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      1. Introducción
      2. La morada de Dios en la tierra
      3. Cristo, templo de Dios
      4. La liturgia, acción de Cristo
      5. ¿Necesidad de un espacio litúrgico?

1.-Introducción

El desarrollo de la Historia de la Salvación, sea  para cada persona a título individual, sea a toda la humanidad de manera colectiva,  sigue el mismo proceso: a la autorrevelación de Dios –que siempre tiene la iniciativa en el diálogo salvífico- responde el hombre con la fe y la oración.

Para nosotros es importante considerar la liturgia como parte de la respuesta del hombre al Dios que se le presenta en la historia, pues ello nos remite de inmediato, tanto a la historia de nuestros padres en la fe -a la historia del pueblo judío-, como a la historia más amplia de toda la humanidad, con sus variaciones culturales, sociales y antropológicas.

 

Templo de salomón, maquetaDurante el largo periodo del desierto, el pueblo hebreo recibe directamente de Dios las disposiciones que han de tener los lugares de culto, así como el contenido de sus manifestaciones cultuales.   El Levítico está integrado casi exclusivamente por textos referidos a las disposiciones cultuales, desde la forma de ofrecer sacrificios, hasta las condiciones de santidad y pureza de los sacerdotes.

 

 

Salomón, finalmente, construiría el Templo por antonomasia del pueblo judío, siguiendo el esquema hecho por su padre, el gran rey  David.

El libro de la Sabiduría, en la “Oración para alcanzar la sabiduría”, dice

”Me mandaste construir un templo en tu monte santo y un altar en la ciudad de tu morada, a imitación de la tienda santa que preparaste desde el principio2 (Sab 9, 8).

Estos orígenes llenan de un halo de indisponibilidad a la liturgia cristiana: ésta es un don de Dios que hemos recibido y es preciso mantener en su esencia. No es  extraño que, por estas consideraciones, la Tienda del Encuentro y el Templo de Jerusalén sean las referencias de las primeras comunidades cristiana que, no lo olvidemos, eran judías, para sus propios espacios litúrgicos. 

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2.- La morada de Dios en la tierra

Aún con toda la carga fundante que tienen las disposiciones de la Torá sobre el culto a Dios, no deja de haber en la Biblia ciertas relativizaciones sobre la importancia de los lugares concretos de culto a Dios, aunque éstos tuviesen la relevancia del mismo Templo de Salomón. Así podemos leer: 

“Andad, id a mi templo de Siló, donde habité en otro tiempo, y mirad lo que hice con él, por la maldad de Israel, mi pueblo”.(Jer 7, 12s).

“Esto dice el Señor: «El cielo es mi trono,  y la tierra, el estrado de mis pies:  ¿Qué templo podréis construirme  o qué lugar para mi reposo?  Todo esto lo hicieron mis manos, todo es mío —oráculo del Señor—.  En ese pondré mis ojos:  en el humilde y abatido | que se estremece ante mis palabras»” (Is 66, 1s).

“Así estuvieron las cosas hasta el tiempo de David, que alcanzó el favor de Dios, y le pidió encontrar una morada para la casa de Jacob.  Pero fue Salomón el que le construyó la casa, aunque el Altísimo no habita en edificios construidos por manos humanas, como dice el profeta:  Mi trono es el cielo; la tierra, el estrado de mis pies. ¿Qué casa me vais a construir —dice el Señor—, o qué lugar para que descanse?  ¿No ha hecho mi mano todo esto?” (Hch 7, 46-51).

 

El misterio  de Cristo y la creación de una nueva humanidad configurada por el bautismo como formada por hijos de Dios son ideas claves para comprender el papel de los templos en el nuevo culto inaugurado por Jesucristo. Para los cristianos de las primeras comunidades estaba muy claro que el verdadero Templo de Dios no estaba ligado a ningún lugar concreto por  consideraciones espaciales o históricas, tal como Jesús mismo le había dicho a la mujer samaritana:

Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así*.(Jn 4,23). 

Más aún,  cada cristiano era una piedra viva del verdadero Templo de Dios, del cual Jesucristo era la piedra angular, como había anunciado Pedro:

“también vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción de una casa espiritual para un sacerdocio santo, a fin de ofrecer sacrificios espirituales agradables a Dios por medio de Jesucristo”.(1Pe 2, 5)

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3.-Cristo, templo de Dios

A mayor abundamiento, ¿no podría argüirse que obedece a una visión trasnochada de la relación religiosa la atribución de un espacio concreto a la relación con Dios, al modo judío, cuando la Ley ha sido superada por Cristo?  Él mismo parece afirmarlo en su diálogo con la samaritana:

“La mujer le dice: «Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén».  Jesús le dice: «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así” (Jn 4, 19-24)

En el misterio de la Encarnación se encierra la gran verdad sobre el definitivo lugar de culto a Dios, pues él mismo lo ha determinado enviando a su Hijo al mundo: ”Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14), superando, así, cualquier disquisición sobre la posibilidad o no del hombre de hacer un Templo a Dios. Pero esta misma consideración de la Encarnación da la dimensión humana al “culto espiritual” que caracteriza el culto cristiano, según la conocida exhortación de san Pablo:

“Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; este es vuestro culto espiritual” (Rom 12 1).

A través de Cristo, la Iglesia eleva su oración a Dios Padre –la Liturgia- no ligada a un lugar físico o a un pueblo determinado, sino a toda la humanidad, desde donde quiera que se celebre, pues es Cristo quien ora al Padre.

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4.-La Liturgia

“La Liturgia es "acción" del "Cristo total" (Christus totus). Por tanto, quienes celebran esta "acción", independientemente de la existencia o no de signos sacramentales, participan ya de la Liturgia del cielo, allí donde la celebración es enteramente Comunión y Fiesta”.(CIC 1136)

Según la definición del Catecismo, la liturgia es la fiesta de las Bodas del Cordero, la reunión de los cristianos en la casa del Padre, es la acción del Cristo místico, realizada por Él, como sacerdote y como Templo. Es, también, la ofrenda de cada fiel de sí mismo según expresa la fórmula del ofertorio de las ofrendas que se ponen en el altar “fruto de la vid, de la tierra y del trabajo del hombre”.

Donde está el trabajo de un hombre está el hombre mismo, y, así, el sacrificio eucarístico recoge, como ofrenda que se ha de convertir en el cuerpo y la sangre de Cristo, a cada uno de los cristianos que celebran la Eucaristía unidos a Cristo, el único sacerdote, con independencia del lugar de la celebración.

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5.-¿Necesidad de un espacio litúrgico?

Siendo Cristo el Templo único y definitivo de Dios, el misterio de su Encarnación nos enseña que su humanidad presente entre nosotros no acaba con la distinción entre lo profano y lo sagrado, pues Él mismo crea la distinción con sus hermanos.

El templo, en su realidad de volumen, espacio, disposición, decoración, etc. expresa la necesaria materialidad con la que la Iglesia, representada realmente en cada comunidad eclesial, celebra la revelación de Dios en Jesucristo. En el templo los hombres realizan la comunión con Dios y entre sí por la acción del Espíritu Santo  y, por ello, podemos hablar del espacio sagrado del templo, de cada iglesia.

"En la casa de oración se celebra y se mantiene la sagrada Eucaristía, se reúnen los fieles y se venera para ayuda y consuelo los fieles la presencia del Hijo de Dios, nuestro Salvador, ofrecido por nosotros en el altar del sacrificio. Debe ser hermosa y apropiada para la oración y para las celebraciones sagradas" (PO 5; Cf. SC 122-127). En esta "casa de Dios", la verdad y la armonía de los signos que la constituyen deben manifestar a Cristo que está presente y actúa en este lugar (Cf. SC 7)(CIC 1181)

 

En el punto citado, el  Catecismo señala que el templo, la iglesia de nuestras parroquias, es casa de oración, lugar del sacrificio y santuario de la presencia sacramental de Cristo. La realidad objetiva de estas funciones canaliza los sentimientos de los fieles y sus ofrendas y peticiones particulares en la única liturgia existente, la de la Iglesia de Jesucristo. En ella cobran fuerza simbólica los gestos de los participante (hablando o en silencio, de rodillas o de pie, en el canto o en la proclamación…) y el halo propio del símbolo se extiende a las cosas materiales que ayudan a la celebración o decoran el espacio litúrgico.

El catecismo se esfuerza en dejar bien claro que la realidad material y humana del hombre ha sido asumida por la Encarnación y redimida por ella, que es querida por Dios y utilizada en su Historia de Salvación:

1145 Una celebración sacramental esta tejida de signos y de símbolos. Según la pedagogía divina de la salvación, su significación tiene su raíz en la obra de la creación y en la cultura humana.

1146 En la vida humana, signos y símbolos ocupan un lugar importante. El hombre, siendo un ser a la vez corporal y espiritual, expresa y percibe las realidades espirituales a través de signos y de símbolos materiales.

1147 Dios habla al hombre a través de la creación visible. El cosmos material se presenta a la inteligencia del hombre para que vea en él las huellas de su Creador (Cf. Sb 13,1; Rm 1,19-20; Hch 14,17). La luz y la noche, el viento y el fuego, el agua y la tierra, el árbol y los frutos hablan de Dios, simbolizan a la vez su grandeza y su proximidad.

1148 En cuanto creaturas, estas realidades sensibles pueden llegar a ser lugar de expresión de la acción de Dios que santifica a los hombres, y de la acción de los hombres que rinden su culto a Dios

1149 La liturgia de la Iglesia presupone, integra y santifica elementos de la creación y de la cultura humana confiriéndoles la dignidad de signos de la gracia, de la creación nueva en Jesucristo.

 

La respuesta a la convocación de Dios precisa, siquiera sea desde un punto de vista funcional, de un lugar físico donde reunirse, poner en común y celebrar los actos litúrgicos, cargando, como se dice anteriormente, esos lugares de reunión de contenido simbólico. Es una traslación del “ya sí, pero todavía no” a nuestra realidad humana, necesitada del templo material, en tanto se alcanza el verdadero templo espiritual en la Jerusalén celeste, donde Cristo mismo será el Templo.

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