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El Mandylion


Estamos ante un icono que recoge no sólo la tradición del Mandylion, en la parte superior del cuadro, sino, también, de la representación de "la piedad" en esa composición de Cristo en el sepulcro, conocida como "No llores por mí". En la parte superior dos ángeles, que la tradición identifica como los arcángeles Gabriel y Miguel, sostienen el lienzo con el rostro de Cristo.

En la mitad inferior del icono, la Virgen María y el discípulo amado lloran ante Cristo, muerto en un sarcófago, acompañados de otros seguidores y piadosas mujeres que se unen al dolor de la escena. Es de notar que las túnicas de los personajes principales aparecen dotadas de una claridad interior -de la que participan también los secundarios- que contrasta con el tono opaco que mantiene el cuerpo de Cristo muerto.

La composición, con Cristo apoyado en el féretro, cerrados los ojos y las manos cruzadas una sobre otra, mientras la Virgen parece sostenerle con su mano derecha y apoya su cabeza contra la sien de su hijo, recuerda en todo "la Piedad" que tanto se ha desarrollado en la pintura occidental.

En este icono "No llores por mí, madre", el cabello del Salvador, frondoso como es habitual en los iconos de Cristo, cae sobre los hombros y se divide en cuatro mechones con la misma forma con que figuran en el Mandylion de la parte superior, señalando así la identidad inequívocamente una de los dos rostros.

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Las primeras imágenes del rostro del Salvador aparecen en lienzos atribuidos a manos no humanas, iconos conocidos por su denominación griega de “

ajeiropoíetos, palabras que se puede encontrar en las manifestaciones de los falsos acusadores de Jesús: “Él ha dicho, 'Yo destruiré este Templo, edificado por manos humanas, y en tres días construiré otro no edificado por manos humanas'"(Mc14, 58).

Esta idea de distinguir al Hijo de Dios eterno de su persona encarnada en la historia a través de la imagen “construida no por mano de hombre”, es utilizada por San Pablo en su teología de las dos tiendas, en la Carta a los Hebreos: “Tenemos un sumo sacerdote que está sentado a la derecha del trono de la Majestad en los cielos, y es ministro del santuario y de la tienda verdadera, construida por el Señor y no por un hombre” (He 8, 2s). Será en María, como tienda hecha por manos humanas, donde Cristo nacerá para la historia. 

El Mandylion

El Mandylion recoge la primera leyenda sobre el origen de estos iconos señalando que es el propio Jesús, secándose con una tela, el que imprime en ella su rostro de forma milagrosa, produciendo literalmente un ajeiropoíetos, es decir, una imagen no realizada por manos humanas. Este lienzo de lino con la impresión de la cara de  Cristo fue llevado por los ejércitos romanos imperiales que luchaban contra los persas hasta el Rey Abgar, de Edesa. Se dice que dicho paño le curó al Rey de la lepra y al mismo tiempo  había dado la victoria al ejército imperial en Edesa, contra las tropas de Turquía (544).

Icono de la Verónica

Tiene tradición especialmente seguida en España el icono de la Santa Faz o de la Verónica, por atribuir el origen de la imagen de este lienzo al gesto de las santas mujeres que se apresuran a enjugar el rostro de Jesús durante la marcha al Calvario. La Verónica no aparece en los Evangelios, no se menciona este nombre. Seguramente, este nombre exprese más bien lo que esa mujer hizo. La tradición oriental se inclina  a considerar como el “verdadero” rostro de Cristo, no la tela de la Verónica, sino la imagen que, según la leyenda anterior, el mismo Jesús envió a Edesa para curar al rey Abgar. Así considerada, dicha tela no sería obra de un artista ni de mano humana (en griego “ajeiropoíetos”) sino la revelación del rostro de Cristo, realizada por él mismo.

Santo sudario y Pantocrator

 

Finalmente, la tercera imagen de Cristo atribuida a manos no humanas está constituida por el santo lienzo hoy conservado en Turín.

 

Rastreando en estos  orígenes, no ha dejado de subrayarse la semejanza entre el santo sudario y la figura generalmente hierática del Mandylion o los primeros Pantocrator, asunto donde es difícil dar una opinión tajante ante el asombro casi hipnótico que produce la contemplación de la Sábana Santa.

El icono ortodoxo

El icono ortodoxo presenta siempre la imagen sencilla de un rostro severo, sereno, con frondosa mata de pelo que, a modo de casco, le cubre la cabeza y le cae sobre los hombros generosamente. Su mirada, a través de unos grandes ojos negros, trasmite al espectador sensación de atención personal, con un mirar suave y  triste que envuelve el corazón del hombre y le facilita la respuesta orante.

Faz con marcada nariz, bigote y barba, como muestra la imagen de Turín.

No obstante, algunos detalles, como cuadros blancos en los laterales del icono, parecen indicar que el cuadro original era más grande, conteniendo una figuración más rica. En la ampliación del icono que aparece al principio de esta página -ampliación que se obtiene haciendo click sobre él- pueden apreciarse los muchos signos que enriquecen la catequesis teológica del icono.

Es un icono cuadrado con una base dorada sobre la cual se ha dibujado la figuración, siendo ésta sustancialmente la santa faz de Cristo. El torno a la cabeza una aureola muestra una forma de cruz de tres brazos en la que las letras griegas "O-W-H" significan: "Yo soy el que soy" expresión con la cual Dios se manifiesta a si mismo (Ex.3,14). Sobre el manto y fuera de la aureola se ven las letras IC XC,  inscripción ésta que identifica a todos los iconos de Cristo y significa: Jesucristo, Salvador.

La importancia teológica de este icono “no hecho por manos humanas” es de difícil superación, pues su origen no humano lo garantiza contra cualquier posibilidad de manipulación y, por analogía, extiende su carácter sacro a toda la producción icónica. La contrafigura pagana del icono es el ídolo que, como dice el salmo, “los ídolos de los gentiles son oro y plata, hechura de manos humanas: tienen boca y no hablan, tienen ojos y no ven…” (Sal 135, 15). 

La referencia al rey Agbar, de Edesa, indica la deliberada intención de datar históricamente el gran designio salvífico: que el Hijo eterno del Padre se hace hombre, que la Historia de la Salvación une al cielo y a la tierra, que el verdadero Dios y el verdadero hombre aparecen unidos en Jesucristo. Así, el icono expresa la progresiva divinización de la humanidad en Cristo. 

La norma iconográfica dibuja los rostros de Cristo y de los santos en una estructura formada por cuatro círculos concéntricos. Yendo de dentro hacia fuera, el primer círculo se encuentra en medio de los ojos, en el arranque de la nariz. Acoge la mayor intimidad del hombre, la capacidad de acogida del Espíritu Santo, lugar de su inhabitación. No aparece dibujado expresamente.

El segundo círculo, concentrico, recoge la frente y los ojos, y señala el lugar de la espiritualidad, de la vida inteligente, de la voluntad: es el círculo del alma.

El tercero es el círculo del hombre, de su dimensión exterior y pública, y recoge el cabello, la barba, la boca. La caducidad del cabello, que se cae con la edad; y la necesidad de alimentación del cuerpo, que necesita comer por la boca para no perecer. Habla de la naturaleza mortal del cuerpo.

El cuarto círculo aparece inundado de la luz más fuerte, más pura del icono. Representa al Espiritu Santo que desde lo más hondo del hombre inunda su alma y su cuerpo, y lo envuelve en una luz tan intensa que llega a ser perceptible por los demás, haciendo realidad las palabras del salmo:

porque en ti está la fuente viva
y tu luz nos hace ver la luz.
(Sal 35, 10)

 

Oración

Que Jesús sea bendito.
Bendita sea la Santa Faz de Jesús.
Bendita sea la Santa Faz en la majestad de sus rasgos celestiales.
Bendita sea la Santa Faz en todas las palabras salidas de su divina boca.
Bendita sea la Santa Faz en todas las miradas de sus ojos.
Bendita sea la Santa Faz en la transfiguración del Tabor.
Bendita sea la Santa Faz en las fatigas de su apostolado.
Bendita sea la Santa Faz en el sudor de sangre de su agonía.
Bendita sea la Santa Faz en las humillaciones de la Pasión.
Bendita sea la Santa Faz en los dolores de la muerte.
Bendita sea la Santa Faz en la gloria de la Resurrección.
Bendita sea la Santa Faz en los esplendores de la luz eterna.