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Después del Concilio II de Nicea

Mandylion ruso, de 1677

 

 

 

 

 

7.-Las controversias posteriores en torno al concilio II de Nicea

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7.1.-En Occidente

Los cánones del concilio II de Nicea llegaron a occidente a través de la versión latina de las actas de Nicea que el Papa envió a Carlomagno. Por problemas en la traducción, las actas impedían ver  la distinción esencial que se contiene en el texto conciliar acerca de latría y proskynesis (dulía), pues se traducían los dos conceptos por adoratio, y fueron rechazadas por los teólogos carolingios. En ochenta y cinco capítulos presentados al Papa en 790, se contenía la respuesta a los decretos del Concilio de Nicea enviados en la traducción defectuosa. Esta refutación, más tarde ampliada y enriquecida con citas de los padres y otros argumentos se convirtió en el famoso "Libri Carolini”, cuatro libros que constituyeron la crítica más severa hecha en su tiempo al séptimo concilio ecuménico, especialmente respecto a sus actas y decretos en materia de imágenes sagradas.

No obstante, las diferencias entre francos y bizantinos eran tan profundas, que la oposición de la iglesia franca y las consecuencias que se derivaron de estos Libri Carolini no hubieran sufrido modificaciones importantes si la traducción de las actas hubiera sido mejor. En el fondo latía la diferencia entre las teologías oriental y occidental, el problema de si las imágenes podían ser medios de gracia –bizantinos- o, más bien, un obstáculo al único mediador, que es Cristo –carolingios-.

“Los francos no pensaban en destruir la imágenes, y aunque no las tenían por sagradas, creían que eran útiles y que tenían un valor didáctico. Los eruditos de occidente no buscaban en las imágenes lo sagrado, sino lo útil, y en consecuencia efectos edificantes. No comprendían la metafísica bizantina ni las especulaciones acerca de la identidad de la imagen con el prototipo”

(TATARKIEWICZ, WLADYSLAW, Historia de la estética II, pág. 102).

El desarrollo posterior del culto a las imágenes en Occidente, aunque partió de las consideraciones contenidas en los Libri Carolini, fue decantándose progresivamente hacia posturas orientales, en el sentido de aceptar su culto aunque no estuviera soportado por la teología bizantina, pero alejado de la rigidez intelectual carolingia.

 

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7.2.-En Oriente

Iconostasio en una iglesia ortodoxaVeintisiete años después del Concilio II de Nicea, volvieron a surgir las tensiones en el seno de la sociedad bizantina. Unas tensiones que no habían sido pacificadas con el Concilio afloraron otra vez las disputas iconoclastas y las santas imágenes volvieron a ser destruidas, y sus defensores perseguidos con saña. Durante veintiocho años la historia antigua se repitió con extraña exactitud. Los emperadores León III, Constantino V, IV y Leo, que encabezaron la primera ola iconoclasta, son sustituidos por una nueva generación de emperadores también  iconoclastas, León V, Miguel II, y Teófilo.

Miguel I (811-13), que mantuvo la fe del Concilio de Nicea, reconoce la coronación imperial de Carlomagno (812) e, implícitamente, la existencia de dos imperios cristianos separados. Fue singularmente desafortunado en su intento de defender el imperio. Cuando en junio de 813 fue derrotado por los búlgaros y huyó a su capital, fue obligado por el ejército a renunciar a su corona y a traspasar el poder a uno de sus generales, León el Armenio, que reinaría como León V, entre 813 y 820.

En el 815 se convoca un nuevo sínodo, y en él se renuevan los decretos de Hieria, dando lugar a la segunda etapa del iconoclasmo y mostrando, así, la profunda crisis de la sociedad y de la Iglesia bizantinas.

En esta época el teólogo que lucha a favor de las imágenes es Teodoro Estudita (759-826). Se opuso al emperador en los principios dogmáticos, lo que lo condenó al exilio. La victoria definitiva de las imágenes vino finalmente en el 843-844, con Teodora, mujer de Teófilo. El conflicto concluyó como se inició, pero ciento diecisiete años más tarde: colocando el icono de Cristo y otro de la Virgen "Hodigitria", en cabeza de la procesión que hace público el triunfo de las imágenes sagradas hasta la basílica de Santa Sofía para celebrar la Divina Liturgia.

Posteriormente, un sínodo del 844 sancionará estas decisiones y llevará el disfrute pacífico de las imágenes a la Iglesia bizantina. La Ortodoxia celebra cada año el Triunfo de la Ortodoxia, coincidiendo con el primer domingo de Cuaresma, precisamente en recuerdo de la victoria del culto a las imágenes. (Cf. CORTÉS ARRESE, M. Bizancio. El triunfo de las imágenes. Biblioteca Nueva 2010, pp. 47-50).

 

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7.3-La doctrina ortodoxa

El Patriarca Dimitrios I, explica las diferentes razones con las que la ortodoxia defiende el uso de las imágenes:

  • La tradición... confiere al icono una función especial en el contexto de lo que es trascendente en las relaciones entre Dios y el hombre.
  • Declara que a través del icono es la manifestación de la presencia y de la hipóstasis divina lo que se desvela, y son dejados de lado o en penumbra todos los detalles exteriores que caen bajo los sentidos.
  • La persona representada en el icono es un ser que pertenece a la naturaleza, pero que ya no le está sometido. No es un símbolo….
  • El icono representa la persona sagrada, no en sus proporciones naturales … sino en su dimensión gloriosa y celestial
  • La imagen de nuestra tradición se convierte en la forma más poderosa que toman los dogmas y la predicación, evolucionando y creando obras según las reglas sublimes de la contemplación religiosa (PATRIARCA DIMITRIOS I, Cfr Encíclica en el XII centenario del II Concilio de Nicea, puntos 12ss, en Cuadernos Phase 126)

 

Es absolutamente conmovedor ver cómo es considerada la presencia de Cristo en el icono, definida por las máximas jerarquías de las Iglesias Ortodoxa y Católica de nuestros días:

  • Cantado y presentado en el escenario de la sinaxis eucarística, el Verbo constituye la santa liturgia. Este Verbo se ofrece místicamente a la contemplación y a la teología de la vista bajo la forma del icono único de Cristo, del que la Iglesia ha conservado intacta la memoria (15)
 
7.4-La doctrina católica

La celebración del XII centenario de Nicea II, que dio lugar en 1987 a la Encíclica del Patriarca Dimitrios I, antes comentada, fue también ocasión para que J. Pablo II, el Papa de Roma, se sumase también a las numerosas celebraciones eclesiales y académicas habidas con ese motivo, mediante la  Carta Apostólica “Duodecimum Saeculum”

 

Habida cuenta que el II de Nicea fue el último de los Concilios Ecuménicos reconocidos por ambas Iglesias, no es de extrañar que aprovechase para poner de relieve la profunda identificación doctrinal y teológica, emanadas de una Escritura y Tradición comunes, entre las dos Iglesias. En ella, J Pablo II asume y hace suya la “teología de la presencia”, tan propia de la doctrina ortodoxa sobre el icono sagrado, con unas palabras que otorgan al icono una significación litúrgica semejante a la que tienen los textos escritos:

Así como la lectura de los libros materiales permite la comprensión de la palabra viva del Señor, del mismo modo el icono permite acceder, a través de la vista, a los misterios de la salvación"(JUAN PABLO II, Duodecimum saeculum, 10).

El dilema planteado por los iconoclastas… ponía en tela de juicio toda la visión cristiana de la Encarnación, de las relaciones entre Dios y el mundo, la gracia y la naturaleza, en una palabra, la especificidad de la “nueva alianza” que Dios pactó con los hombres en Jesucristo (Ib., 9).

“La Iglesia Romana, en Occidente, se ha distinguido siempre, sin interrupción, por su acción en favor de las imágenes… A este propósito invito a mis hermanos en el Episcopado a mantener firmemente la práctica de proponer en las iglesias las imágenes sagradas a la veneración de los fieles” (Ib. Confr. 10 y 11).

Según la enseñanza de la Iglesia, las imágenes sagradas son:

  • traducción iconográfica del mensaje evangélico, en el que imagen y palabra revelada se iluminan mutuamente; la tradición eclesial exige que las imágenes "estén de acuerdo con la letra del mensaje evangélico";
  • signos santos, que como todos los signos litúrgicos, tienen a Cristo como último referente; las imágenes de los Santos, de hecho, "representan a Cristo, que es glorificado en ellos";
  • memoria de los hermanos Santos "que continúan participando en la historia de la salvación del mundo y a los que estamos unidos, sobre todo en la celebración sacramental";
  • ayuda en la oración: la contemplación de las imágenes sagradas facilita la súplica y mueve a dar gloria a Dios por los prodigios de gracia realizados en sus Santos;
  • estímulo para su imitación, porque "cuanto más frecuentemente se detienen los ojos en estas imágenes, tanto más se aviva y crece en quien lo contempla, el recuerdo y el deseo de los que allí están representados"; el fiel tiende a imprimir en su corazón lo que contempla con los ojos: una "imagen verdadera del hombre nuevo", transformado en Cristo mediante la acción del Espíritu y por la fidelidad a la propia vocación;
  • una forma de catequesis, puesto que "a través de la historia de los misterios de nuestra redención, expresada en las pinturas y de otras maneras, el pueblo es instruido y confirmado en la fe, recibiendo los medios para recordar y meditar asiduamente los artículos de fe".(DIRECTORIO SOBRE LA PIEDAD POPULAR, 240)

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