rezarconlosiconos

 

La escena se desarrolla en “la sala superior” del cenáculo. La “sala superior” no tiene techo, no está cerrada, se abre hacia el cielo como buscando la fuente de donde le vienen las lenguas de fuego del Espíritu.

El colegio apostólico, que aparece presidido por la Virgen y dispuesto en un hemiciclo alrededor de ella, recibe la efusión del Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego que se sitúan encima de la cabeza de cada uno de los presentes. Todos iguales, sin asientos que dominen sobre los otros, en el mismo plano, con auras de santidad en todo semejantes, solo se distinguen por sus vestidos. El Espíritu Santo forja una unidad real entre todos, a todos se da, pero, respetando la personalidad individual de cada uno, no uniformiza.

La sala, abierta hacia el cielo, tampoco está cerrada hacia abajo, donde aparece un anciano tocado con corona real, que lleva en sus manos un paño que porta doce rollos. Aparece en la parte inferior del icono, destacando por su vestido sobre la negritud del fondo de lo que parece una caverna. La oscuridad en la pintura iconográfica es el pecado, la muerte, “las tinieblas y sombras de muerte” que se citan en el Benedictus.

En iconos del primer milenio su presencia es sustituida por una muchedumbre con igual decoración. En ambos casos el sentido es el mismo, se trata del mundo o, mejor aún, del cosmos, del universo, que debe recibir la redención a través de la Iglesia. La muchedumbre inicial representaba los pueblos y su multitud de lenguas. El anciano rey, el conjunto de los imperios de la época o de los mundos creados. Los rollos, la predicación de los apóstoles, que llegará a todos los pueblos de la tierra y su eficacia santificadora a todo el universo, según está escrito “La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios… con la esperanza de que la creación misma sería liberada de la esclavitud de la corrupción para entrar en la manifestación gloriosa de los hijos de Dios” (Rm 8, 19ss).

volver

Pentecostés

Pongámonos ante el icono de Pentecostés tras haber contemplado el de la Ascensión y todavía bajo el influjo de la visión de Cristo subiendo al cielo. Con la Ascensión termina el tiempo de Cristo en carne humana entre nosotros. En esta Historia, a la vez divina y humana, nuestra salvación ya ha sido objetivamente conseguida por Cristo, y sólo queda ser subjetivamente asumida por cada hombre en cada generación... Comienza el tiempo del Espíritu Santo.

Otra vez interviene el Padre que, si primero nos envió a su Hijo, en este segundo acto nos envía al Espíritu Santo; Cristo ha vuelto al Padre para que el Espíritu Santo en persona descienda."Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré"(Jn 16, 7). La bendición de Cristo mientras asciende es, con toda seguridad, una verdadera invocación al Padre, en todo semejante a las que el sacerdote hace en las epíclesis durante la celebración eucarística, ya sobre las ofrendas -Te pedimos que santifiques estos dones con la efusión de tu Espíritu…-, ya sobre la asamblea -Te pedimos … que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo…-.

La Ascensión de Cristo es una verdadera epíclesis, y Pentecostés es la respuesta del Padre a la invocación de su Hijo.

Los discípulos, tras la ascensión “se volvieron a Jerusalén, desde  el monte que llaman de los Olivos, que dista de Jerusalén lo que se permite caminar en sábado. Cuando llegaron, subieron a la sala superior, donde se alojaban” los apóstoles (Hch 1, 12). “Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús” (Hch 1, 14). "Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar(Hch 2, 1).

Éste es el momento y éste es el contexto elegido por el iconógrafo para trasmitir su catequesis sobre Pentecostés. La escena se desarrolla en “la sala superior” del cenáculo y él lo da a entender con la edificación lateral de dos edificios iguales y simétricos que se destacan en la mitad superior del icono. La “sala superior” no tiene techo, no está cerrada, se abre hacia el cielo como buscando la fuente de donde le vienen las lenguas de fuego del Espíritu.

El colegio apostólico, que aparece presidido por la Virgen y dispuesto en un hemiciclo alrededor de ella, recibe la efusión del Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego que se sitúan encima de la cabeza de cada uno de los presentes. Todos iguales, sin asientos que dominen sobre los otros, en el mismo plano, con auras de santidad  en todo semejantes, solo se distinguen por sus vestidos. El Espíritu Santo forja una unidad real entre todos, a todos se da, pero, respetando la personalidad individual de cada uno, no uniformiza.

Como tantas veces, el artista trasciende la historia para adentrarse en el misterio y, así, pronto nos encontramos con iconos de Pentecostés que, respetando en todo la figuración clásica, no presentan a la Virgen, dejando su sitio ocupado por un trono vacío. Presenta, con ello, un claro mensaje: Cristo es la cabeza de la Iglesia, y el trono en el lugar preeminente así lo dice; la Iglesia está preparada, por no decir anhelante, para la segunda venida y tiene preparado el sitio que debe ocupar quien la ha fundado; la Virgen recibió la efusión plena del Espíritu Santo durante la Anunciación, y una segunda efusión es innecesaria para quien es “la theotokos” y la “llena de gracia”, precisamente por la acción del Espíritu; y pudiera parecer contradictoria la presencia de María como figura de la Iglesia en el icono que presenta su nacimiento, pues duplicaría la figura de la misma, representada por los apóstoles.

La ausencia de la Virgen u otros discípulos en el icono de Pentecostés refuerza el carácter jerárquico del magisterio eclesial, precisamente en el momento de su nacimiento, cuando no es posible considerar en él más que la voluntad de su fundador. Nace la Iglesia exclusivamente porque Cristo lo ha querido, y lo hace y se organiza como él, a través de su Espíritu, lo ha determinado. La presencia de san Pablo, que evidentemente no estuvo presente en la escena del icono, refuerza ese carácter eclesial y permanente del acontecimiento pentecostal.

La sala, abierta hacia el cielo, tampoco está cerrada hacia abajo, donde aparece un anciano presuntamente prisionero de lo que parece una gruta carcelaria

En los iconos presentes se observa un anciano tocado con corona real, que lleva en sus manos como un paño que porta doce rollos. Aparece en la parte inferior del icono, destacando por su vestido sobre la negritud del fondo de lo que parece una caverna. La oscuridad en la pintura iconográfica es el pecado, la muerte, “las tinieblas y sombras de muerte” que se citan en el Benedictus.“Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz”.(Lc 1, 78s). En iconos del primer milenio su presencia es sustituida por una muchedumbre con igual decoración.

En ambos casos el sentido es el mismo, se trata del mundo o, mejor aún, del cosmos, del universo, que debe recibir la redención a través de la Iglesia. La muchedumbre inicial representaba los pueblos y su multitud de lenguas. El anciano rey, el conjunto de los imperios de la época o de los mundos creados. Los rollos, la predicación de los apóstoles, que llegará a todos los pueblos de la tierra y su eficacia santificadora a todo el universo, según está escrito “La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios… con la esperanza de que la creación misma sería liberada de la esclavitud de la corrupción para entrar en la manifestación gloriosa de los hijos de Dios” (Rm 8, 19ss).

Se llena de sentido la frase “fuera de la Iglesia no hay salvación”, pues ésta se encuentra implicada en el proceso de redención del cosmos entero.

Sobre los edificios laterales puede aparecer un extenso velo rojo que cubre toda la escena terrestre, significando con ello la especial protección que la Iglesia goza para permanecer en la unidad y la verdad, segura de que “el poder del infierno no la derrotará” (Mt 16, 18) .

Con esa confianza en la victoria final, levantamos nuestra oración al Espíritu santo:

Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles
y enciende en ellos el fuego de tu amor.
Envía tu Espíritu, Señor, y serán recreadas todas las cosas.
Oh Dios que instruiste los corazones de tus fieles
con la luz del Espíritu Santo,
Danos por el mismo Espíritu, la verdadera sabiduría
y el gozo continuo de su consuelo. Por Cristo, nuestro Señor. Amén

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En el arco oscuro se tiene un hombre vestido un Príncipe quien simboliza el mundo visible esperando el cumplimiento final de la salvación aportada por el Cristo. Es el "cosmos" figurado por un anciano que es preso "de las oscuridades y de la sombra de la muerte"(Luc I, 79). Esto tiene en las manos un lino en el cual son dispuestos doce rodillos que simbolizan la predicación de los doce Apóstoles.

 

 

 

 

Ven Espíritu Santo
y envía desde el cielo
un rayo de tu luz.
Ven Padre de los pobres,
ven a darnos tus dones,
ven a darnos tu luz.
Consolador lleno de bondad,
dulce huésped del alma,
suave alivio para el hombre.
Descanso en el trabajo,

templanza en las pasiones,
alegría en nuestro llanto.
Penetra con tu santa luz
en lo más íntimo 
del corazón de tus fieles.
Sin tu ayuda divina 
no hay nada en el hombre,
nada que sea inocente.
Lava nuestras manchas,
riega nuestra aridez,
cura nuestras heridas.
Suaviza nuestra dureza,
enciende nuestra frialdad,
corrige nuestros desvíos.
Concéde a tus fieles,
que en tí confían,
tus siete sagrados dones.
Premia nuestro esfuerzo,
salva nuestras almas,
danos la eterna alegría. 
Amén. Aleluia.