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  1. El don divino del templo
  2. La forma y el contenido simbólicos
  3. La morada de Dios
  4. El Templo, imagen del Reino 
  5. El templo y la Encarnación

1.-El don divino del templo 

“El Templo es el cielo en la tierra; en este espacio celeste Dios habita y se pasea”. Esta afirmación del Patriarca Germain (PG 98) da la clave de los problemas que la arquitectura moderna encuentra a la hora de proyectar los templos, las iglesias. Desde hace siglos, las bellas artes, siguiendo los criterios de la Ilustración, tienen una marcada tendencia antropocéntrica, con olvido o ignorancia del carácter teocéntrico del espacio litúrgico que exige ser símbolo de la comunicación de Dios con el hombre y, por ende, con toda la creación.

Ya hemos visto la necesidad de respetar la tradición litúrgica, recibida como don del mismo Dios, tradición que se configura como algo dado no disponible libremente por el hombre. Desde las disposiciones del Levítico sobre el culto; desde la construcción del Templo de Salomón, hasta la profecía del Apocalipsis, donde “uno de los siete ángeles…  usaba como medida una caña de oro para medir la ciudad, sus puertas y sus murallas” (AP 21, 9.15)  el modelo señalado por la revelación se convierte en el arquetipo del templo cristiano. No es extraño ver en el A.T. cómo la construcción de los lugares de culto se hace tras recibir instrucciones precisas sobre ello:

Templo de Jerusalén“Hazme un Santuario y moraré en medio de ellos. Lo harás conforme al modelo de morada y de utensilios que yo te mostraré.

Harás un arca de madera de acacia de un metro y cuarto de larga por setenta y cinco centímetros de ancha y otros tantos de alta. La revestirás de oro puro, por dentro y por fuera, y le pondrás alrededor una cenefa de oro. Fundirás cuatro anillas de oro y las colocarás en los cuatro pies, dos a cada lado. Harás también varales de madera de acacia y los revestirás de oro. Meterás los varales por las anillas laterales del Arca, para transportarla. Los varales permanecerán en las anillas del Arca; no se sacarán de ellas. Dentro del Arca guardarás el Testimonio que te daré.

Fabricarás también un propiciatorio de oro puro, de un metro y cuarto de largo por setenta y cinco centímetros de ancho. Harás dos querubines cincelados en oro, para los dos extremos del propiciatorio. Haz un querubín para un extremo y otro querubín para el otro; cada uno arrancará de un extremo del propiciatorio. Los querubines extenderán sus alas por encima, cubriendo con ellas el propiciatorio. Estarán uno frente a otro, mirando al centro del propiciatorio. Colocarás el propiciatorio encima del Arca y guardarás dentro del Arca el Testimonio que yo te daré. Allí me encontraré contigo, y desde encima del propiciatorio, en medio de los querubines del Arca del Testimonio, te comunicaré todo lo que tienes que ordenar a los hijos de Israel”. (Ex 25, 8-22).

“David entregó a su hijo Salomón el plano del pórtico y del templo, de los almacenes, las salas superiores, las naves interiores y del lugar del Propiciatorio. 12 También le entregó el proyecto de lo que había pensado sobre los atrios del templo del Señor y los locales circundantes para el tesoro del templo de Dios y para el erario sagrado, 13 para las clases sacerdotales y levíticas, para los diversos servicios de culto del templo del Señor y de todos los utensilios cultuales del templo del Señor” (1Cro 28, 11-14).

“Me mandaste construir un templo en tu monte santo  y un altar en la ciudad de tu morada, a imitación de la tienda santa que preparaste desde el principio” (Sab 9,8)

“Toma ahora trigo, cebada, habas, lentejas, mijo y espelta: échalo todo en una vasija y hazte de comer: lo comerás los trescientos noventa días que estés echado de un lado. Cada día comerás a la misma hora una cantidad fija: doscientos cincuenta gramos. Tendrás también el agua medida: un litro al día” (Ez 4, 9-11)

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2.-La forma y el contenido simbólico

Cada templo cristiano es imagen del universo y la presencia de Dios lo convierte en verdadero centro de la creación.

Reproducir la estructura interna del cosmos exige medida y orden, pues no hay belleza sin medidas.

El acoplamiento de la cúpula redonda, imagen del cielo, sobre el crucero cuadrado, imagen de la tierra, ya proclama desde el lugar central que ocupan ambos espacios en la construcción la centralidad de este encuentro en el desarrollo del espacio sagrado.

Contemplar una basílica cristiana es como situarse ante la creación entera: la cúpula, que se eleva sobre la vertical increíble del crucero, es el cielo; una cúpula que reposa sobre cuatro arcos que representan los cuatro lados del mundo.

El centro y vértice de la cúpula se proyecta en una línea vertical que lo une directamente con el suelo, a modo de “omphalos” (ombligo, en griego) de Dios, como si de un cordón umbilical de la unión de Dios con la tierra se tratara.

La dimensión vertical es exigida por la oración litúrgica, que se eleva al cielo con el alzar de las manos y el suave olor del incienso, porque somos incienso de Cristo ofrecido a Dios” (2Co 2,15). La alta cúpula recoge la oración de los fieles y recibe las ofrendas “frutos de la tierra, de la vid  y del trabajo del hombre”, que se convertirán en la carne y sangre del Salvador.

La nave recoge la dimensión horizontal. Por ella los fieles realizan la procesión hasta el altar, recordando el acercamiento de todo lo creado hacia Cristo, en un movimiento que simboliza tanto el antiguo éxodo del pueblo judío hacia la tierra prometida, como el de los astros en el universo.

El Templo reproduce el mundo, obra de Dios, y aporta la presencia del Trascendente: es “casa de Dios y puerta del cielo” (Ge 28,17).  La creación, que surge del caos como cosmos, supone sabiduría y belleza, orden, número y medida.

Pero la belleza cristiana, aun surgiendo en medio del mundo romano y griego, mantiene una estética muy diferente. Los templos griegos y romanos tienen una presencia estática armoniosa y superficial, proyectada como fuerza y pesadez.

El templo cristiano muestra un dinamismo interno, busca el sentido de lo divino en lo infinito, pues la belleza de Dios no es mensurable, y trasciende todo intento de ordenanza anterior. Ella está por encima de cualquier forma preestablecida, pues el contenido divino prima sobre todo: puede tocar lo informe y crear su propia novedad formal.

Por eso, la forma humana más perfecta puede construir un obstáculo, una pantalla que vele el contenido del mensaje simbólico; que, en definitiva, se convierta en  una sombra sobre el Invisible.

Las catedrales antiguas estaban cargadas de una fuerza y una intensidad sobrenatural, su dinamismo todavía hoy corta la respiración y provocan el éxtasis.

En el gótico las verticales y la masa pétrea son lanzadas violentamente hacia el alto infinito y arrastran con ellas el espíritu del hombre.

Por el contrario, en Sta. Sofía todo se ordena alrededor del eje central, coronado por la majestad de la cúpula y expresa la belleza de una manera más recogida, como procediendo de una profundidad misteriosa y altura ilimitada, que desciende sobre el hombre y le llana de una paz trascendente.

La cruz, encima de la cúpula, y la cúpula misma ordenan el espacio. Por sus líneas, la cúpula traduce el movimiento descendente del amor divino que reúne, en su esfericidad, a todo el hombre.

La misma cruz, si prolongamos sus brazos hacia el infinito, parece querer abarcar en su abrazo la totalidad del espacio exterior, testimonio de lo infinito.

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3. La morada de Dios

El sagrario mantiene la presencia permanente y cotidiana de Cristo en el templo, convertido, así, en “lugar teológico” y de teofanía. No se trata de un recuerdo de Cristo, sino de una verdadera presencia personal que convierte el templo en algo continuamente vivo, donde, de alguna manera misteriosa, siempre se está en oración, siempre se celebra una liturgia.

La iglesia-templo es un lugar celebrativo permanente, con toda la aportación celestial de la oración de Cristo y toda la permanente oportunidad de sumarnos a ella, uniéndonos a la alabanza de toda la Iglesia; es decir, uniéndonos al “Santo, Santo, Santo” que entona el coro de los ángeles y de los santos.

Como lugar de teofanía permanente, los cristianos encontramos que, en cada momento que físicamente o con el corazón nos acercamos a adorar a Cristo en el sagrario, también nos “incorporamos” a la liturgia celestial que canta al Cordero (Ap 14,1-5), junto a toda la Iglesia en oración.

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4. El Templo, imagen del Reino

Un templo, una de nuestras iglesias, no es un edificio más en medio de un patio  de viviendas. El espacio profano, en tanto que expresa indiferencia u oposición al Trascendente, es un espacio profanado en sí mismo, en cierta forma demoniaco.

En el corazón de este espacio profano se yergue el espacio ordenado del templo cristiano. Con su presencia se coinvierte en la refutación más fuerte de los principios de este mundo y, en el límite, en la denuncia más vigorosa del “dios de este mundo”, de la “Bestia” apocalíptica.

El Templo cristiano ofrece al mundo la imagen plástica del “cielo” misterioso, es decir, del “Reino” y dirige a todos los hombres la llamada urgente a devenir en “piedras vivas” del templo cósmico, donde todo lo que respira “canta la gloria de Dios”.

Podemos hacer un esquema de la figuración clásica del templo: En el santuario, detrás del altar, se representa el misterio central, la comunión eucarística, de los apóstoles. Encima, la Theotokos orante personifica la Iglesia en su ministerio de intercesión. Más arriba, el Cristo sacrificado y sacrificador. Sobre el muro occidental, opuesto al santuario, se coloca el fresco del Juicio, balance de la historia.

En mitad de la bóveda planea la Pentecostés, la epíclesis, el descenso del espíritu Santo, que inaugura la parusía y anticipa el Reino.

La nave es el lugar donde el pueblo de Dios se reúne según el sacerdocio real de los bautizados.  La salida del templo da sobre la tierra desnuda, símbolo de la tierra de la caída, el espacio aún no evangelizado.

Enfrentándose a las aspiraciones mundanas, al puro biologismo de la lucha por la existencia, al exterminio de la vida por el odio; enfrentándose al reino del Mal, el Templo en su totalidad es ya un espacio de eternidad,  que da testimonio por su sola presencia y llama a una metanoia radical de piedad y de “ternura ontológica” hacia toda criatura.

Las iglesias, dotadas de hermosas torres con sus cúpulas, semejan los cirios de Pascua y cantan la resurrección. Su brillo penetra el interior de la cúpula y baja como si de un cielo descendiendo sobre la tierra se tratara, con la mirada majestuosa del Pantocrátor que reina en el centro de la cúpula y cuya mano abierta contiene el destino de todos y cada uno.

En las verticales paredes, las delgadas y esbeltas figuras pintadas sobre los iconos y los frescos, dirigen toda la grandeza hacia lo alto, hacia el “Muy Alto”. Aquí, todo lo individual encuentra su esponjamiento legítimo y, al mismo tiempo, todo es ordenado por la comunión y la catolicidad.

Los ángeles, con sus escatológicas trompetas, nos llaman para que nos sumemos a una sola doxología, acuerdo cósmico que sobrevuela y supera el caos y la tiniebla. El movimiento poderoso de sus alas dirige todas las miradas hacia el corazón maternal y el velo protector de la Theotokos, “alegría de toda criatura”.

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5.- El templo y la Encarnación

El Templo es el cielo en la tierra; en este espacio celeste Dios habita y se pasea”, decíamos al comenzar esta página. Esta bella alegoría de la unión del hombre con Dios, del encuentro de la tierra con el cielo es también una bella parábola sobre el misterio de la Encarnación de Jesucristo.

Por un lado, el templo simboliza el cuerpo de Cristo, del Hombre-Dios; por otro, los fieles allí reunidos constituyen el cuerpo místico de Jesucristo, son “las piedras vivas….” Y,  como dice san Pablo, «vosotros sois el templo del Dios vivo»15. El edificio de la iglesia, así considerado, es una metáfora perfecta de la doble naturaleza propia del misterio considerado en Cristo.

Como “casa de oración”,  privada o en asamblea, la iglesia es un  edificio de culto cristiano, un espacio de encuentro entre el hombre y Dios que, lejos de cualquier veleidad intelectualista, se realiza , mediante una muy concreta geografía mística, cuyo eje lo determina la dirección del cuerpo del orante.

Hay que considerar la orientación del orante principalmente como una actitud y una intención del corazón, que se expresa mediante el rito de la “conversión al Señor”, como sugiere la misma raíz del término templo, que proviene del latín templum (contemplar), en los sentidos físico y místico de la palabra.

Si la plegaria de la asamblea cristiana se desarrolla en un espacio físico y concreto -el templo-, tan físico y concreto como el entorno vital en que se desenvuelve el cuerpo humano,  el desarrollo de la liturgia introduce la oración en el tiempo, esa otra dimensión tan propia de la historia humana, a través de los  ciclos litúrgicos. La iglesia, considerada como edificio, es la expresión del tiempo petrificado, que representa la inmutabilidad divina, pero es también un espacio sagrado, escenario de la liturgia que se desenvuelve con el paso de las estaciones.

El edificio cristiano, es la expresión estática de la oración, mientras que la liturgia representa la vertiente dinámica de la alabanza a Dios. Dinamismo que se desarrolla en el tiempo, esa dimensión misteriosa que tanto nos separa de Dios, como nos conduce  a Él. Sólo Cristo -verdadero hombre-, venciendo a la muerte, vence también al tiempo, y muestra el camino de esa victoria al hombre.

El desarrollo del espacio litúrgico en el interior de la iglesia, la distribución de los lugares para los actores del culto y la organización de los elementos del culto será explicado en la página correspondiente sobre la construcción del espacio sagrado.

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