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El movimiento iconoclasta

“El arte antiguo iba penetrando en la Iglesia lentamente, con gran dificultad. El arte de este mundo constituía una herencia de la que la Iglesia extraía, para sacralizarlos, ciertos elementos que le servían para expresar la revelación cristiana. En este proceso, es natural que penetraran en la Iglesia algunos elementos del arte antiguo que no eran sacralizables, porque no correspondían al sentido del arte sacro e incluso lo contradecían”

"Desde el punto de vista dogmático las controversias religiosas finalizaron en el siglo VII… una vez que la Iglesia había triunfado frente a cada una de las herejías por separado, entonces se desató una ofensiva contra el conjunto de la enseñanza ortodoxa. Hemos visto el alcance doctrinal y la necesidad histórica del Concilio Quinisexto, el cual, al suprimir los símbolos, exigía la confesión ortodoxa a través de la imagen directa. Inmediatamente después se desencadeno una lucha abierta contra el icono y apareció una de las herejías más terribles, una herejía que socavaría el fundamento mismo de la fe cristiana: la iconoclasia de los siglos VIII y IX”(USPENSKI, págs.. 106s)

No obstante lo anterior, es el periodo de León III como emperador en Constantinopla, el que ve aparecer la herejía iconoclasta con verdadera fuerza perturbadora. La fuerte personalidad de León, sus éxitos frente a la invasión islámica en Europa, la consolidación de las fronteras imperiales y, en general, sus aciertos políticos en el gobierno, llevaron al personaje a querer también arreglar los problemas de la Iglesia con la idolatría de que se acusaba la veneración de las imágenes.

¿Qué movió al emperador León III (714-741) a desencadenar en el año 726 la controversia iconoclasta , obligando a quitar a la fuerza el famoso icono de Cristo que estaba en la entrada principal del palacio imperial de Constantinopla?... En los estudios más recientes se va imponiendo la tesis de que el mismo emperador León era al principio la fuerza de arrastre:  el iconoclasmo es una ”herejía imperial” que nació en la purpura , en el palacio imperial” (C. SCHÖNBORN, El icono de Cristo, pág. 137).

Así las cosas, se celebró
“el Concilio de Hiería, en 754, que tuvo la presencia de 338 obispos, todos los cuales se declararon favorables a la iconoclasia , aunque sin adherirse a ella, e incluso disociándose, en muchos casos, de las posiciones imperiales …Esta fue su decisión final: Hemos considerado justo demostrar en detalle por medio de las presente definición el error en que incurren quienes hacen y veneran [los iconos]” (GAETANO PASSARELLI, Iconoclasia, historia y teología, en El mundo del icono, pág. 21),

que dio munición de alto calibre a los iconoclastas y terminó de hacer definitiva la ruptura entre los cristianos divididos por el culto a las imágenes.

Finalmente, las influencias externas, ya de Roma, que apoyó decididamente a los monjes y pueblo católico contra el cuerpo militar, que había hecho causa propia la destrucción de la imágenes pedida por el emperador; ya del Islam o de los seguidores del judaísmo, propensos a la prohibición de todo tipo de imágenes, crearon el necesario caldo de cultivo para mantener la lucha tantos años. El Patriarca Dimitros I, señalaba esta complejidad, en 1987:

“Con todo, tenemos que reconocer que la iconomaquia fue un movimiento que provenía de causas mucho más profundas, históricas, sociales y hostiles a la Iglesia” (Encíclica en el XII centenario del Concilio de Nicea II, 7).

En todo caso, la iconoclasia no fue nunca una guerra entre la Iglesia Oriental y la Iglesia Romana, que acogió y dio refugio a una gran cantidad de monjes que en ella se refugiaron, si bien no puede ocultarse que sí lo fue entre el Emperador y el Papa. Este enfrentamiento está en el origen de los Estado Pontificios, cuando Roma, por razones políticas y de equilibrio estratégico, buscó el refuerzo de los monarcas galos.

La posterior separación entre la Iglesia griega y la latina se debió no a la disputa iconoclasta, que estaba ya superada, sino, en gran parte, a posturas personales surgidas alrededor de Focio.

 

 

 

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