV) que ve en la oración el único medio eficaz para vencer al demonio y poseer al Espíritu Santo, quien, según ellos, realiza la salvación en detrimento del bautismo y de los otros sacramentos).Los contemplativos de Athos les parecían a estos occidentales no sólo gente ingenua e ignorante, sino tosca, supersticiosa, casi idólatra

La transfiguración del SeñorEsta interpretación resultó inaceptable para los monjes del monte Athos porque, si la luz tabórica no es la luz increada sino una luz creada, ¿cómo alcanzar la divinización del hombre a través de una criatura? Y, sin embargo, los monjes y  los contemplativos del monte Athos afirmaban que ellos también experimentaban la presencia de la misma luz increada, que los envolvía y los hacía disfrutar de la gloria del Monte Tabor.

Sobre estas experiencias se  crea un largo y penoso disenso que pronto se extiende a la concepción sobre la naturaleza de la Divina aparición en el Monte Tabor y sobre el significado de las visiones luminosas y radiantes durante las oraciones

San Gregorio Palamás defendió la posición de los monjes afirmando que Jesucristo es la Luz, y el Evangelio es la iluminación de los hombres. La luz tabórica no era sensitiva ni material, y los apóstoles al ser iluminados por ella la percibieron con sus sentidos, aun siendo “luz divina”. De la figura de Cristo emana una luz increada, que trae al mundo la gracia y la iluminación espiritual. El icono de la Transfiguración lo expresa claramente con los rayos que salen de su cuerpo y la iluminación del monte, que domina sobre la del mismo sol.

A partir de la autodefinición de Dios hacha a Moisés:

Dios dijo a Moisés: «“Yo soy el que soy”; esto dirás a los hijos de Israel: “Yo soy” me envía a vosotros» (Ex 3, 14).

o, como  afirma Palamás, “Yo soy el existente”, de manera que es “el existir” el concepto que más se adecúa a una definición de Dios. Y que si hay que distinguir entre esencia y existencia, es ésta quien precede.

La teología del icono encuentra su fundamento en la distinción en Dios de la esencia y de las energías, y es precisamente de la manifestación de estas energías como luz de lo que el icono nos habla. Dios es llamado Luz, no por su esencia, sino por su energía” (San Máximo, P.G. 91, 1308 B).

Dios, siempre oculto en su esencia, se multiplica en sus manifestaciones energéticas y luminosas, a fin de poder ser alcanzado por el hombre.  Para la ortodoxia, el hombre deificado es el que contempla la luz increada y se deja  penetrar por ella, reproduciendo así por el amor de Dios en él  la doble naturaleza de Cristo, la naturaleza increada y la naturaleza creada.

En este hombre deificado, Dios, oculto e inabordable en su esencia, se manifiesta de forma luminosa y hace partícipe al hombre de su energía.  Por eso la Transfiguración del Señor en el Tabor, donde manifiesta de manera fulgurante su luz, juega un papel tan importante en la vida mística de la ortodoxia.

Oración

 

Véante mis ojos,
dulce Jesús bueno;
véante mis ojos,
muérame yo luego.

Vea quien quisiere
rosas y jazmines,
que si yo te viere,
veré mil jardines:
flor de serafines,
Jesús Nazareno,
véante mis ojos,
muérame yo luego.

No quiero contento
mi Jesús ausente,
que todo es tormento
a quien esto siente;
sólo me sustente
tu amor y deseo,
véante mis ojos,
dulce Jesús bueno;
véante mis ojos,
muérame yo luego.