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El Emmanuel

El Emmanuel (Dios con nosotros)


Emmanuel significa "Dios con nosotros". Su rostro representa a un adolescente de de 10-15 años, la edad en la que Jesús acompañaba a sus padres a Jerusalem y se “perdía” en el Templo. Es un rostro dotado de un cierto aire severo y triste, impropio de la edad que representa, queriendo reflejar la sabiduría divina y el destino sacrificial y doloroso de su misión

. El rostro de Cristo aunque representa a un adolescente se percibe más de acuerdo con el de un adulto bastante mayor porque este ícono enseña que Cristo era siempre Dios Verdadero y Hombre Verdadero. Tiene un fondo monocolor, generalmente dorado como propio de la santidad de Dios.

La corona cruciforme nos remite inequívocamente a Cristo, así como la decoración literal que presenta 3 letras griegas w o N (omicrón, omega y ni), que significan "yo soy el que soy". En los laterales aparecen las letras de Cristo, “IC”, XC .

Viste túnica roja, color que indica tanto el amor como el sacrificio, dando a entender las dos dimensiones en que se inspira la misión salvífica de ese niño. El manto, de color azul, revela la naturaleza humana de su portador. Una y otro aparecen dotadas de una filigrana dorada que llena de luz toda la figura.

Su mano derecha hace el gesto de la bendición, colocándolos dedos en la más clásica y elocuente de las formas canónicas, indicando con el círculo formado por tres dedos la perfecta unidad de las tres personas divinas, mientras con los dedos índice y corazón desplegados señala su doble naturaleza, divina y humana.

Con el brazo izquierdo porta "el libro escrito por dentro y por fuera, y sellado con siete sellos" (Ap 5, 1)que acredita su dimensión de juez soberano que vendrá al final de los tiempos.
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La Historia de la Salvación recoge, desde el mismo instante de la caída de Abraham, la promesa de un redentor: “Pongo  hostilidad entre ti [la serpiente] y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; ésta te aplastará la cabeza cuando tú la hieras en el talón”(Ge 3,15 ).

Más concretamente, Isaías da una pista de cómo se concretará esa promesa.  Ante el desafío del rey Ajab, que no sólo se  niega a seguir una política exterior de alianzas según las recomendaciones del profeta, sino que, además, se niega a recibir cualquier signo divino que muestre que Isaías expresa la voluntad de Yahvé,  el profeta le contesta: “El Señor, por su cuenta, os dará un signo. Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel” (Is 7, 14). 

Siete siglos más tarde,  “en esta etapa final” (Heb 1, 2), los evangelistas Mateo y Lucas dan cumplida cuenta de cómo se realiza, definitivamente, la promesa hecha a Adán y al reino de Judá:  Dios envió al  Arcángel san Gabriel  a anunciarlo, y éste, entrando  en la presencia de la virgen María, dijo “No temas María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús” (Lc 1, 30). “Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el señor por medio del profeta: Mirad, la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros… ella dio a luz un hijo al que puso por nombre Jesús”  (Cfr. Mt 1, 20-23).

Isaías expresa la misión profética de ese niño-señal prometido llamándole Emmanuel ,  porque será  Dios en medio de su pueblo. No está determinando su nombre de pila, sino su cualidad excepcional.  El arcángel san Gabriel, conociendo que el niño que nacerá será Dios, pide a José que le llame Jesús, que significa “Dios-salva”,  indicando así la misión y el motivo de la encarnación de Dios: salvar al pueblo de su pecado –sólo Dios puede perdonar los pecados-, redimiendo la falta original de Adán y sus consecuencias.

 

Su aparición no es temprana en el arte iconográfico. Deberá esperar a la época tranquila posterior al concilio II de Nicea (787 dC), cuando el ambiente general era propicio al desarrollo de  las imágenes sagradas, para que los misterios de la vida de Cristo pasaran a enriquecer la liturgia y catequesis de las iglesias bizantinas.

 
El icono está cargado de sentido teológico y no habla tanto de un niño, como del rostro siempre eternamente joven de Dios, que, de algún modo, nos evoca en el corazón la exclamación de San Agustín, “¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé” (cfr. Oficio de Lecturas del 28 de agosto). El rostro severo del icono aúna la seriedad de la divina majestad con la juventud renovada del  Cordero de Dios que se sacrifica permanentemente en la Eucaristía.
 

Su mirada serena es el mejor anuncio de que Dios se ha hecho hombre –Emmanuel- para nuestra salvación –Jesús-. El conjunto iconográfico formado por el Emmanuel y los dedicados a la muerte y resurrección de Cristo son la mejor catequesis de que la humanización de Dios no es un gesto del pasado, sino siempre actual, permanente, que introduce una realidad humana en la naturaleza de una persona de la santísima Trinidad.