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La virgen del signo o gran orante de Jaroslav

 

Fondo dorado: el color dorado simboliza la santidad divina. María está, inmersa, sumergida en Dios.

María: aparece de pie (esbelta “como columnas de un templo”)

Estrellas en hombros y frente, simbolizando su virginidad antes, durante y después del parto

Los brazos extendidos insinúan una cruz.

La alfombra roja simboliza la tierra, La Virgen se mantiene entre la tierra, y el cielo, simbolizado por los dos ángeles superiores

Los nimbos de María y de Jesús hablan de la santidad divina que comparten e insinúan dos hostias eucarísticas.

Manto: con los colores Púrpura ( amor y fuego, divinidad, Azul (humanidad)

Calzado: la Virgen aparece calzada, distanciándose del hombre veterotestamentario que debía descalzarse para entrar en el recinto sacro

 

Jesús niño: Se encuentra en un fondo dorado(divinidad, eternidad), como su madre, presentando un rostro de adulto. El color rojo y azul representan a Dios y al hombre. El niño tiene una aureola de santidad, marcada con la cruz cristiforme exclusiva de él. Sus brazos abiertos reflejan acogida. La mano derecha está bendiciendo y en la mano izquierda lleva un manuscrito de la Palabra de Dios, en claro signo de que él es sacerdote y juez

Arcángeles: Ambos portan la cruz en la mano que da al interior del cuadro mientras la señalan con la otra. Miguel (izquierda): jefe de los ejércitos celestes, que tiene que luchar contra el mal. Gabriel (derecha): es el ángel de la Anunciación.

 

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“El Señor, por su cuenta, os dará un signo. Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Enmanuel” (Is 7, 14).

"Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por medio del profeta: «Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Enmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”». Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y acogió a su mujer. Y sin haberla conocido, ella dio a luz un hijo al que puso por nombre Jesús" (Mt 1, 22-25)
La profecía de Isaías se cumple en María. El icono muestra la belleza de la Virgen, su ámbito inmenso de santidad, el sagrario del Verbo y, simultáneamente, la evocadora imagen de la Sabiduría divina. El Niño Dios es mostrado, mitad como aún en el vientre materno de María, mitad como el Enmanuel, el Señor-con-nosotros prometido.

La actitud de orar con las manos levantadas se registra ya en las catacumbas romanas, denotando la tensión entre la finitud humana y la esperanza de ser levantado de ella. Es la posición natural de quien se reconoce criatura y se dirige a su creador. Es la actitud natural de una existencia menesterosa, la propia del mendigo.

 Universal es el significado de esta actitud que recoge la liturgia de la Iglesia en sus celebraciones, y más concretamente en la Eucaristía, cuando se dirige al Padre con las manos levantadas, mostrando las palmas, en signo inequívoco de súplica

 La necesidad de “levantarse” para dirigirse a Dios se recoge en autores tan distantes como Juan Damasceno (675-749 y Fray Luisa de Granada (1504-1588), que definen la oración diciendo:

“Oración es levantar el corazón a Dios y pedirle mercedes “(Fray Luis de Granada, De la oración vocal)

La oración es la elevación del alma a Dios o la petición a Dios de bienes convenientes” (S. Juan Damasceno)

 Los iconos de la Virgen en actitud orante la presentan, ya de lado, ya de frente, pero siempre con los brazos abiertos y las palmas hacia arriba, en clara distinción de la iconografía  de la Virgen Hodigitria,  que la representa  con las manos de forma indicativa, señalando a su Hijo que es el Camino verdadero.

La imagen primera es también conocida como la Virgen del Signo, porque al llevar en su seno al Mesías hace cumplimiento  en ella de la profecía de Isaías: “El Señor mismo os dará un signo: la virgen concebirá y dará a luz un hijo” (Is 7, 14)

Este icono presente recuerda extraordinariamente al  de “La sabiduría divina”, la “Santa Sofía”. La Virgen  María, que ha portado la Palabra de Dios hecha carne, es el signo de la Sofía divina, que une la divinidad y la criatura desde el primer momento de la creación. La Virgen María es la Teofanía de este encuentro.

También recibe el nombre de  Platytera , que procede del griego y nos hace recordar que la Virgen está hecha "más allá del cielo".

Generalmente, la “Virgen del signo” está pintada de frente, sentada o de pie,  en una actitud mayestática y seria, con mirada fija en un punto muy alejado tras el espectador, rebasando su posición cercana.

Su hijo está sentado sobre su regazo, haciendo con las manos levantadas, unas veces, la señal sacerdotal de bendición,  y en este caso porta en su mano izquierda el rollo de las escrituras. Otras, las más frecuentes, el Niño imita a su madre abriendo los brazos hacia el cielo en clara figura suplicante.  Siempre tiene  expresión de adulto en su rostro muy poco infantil, con la habitual cabellera bien doitada , y así ya indica  que es el Salvador. Las tres letras del nimbo cruciforme, característico de Cristo, significan "El que es", o "Yo soy el que soy", como el nombre de Yhavé revelado a Moisés.

La nomenclatura usual IC XC representa las iniciales y las finales de la palabra griega que significa Jesucristo, mientras que las letras MP OY definen a la Madre de Dios (Mater Theoi).

 En este último motivo, la madre tiene las dos manos en un gesto de plegaria; el niño está pintado en un escudete redondo, sobre el mismo seno de su madre, evocando el alumbramiento.

 

Oración

«Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humildad de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia
—como lo había prometido a nuestros padres—
en favor de Abrahán y su descendencia por siempre».

(Lc 1, 46-56)