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La anunciación a la Virgen

La Virgen, visiblemente turbada y en actitud recogimiento escucha las palabras del arcángel Gabriel. Viste túnica y manto, el cual puede cubrirle a modo de toca su cabeza en el que se colocan las tres estrellas que nos indican que es virgen antes, durante y después del parto. Su indumentaria es generalmente azul y roja, signos de la humanidad y el amor, respectivamente, como corresponde a la Madre de Dios.

Cuando está sentada, en las representaciones bizantinas su sitial es un trono dorado colocado sobre una peana, pero sus pies se apoyan a su vez en un pedestal, ya que ha sido colocada sobre los ángeles y demás seres celestes. atributo más propio del mundo bizantino5 , mientras en Occidente sostiene un libro Mientras tanto, con la otra mano gesticula con la palma hacia fuera en señal de sorpresa ante el anuncio divino.

El arcángel Gabriel, cuya actitud activa contrasta con el misticismo de María, viste túnica y manto que puede transformarse en hábito blanco y dalmática. Suele sujetar un báculo como símbolo de su poder delegado de mensajero y su carácter de peregrino, Con el gesto de su mano derecha transmite a María el mensaje divino.

Dios, dibujado en la parte superior de la tabla, en el interior de una semiesfera, está representado como un hombre y da fe de la presencia superior del Padre en todo el proceso “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra, y por eso el hijo engendrado será santo” (Lc. 1, 35).

El escenario, en la tradición bizantina, tiene lugar en el exterior, entre arquitecturas que simbolizan el Templo y la ciudad de Nazaret,En el arte occidental la Virgen está en un interior, que puede ser un templo, una estancia palaciega o una habitación.

La estancia puede estar cerrada haciendo referencia a María como “puerta del cielo”, y la presencia de ventanas, además de ser un elemento que aporta realismo, se convierte en un símbolo virginal. La tela roja sobre el techo indica que la escena se desarrolla en el interior.

 

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El conocido desarrollo de la escena nos permite saber que Dios tiene un plan para la humanidad que precisa tanto del concurso de María, la doncella de Nazaret, como de su aquiescencia informada. Las palabras de Gabriel, del heraldo divino, lo dan a conocer.

 

El cuadro presenta en sencillas imágenes una historia dramática, donde la Virgen representa a toda la humanidad. La comunicación se establece entre la divinidad y la humanidad, que acoge la Palabra con un gesto de entrega y sumisión, con la cabeza inclinada mirando al suelo.

Así se figura en los iconos más antiguos, que figuran a María de pie o sentada al borde de un pozo, visiblemente turbada y en actitud  recogimiento escuchando las palabras del arcángel Gabriel.

Poco a poco, las tablas fueron ganando en viveza y complejidad hasta llegar al conocido cuadro bizantino donde la Virgen aparece sentada en un trono real, con escabel ricamente guarnecido y vestido con almohadones;  mientras, teje el rojo manto del Templo.

El Arcángel San Gabriel se presenta en el camarín de la Virgen para trasmitir, como los antiguos heraldos medievales, las instrucciones de su señor. 

El ángel, entrando en su presencia, dijo:

"Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo"

Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél. El ángel le dijo:

"No temas María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús".

María dijo al ángel:

"¿Cómo será eso, pues no conozco varón?".

El Ángel le contestó:

"El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios".

María contestó:

"He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra"

Es dable pensar que, dejando aparte singularidades lingüísticas de culturas diferentes o tiempos muy alejados, el saludo inicial debería contener el nombre de la persona saludada. Es decir, que en el cielo el nombre de María es llena de gracia. Y el saludo trasmite el bienestar de Dios ante María cuando dice “has encontrado gracia ante Dios”.

Como es habitual en los iconos, el gesto la luz y el color sustituyen a las palabras. La Virgen, en tanto que virgen, muestra que está abierta a la iniciativa de Dios, que la vida no la da ella. Su cabeza abatida es el gesto virginal. Los tipos veterotestamentarios que se aplican a ella poseen este vaciamiento hacia quien debe llenarlo: arca de la Alianza, hija de Sión, Templo de Dios, etc.   .Un Templo sobre el que pesa la profecía de Ezequiel,“este pórtico [el exterior del santuario] permanecerá cerrado. No se abrirá nunca y nadie entrará por él, porque el Señor, Dios de Israel ha entrado por él. Por eso quedará cerrado” (Ez 44, 1-4)y, ahora, está esperando que ella sea quien lo vuelva a abrir.se desvelan en ella.

Sus dedos sostiene el hilo con que se tejía el rojo velo del Templo, simbolizando ahora el nuevo trabajo de María, entretejer en sus entrañas el cuerpo del Mesías.

La Anunciación, icono paleocristiano

El icono presenta el momento álgido de la Historia de la Salvación que fue objeto del diálogo divino que se refleja en el icono de la Trinidad, de Rublev. Parecen evidentes las palabras de San Agustín, dichas más de tres siglos después: “Dios que te creó sin ti, no te salvará sin  ti”, ahora trasformadas en un diálogo con toda la humanidad:  “Dios, que te creó sin ti, necesita tu aquiescencia para salvarte”

El “hágase&rdquo de María se introduce en la historia universal, tras el “hágase” inicial de Dios (Ge 1, 3) y precediendo al “hágase” de su hijo, en Getsemaní (Lc 22, 42).  Como al principio, otra vez el Espíritu hace su labor creadora y desciende sobre María que, por esta gracia, dará a luz, cuán nueva Eva, a un hombre nuevo. Un hombre que es, por ser aquello a lo que todo hombre está llamado a ser, toda la humanidad. Por eso, María es verdadera madre de todos los creyentes.

María está llamada a ser el nuevo templo en el cual el Verbo de Dios ha elegido establecerse. Para los Padres de la Iglesia, Ella es lo más santo que había en el Templo que la había acogido desde los tres años; ella es el verdadero “Santa santorum”, “Arca de la nueva Alianza” de la nueva liturgia que inaugurará el recién concebido.

La Anunciación pasa de ser un tema histórico a ser un lugar teológico de primera magnitud, lleno de sentido redentor al hacer referencia a la Encarnación,  porque la Virgen se convierte en imprescindible en la ejecución del plan de Dios y da el primer paso para que se produzca la redención. Es la Nueva Eva que libera al género humano de la muerte, mientras Eva le abocó al pecado.

La puerta del paraíso, cerrada por el pecado original de Adán y Eva, es abierta de nuevo por María. Ella es la mujer destinada a pisar la cabeza de la serpiente (Ge 3,15). Porello, el icono de la Anunciación se suele colocar ante la puerta real del santuario entre los iconos de las grandes fiestas en el Iconostasio de los templos. Es la puerta septentrional de que habla el profeta:Después me llevó por el pórtico septentrional hasta la fachada del templo. Vi que la Gloria del Señor llenaba el templo del Señor, y caí rostro en tierra.” (Ez 44, 4). Hace alusión a la virginidad de María y la gloria del Señor que es ella.

Cumplido su encargo, el ángel se retiró(Lc 1, 38). Para María comenzaba una etapa de desierto, una etapa de discípula de Dios y muy pronto de su Hijo, al que seguiría hasta la cruz, con una espada atravesándola el corazón y meditando las cosas extraordinarias que sucedían en ella.

María es el arquetipo de todo cristiano, que en el bautismo es cubierto por la sombra del Espíritu Santo y debe recorrer el camino del discipulado, según lo expresa San Pablo: “No os engañéis, de Dios nadie se burla. Lo que uno siembre, eso cosechará” (Gá 6, 7). Y añade: ¿No sabéis que en el estadio todos los corredores cubren la carrera, aunque uno solo se lleva el premio? Pues corred así: para ganar. Pero un atleta se impone toda clase de privaciones; ellos para ganar una corona que se marchita; nosotros, en cambio, una que no se marchita. Por eso corro yo, pero no al azar; lucho, pero no contra el aire; sino que golpeo mi cuerpo y lo someto, no sea que, habiendo predicado a otros, quede yo descalificado.” (I Co 9,24- 27).

El icono de la Anunciación es el icono del "hágase" a Dios. Como a María, Dios se acerca a cada uno silenciosamente, en cualquier momento, en su tarea o trabajo diario. Quiere contarte su plan de salvación preparado desde toda la eternidad para ti. No debemos permitir que hoy Dios nos dirija su antigua queja:

Escucha, pueblo mío,
doy testimonio contra ti,
¡ojalá me escuchases, Israel!

No tendrás un dios extraño,
no adorarás un dios extranjero,
yo soy el Señor, Dios tuyo,
que te saqué del país de Egipto.
Abre la boca que te la llene».

Pero mi pueblo no escuchó mi voz,
Israel no quiso obedecer:
los entregué a su corazón obstinado,
para que anduviesen según sus antojos.

¡Ojalá me escuchase mi pueblo,
y caminase Israel por mi camino!:
en un momento humillaría a sus enemigos
y volvería mi mano contra sus adversarios;

los que aborrecen al Señor te adularían,
y su suerte quedaría fijada;
te alimentaría con flor de harina,
te saciaría con miel silvestre.   (Sal 80)

El icono de la Anunciación se me asemeja a un lugar teofánico con una gran densidad de la presencia de Dios. Siento que me surge una acción de gracias espontánea y elevo  una oración agradecida por su confianza en mí, por haberme dado a su madre, por ser miembro de su Iglesia. Sin esfuerzo alguno se abre mi boca para decir “Hágase en mí según tu palabra”.

La anunciación, de RublevLa acción de Dios en la encarnación
¿Cómo fue la acción de Dios en la encarnación de su Hijo en el seno de María?
Esta cuestión relevante para nuestra fe se plantea desde el principio en el anuncio de Gabriel a María durante la conversación entre ambos, según el evangelio de Lucas (Lc 1,34s):

“¿Cómo será eso, pues no conozco varón?".

"El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios".

La desarrollaremos de una forma sistemática según el orden siguiente:

a) La encarnación y el plan divino
b) La concepción virginal de Jesús
c) La acción de Dios en la encarnación

a) La encarnación y el plan divino
Hay una línea que recorre la Biblia entera y nos revela que “creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó” ( Ge 1,27),  y "les dio poder sobre la tierra, las plantas y los seres vivos, y vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno.”(31). Que, posteriormente, el hombre se separó de la amistad de Dios por el pecado de Adán, y con ello su naturaleza se inclinó al mal y entró en el mundo el pecado y la muerte.

La encarnación es, como dice san Pablo,“el plan que había proyectado realizar por Cristo, en la plenitud de los tiempos: recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra” (Ef 1, 9s), es decir, la encarnación es parte del proyecto eterno del Padre.

El pecado de Adán “obligó” (la falta de palabras para la expresión exacta es el reflejo de la infinita distancia entre la criatura y la divinidad) a que la encarnación hiciera, vía redención, el rescate de la humanidad descendiente de Adán. Y, así, siguiendo ese plan divino, “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14).

b) La concepción virginal de Jesús
Sobre esta tema, el Catecismo de la Iglesia Católica (CIC), nos dice


456.- Con el Credo Niceno-Constantinopolitano respondemos confesando: "Por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre" (DS 150).
496.- Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).
497.- Los relatos evangélicos (cf. Mt 1, 18-25; Lc 1, 26-38) presentan la concepción virginal como una obra divina que sobrepasa toda comprensión y toda posibilidad humanas (cf. Lc 1, 34): "Lo concebido en ella viene del Espíritu Santo", dice el ángel a José a propósito de María, su desposada (Mt 1, 20). La Iglesia ve en ello el cumplimiento de la promesa divina hecha por el profeta Isaías: "He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo" (Is 7, 14) según la versión griega de Mt 1, 23.
El Catecismo recoge con estas sencillas fórmulas el “sensu fidei” del pueblo cristiano desde los primeros años sobre el hecho de que “Jesús es el hijo de María, pero no de José”. A lo que ocurrió se le puede dar diferentes nombres y, de hecho, se hacen distintas hipótesis sobre cómo ocurrió, pero todas reconocen unas bases comunes: la concepción, el desarrollo y el parto de Jesús no fueron normales.

No hay un criterio unánime entre los teólogos sobre la importancia de la concepción virginal de Jesús para el hecho mismo de su encarnación, especialmente entre los protestantes (P. Tillich y P. Althaus lo califican de accesorio; H. Asmussen y Richardson lo contemplan como una “necesidad de la lógica teológica”). La mejor teología católica lo considera un símbolo central en la teología dogmática, derivado directamente de la cristología (H.U. Balthasar).

El CIC no duda en afirmar este papel central:

463.- La fe en la verdadera encarnación del Hijo de Dios es el signo distintivo de la fe cristiana: "Podréis conocer en esto el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa a Jesucristo, venido en carne, es de Dios" (1 Jn 4, 2). Esa es la alegre convicción de la Iglesia desde sus comienzos cuando canta "el gran misterio de la piedad": "Él ha sido manifestado en la carne" (1 Tm 3, 16).
483.- La encarnación es, pues, el misterio de la admirable unión de la naturaleza divina y de la naturaleza humana en la única Persona del Verbo.

c) La acción de Dios en la encarnación
La anunciaciónEstá generalmente aceptado que la providencia que tiene Dios sobre el universo como un todo y sobre cada realidad singular de ese todo se realiza mediante intervenciones a través de “causas segundas”; es decir, son siempre intervenciones “mediatizadas”

La cuestión que se plantea es:

¿cuál es la mediación utilizada por Dios en la encarnación de su Hijo?

 

Antes de abrirnos a ulteriores reflexiones, veamos qué dice el CIC.

461.- Volviendo a tomar la frase de san Juan ("El Verbo se encarnó": Jn 1, 14), la Iglesia llama "Encarnación" al hecho de que el Hijo de Dios haya asumido una naturaleza humana para llevar a cabo por ella nuestra salvación. En un himno citado por san Pablo, la Iglesia canta el misterio de la Encarnación:
«Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo: el cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz» (Flp 2, 5-8; cf. Liturgia de las Horas, Cántico de las Primeras Vísperas de Domingos).
462.- La carta a los hebreos habla del mismo misterio:
«Por eso, al entrar en este mundo, [Cristo] dice: No quisiste sacrificio y oblación; pero me has formado un cuerpo. Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: ¡He aquí que vengo [...] a hacer, oh Dios, tu voluntad!» (Hb 10, 5-7; Sal 40, 7-9).

En este contexto de la revelación neotestamentaria, consideremos el coloquio divino que contempla Rublev en su icono de la Trinidad. Decimos allí que las tres divinas personas proyectan desde el principio de la eternidad la creación del universo y de la propia humanidad: “hecha por Él [Cristo] y para Él”.

Como situándose frente a este icono, Rahner dirá que la encarnación de Cristo es la autocomunicación de Dios al mundo que ha creado. Nos recuerda a Theilard de Chardin y su punto Ω  (omega), cuando sitúa el acontecimiento de Cristo dentro de la historia y dentro de la misma evolución secular de la consciencia, como punto de convergencia del desarrollo de toda la creación.

Es una cosmovisión absolutamente paulina, que coincide con lo que dice el apóstol:

“Él es imagen del Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque en él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles. Tronos y Dominaciones, Principados y Potestades; todo fue creado por él y para él. Todo fe hecho por Él y para Él... (Col 1, 16s)

"Porque la creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios; en efecto, la creación fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por aquel que la sometió, con la esperanza de que la creación misma sería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Porque sabemos que hasta hoy toda la creación está gimiendo y sufre dolores de parto. Y no solo eso, sino que también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la adopción filial, la redención de nuestro cuerpo." (Rm 8, 19-23)

Así, toda la creación es un proyecto de gracia y amor del Padre eterno, una historia lanzada en el tiempo hacia la eternidad y cuya meta es Jesucristo. La encarnación es una acción de la Trinidad, del único Dios, en el que las tres Personas divinas colaboran según su propia manera de autodonarse o manifestarse.

La Palabra revelada no deja de moverse entre las tres Personas divinas cuando habla de la encarnación. Así, san Pablo pone en boca de Jesucristo el conocido salmo 40, dirigido a su Padre:

"Por eso, al entrar él [Cristo] en el mundo dice: Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo; no aceptaste  holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije: He aquí que vengo  —pues así está escrito en el comienzo del libro acerca de mí— para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad." (Hb 10, 5ss)

Y, más claramente, respecto a esta atribución al Padre:

"Mas cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción filial" (Ga 4, 4).

En otro sitio, el mismo Pablo revela la decisión propia del Hijo, que

"siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres." (Flp 2, 6s).

El papel del espíritu Santo es determinado sin margen de dudas a este respecto:

"El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios." (Lc 1,35)
"Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo" (Mt 1, 20).

La encarnación es una acción de la Trinidad, del único Dios, en el que las tres Personas divinas colaboran según su propia manera de autodonarse o manifestarse. Por un lado, porque en esencia, Dios es uno y, así, cada forma de autocomunicación es una comunicación real del Dios único. Por otro, porque aunque sus formas de donarse a nosotros sean diferentes, cada una de ellas no es una representación o manera de conocer a la divinidad, sino la divinidad real misma.
Siendo así, en este proyecto divino, diseñado desde el principio de los tiempo, atribuimos la encarnación a una acción del Espíritu Santo, que crea en el seno de la Virgen María la humanidad de Jesús; y del Verbo preexistente, que asume esa humanidad como autoexpresión suya en el universo creado.
La humanidad de Jesús tiene un claro comienzo en el tiempo, no es eterna, sino creada y asumida por el Verbo preexistente en el propio acto de su creación.
La acción de Dios en la encarnación no es, pues, un acto “mediatizado” por causa segunda alguna, sino una acción directa de la divinidad, del mismo tenor que la creación “ex nihilo”. Jesús, nacido de María, no procede de causas segundas (p.e., José, semen humano, óvulos femeninos, partenogénesis, etc.), entre la acción de Dios y el hecho en sí sino de una acción inmediata que pertenece, por su propia innovación, a la divinidad.