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Solemnidad de Cristo rey

Cristo rey

 

 

1. Cómo hablar hoy de Cristo Rey
2. Los textos de la escritura
3. El salmo 110. El Mesías, rey y sacerdote
4. La historia de la festividad
5. Reino de Dios, reino de Cristo, la Iglesia.
6. Cristo reina ya mediante la Iglesia
7. Oración

 

1.-Cómo hablar hoy de Cristo Rey


Basta asistir asiduamente a cualquiera evento cultural, ya sea social, económico o artístico para comprobar cómo el cientificismo se ha apoderado del mundo profano, que considera el método científico como la única fuente de conocimiento. Por ello, si el cristiano no se mantiene firme en la conciencia de que las realidades que se conocen por la fe escapan al alcance y objeto de las ciencias profanas, su desenvolvimiento en estos campos, que constituyen el “humus” donde se desarrolla su vida toda, pondrá en peligro su fe.
Ignorar la realeza de Cristo sobre el universo, actuar como si Dios no existiese, es la norma social no escrita pero profundamente interiorizada por el mundo occidental que, así, se desenvuelve en la oscuridad del error sin capacidad para encontrar el camino, la verdad y la vida que tanto anhela.
El laicismo, el relativismo moral y el positivismo conducen al mundo occidental, especialmente al europeo, a la renuncia de sus raíces cristianas y a la apostasía de sus orígenes y cultura. En este ambiente, ¿cómo hablarle de la realeza de Cristo?.

Hay que comprender las dificultades de un mundo así que, ante las incertidumbres y faltas de respuesta a los interrogantes profundos de su existencia, no dispone de la fe cristiana, que no sabe que

"La fe es fundamento de lo que se espera, y garantía de lo que no se ve" (Heb 11, 1)

Mas no es posible ocultarse en las sacristías, ni siquiera “pasar” de ello, refugiándonos en nuestras comunidades eclesiales del mundo y sus tentaciones. No, no es posible porque el Señor nos dice:

“Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos.” (Mt 5, 13-16)

 

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2.-Los textos de la escritura

Israel esperaba la llegada de un mesías liberador, de un mesías regio cuya misión se identificaba, en aquellos momentos, con la liberación del yugo romano. Así lo había anunciado el profeta:

¡Salta de gozo, Sion; | alégrate, Jerusalén! Mira que viene tu rey, justo y triunfador, pobre y montado en un borrico, en un pollino de asna" (Zac 9, 9)

Son numerosos los textos del NT que hablan de la realeza de Cristo. Muchos de sus contemporáneos le daban ese tratamiento:

“ Natanael respondió: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel». (Jn 1, 49)
“Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo" (Jn 6, 15)
“Al día siguiente, la gran multitud de gente que había venido a la fiesta, al oír que Jesús venía a Jerusalén,  tomaron ramos de palmeras y salieron a su encuentro gritando: «¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel».(Jn 12, 14s)
“Y Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús, el Nazareno, el rey de los judíos».(Jn 19, 19)

Pero hay uno de máxima autoridad:

“Entró otra vez Pilato en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo: «¿Eres tú el rey de los judíos?». Jesús le contestó: «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?». Pilato replicó: «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?». Jesús le contestó: «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí». Pilato le dijo: «Entonces, ¿tú eres rey?». Jesús le contestó: «Tú lo dices: soy rey».(San Juan 18, 37)

Con estas palabras culmina la profecía que recorre la historia de Israel durante los casi 1.800 años que separan a Jesús de Abrahán, e iluminan el insondable misterio que une el Reino de Dios, el reino de Cristo y la Iglesia, y que contemplaremos más ampliamente en el punto 5 de esta página.< /div>

"El período de las promesas fue desde el tiempo de los profetas hasta San Juan Bautista; desde él hasta el fin es el tiempo de su cumplimiento" (San Agustin, Enarraciones, sal 109, 1. BAC)

 

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3.- El salmo 110 (109). El Mesías, rey y sacerdote

Cristo rey, Etiopía SXVIIEn la Audiencia del miércoles 16 noviembre de 2011, Benedicto XVI, dijo durante su catequesis sobre el salmo 110:

“Es el salmo 110, según la tradición judía, 109 según la grecolatina; un salmo muy amado por la Iglesia antigua y por los creyentes de todas las épocas. Es uno de los salmos “reales” más famosos, un salmo que Jesús mismo citó y que los autores del Nuevo Testamento retomaron ampliamente y lo aplicaron al Mesías
La tradición de la Iglesia ha tomado en gran consideración este salmo como uno de los más significativos textos mesiánicos. Y de modo eminente, los Padres hicieron continuas referencias al mismo en clave cristológica:

.- el rey cantado por el salmista es en definitiva Cristo, el Mesías que instaura el Reino de Dios y que vence a las potencias del mundo, es el verbo generado por el Padre antes de toda criatura, el Hijo encarnado, muerto y resucitado y ascendido a los cielos, y es, también,
.- el sacerdote eterno que, en el misterio del pan y del vino, da la remisión de los pecados y la reconciliación con Dios, el rey que levanta la cabeza triunfando sobre la muerte con su resurrección”.

“San Agustín escribe en sus comentarios a este salmo:
Por tanto, debió ser anunciado el unigénito Hijo de Dios que había de venir a los hombres y tomar al hombre, y ser, por lo que tomó, hombre que moriría, resucitaría, subiría al cielo, se sentaría a la derecha del Padre y cumpliría entre las gentes lo que prometió, y, después del cumplimiento de sus promesas entre las gentes, también cumpliría la promesa de su segunda venida para exigir lo que dio, discernir los vasos de la ira de los vasos de misericordia y dar a los impíos lo que les prometió. Tod o esto debió de ser profetizado, debió de ser anunciado, debió de ser recomendado como venidero para que no horrorizase viniendo de repente, sino que se esperase creído. En virtud de estas promesas se presenta este salmo profetizando sin ambages y claramente a nuestro Señor y Salvador Jesucristo, de suerte que de ningún mod o podemos dudar que se anuncia en este salmo a Cristo. Ya somos cristianos y creemos al Evangelio. En este salmo se anuncia a Cristo; porque, cuando nuestro Señor y Salvador Jesucristo preguntó a los judíos de quién decían que era Hijo Cristo, habiéndole respondido: De David, a seguida replica a los que le respondieron y dice: Luego ¿cómo David en espíritu le llama Señor, diciendo: "Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos bajo tus pies?" Luego, si en espí- ritu le llama Señor, ¿cómo es su hijo? (San Agustin, Enarraciones, sal 109, 3. BAC)”

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies».

“La glorificación real, expresada en este inicio del salmo, ha sido asumida por el Nuevo Testamento como profecía mesiánica. . Jesús mismo lo menciona a propósito del Mesías (cfr Mt 22,41-45; Mc 12,35-37; Lc 20,41-44). Y Pedro lo retoma en su discurso en Pentecostés anunciando que, en la Resurrección de Cristo, se realiza esta entronización del rey y que desde entonces Cristo está a la derecha del Padre, participa en el señorío de Dios sobre el mundo (cfr Hch 2,29-35).
Él es el verdadero rey que con la resurrección ha entrado en la gloria a la derecha del Padre (cfr Rom 8,34; Ef 2,5; Col 3,1; Hb 8,1; 12,2), hecho superior a los ángeles, sentado en los cielos sobre toda potencia y potestad y con todos sus adversarios a sus pies, hasta que el último enemigo, la muerte, sea derrotado por Él (cfr 1 Cor 15,24-26; Ef 1,20-23; Hb 1,3-4.13; 2,5-8; 10,12-13; 1 Pe 3,22)”.

Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.
“El dominio sobre los enemigos, la gloria y la victoria son dones recibidos; que hacen del soberano un mediador del triunfo divino sobre el mal. Él domina sobre los enemigos transformándoles, los vence con su amor.
Entre el rey celebrado en nuestro salmo y Dios existe una relación inseparable; los dos gobiernan juntos en un único gobierno. Hasta el punto de que el salmista puede afirmar que es Dios mismo quien extiende el cetro de soberano dándole el deber de dominar sobre sus adversarios
El ejercicio del poder es un encargo que el rey recibe directamente del Señor, una responsabilidad que debe vivir en la dependencia y en la obediencia, convirtiéndose en signo para el pueblo de la presencia potente y providente de Dios.”

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento
entre esplendores sagrados; |
yo mismo te engendré, desde el seno, |
antes de la aurora». “El versículo celebra la grandeza del rey. Hace referencia a la filiación divina del rey, a su nacimiento o generación por parte del Señor. Este oráculo divino sobre el rey afirma una generación divina impregnada de esplendor y de misterio, un origen secreto e inescrutable, ligado a la belleza arcana de la aurora y a la maravilla del rocío que en las primeras luces brilla sobre los campos y los hace fecundos. De esta manera se señala a la figura del rey indisolublemente vinculada con la realidad celeste, que viene realmente de Dios, del Mesías que lleva a su pueblo la vida divina y es mediador de santidad y de salvación. También aquí vemos que todo esto no se hace realidad en la figura de un rey davídico, sino por el Señor Jesucristo, que realmente viene de Dios; Él es la luz que lleva la vida divina al mundo”.

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec».
“Este oráculo abre una nueva perspectiva, en la línea de una dimensión sacerdotal conectada con la realeza. Melquisedec era el sacerdote del rey de Salem que había bendecido a Abrahán y ofrecido pan y vino después de la victoriosa campaña militar conducida por el patriarca para salvar a su sobrino Lot de las manos de los enemigos que lo habían capturado (cfr Gen 14).
En la figura de Melquisedec, el poder real y sacerdotal convergen y son proclamados por el Señor en una declaración que promete eternidad: el rey celebrado por el Salmo será sacerdote para siempre, mediador de la presencia divina en medio de su pueblo, a través de la bendición que viene de Dios y que en la acción litúrgica se encuentra con la respuesta del hombre que bendice. Jesús es el verdadero y definitivo sacerdote, que lleva a cumplimiento las características del sacerdocio de Melquisedec haciéndolas perfectas (cfr. Heb 5,5-6.10; 6,19-20; Heb 7)”

“Melquisedec, como dice la Carta a los Hebreos, no “tenía padre, ni madre, ni genealogía” (7,3a), sacerdote por tanto no según las reglas dinásticas del sacerdocio levítico. Por esto es “sacerdote para siempre” (7,3c), prefiguración de Cristo, sumo sacerdote perfecto que “no se ha convertido en tal según una ley prescrita por los hombres, sino por la potencia de una vida indestructible” (7,16”).

“En el Señor Jesús resucitado y ascendido al cielo, que se sienta a la derecha del Padre, se realiza la profecía de este Salmo y el sacerdocio de Melquisedec es llevado a su cumplimiento, para que sea absoluto y eterno, convertido en una realidad que no conoce el ocaso (cfr 7,24). Y la oferta del pan y del vino, realizada por Melquisedec en los tiempos de Abrahán, encuentra su realización en el gesto eucarístico de Jesús, que en el pan y el vino se ofrece a sí mismo y, vencida la muerte, lleva a la vida a todos los creyentes. Sacerdote eterno, “santo, inocente, sin mácula” (7,26), él, como dice de nuevo la Epístola a los Hebreos, “puede salvar perfectamente a los que por medio de Él se acercan a Dios; Él, de hecho, está siempre preparado para interceder a su favor (7,25)”.

El Señor a tu derecha, el día de su ira, |
quebrantará a los reyes,
“La escena del Salmo cambia y el poeta, dirigiéndose directamente al rey, proclama: “¡El Señor está a tu derecha!” (v.5a). Si en el versículo uno era el rey el que estaba a la derecha de Dios como signo de sumo prestigio y de honor, ahora es el Señor el que se coloca a la derecha del soberano para protegerlo con el escudo en la batalla y para salvarlo de todo peligro. El rey está protegido, Dios es su defensor y juntos combaten y vencen a todo mal”.

“El evento pascual de Cristo se convierte así en la realidad a la que nos invita a mirar este Salmo, mirar a Cristo para comprender el sentido de la verdadera realeza, de vivir en el servicio y en el don de uno mismo, en una camino de obediencia y de amor “llevado hasta el extremo” (cfr. Jn 13,1 y 19,30). Rezando con este Salmo, pidamos al Señor que podamos actuar también nosotros en sus caminos, siguiendo a Cristo, el rey Mesías, dispuestos a subir con Él sobre el monte de la cruz para alcanzar con Él la gloria, y contemplándolo sentado a la derecha del Padre, rey victorioso y sacerdote misericordioso que da el perdón y la salvación a todos los hombres. Y también nosotros, convertidos, por gracia de Dios, en “estirpe elegida, sacerdocio real, nación santa” (cfr 1 Pe 2,9), podremos acceder con alegría a las fuentes de la salvación (cfr Is 12,3) y proclamar a todo el mundo las maravillas de Aquel que nos “ha llamado de las tinieblas a su luz maravillosa” (cfr 1 Pe 2,9). (Benedicto XVI, 16 noviembre de 2011, en la Audiencia de este miércoles)

 

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4.-La historia de la festividad

Cristo reyLa Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo fue promulgada por el Romano Pontífice Pío XI1 el día 11 de diciembre de 1925 a través de su encíclica Quas primas, al conmemorar un año Jubilar, el XVI centenario del I Concilio Ecuménico de Nicea (que definió y proclamó el dogma de la consubstancialidad del Hijo Unigénito con el Padre, incluyendo las palabras...y su reino no tendrá fin, en el Símbolo o "Credo Apostólico", promulgando así la real dignidad de Cristo) estableciendo para su celebración el domingo anterior al día de Todos los Santos (1 de noviembre).

Desde 1970 la Solemnidad de Cristo Rey se celebra el último domingo per amnum, es decir el quinto domingo anterior a la Navidad (25 de diciembre). Al cerrar el año litúrgico con esta fiesta se quiso resaltar la importancia de Cristo como centro de toda la historia universal. Es el alfa y el omega, el principio y el fin. Cristo reina en las personas con su mensaje de amor, justicia y servicio. El Reino de Cristo es eterno y universal, es decir, para siempre y para todos los hombres.

Con la fiesta de Cristo Rey se concluye el año litúrgico. Esta fiesta tiene un sentido escatólogico pues celebramos a Cristo como Rey de todo el universo. Sabemos que el Reino de Cristo ya ha comenzado, pues se hizo presente en la tierra a partir de su nacimiento, pero Cristo no reinará definitivamente sobre todos los hombres hasta que vuelva al mundo con toda su gloria al final de los tiempos, en la Parusía.

«Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha: “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme”. Entonces los justos le contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; 38 ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?”. Y el rey les dirá: “En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,31-40).

 

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5.-Reino de Dios, reino de Cristo, la Iglesia.

El progresivo desvelamiento del plan de Dios para nuestra salvación, desde la promesa a Abrahán hasta la venida de Cristo, ha hecho que, durante el desarrollo de la revelación hayan sido numerosas las formas de hablar de esa promesa, de tratar de explicar en qué consistirá o habrá de consistir la misma. Así, a continuación se figuran las principales denominaciones sinónimas que, de una manera u otra, hablan de la promesa y de su cumplimiento: Cristo:

El nuevo cielo y la nueva tierra
"Mirad: voy a crear un nuevo cielo y una nueva tierra: de las cosas pasadas ni habrá recuerdo ni vendrá pensamiento" (Is 65, 17)


El cielo
El Reino de los cielos
El paraíso celestial
"las almas de todos los santos...y de todos los demás fieles muertos estarán en el cielo, en el reino de los cielos y paraíso celestial con Cristo, admitidos en la compañía de los ángeles." (Benedicto XII: DS 1000; Cf. LG 49).

El Reino
El Reino de Dios
El Reino de Cristo
“Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio».(Mc 1,14)
"El Señor Jesús comenzó su Iglesia con el anuncio de la Buena Noticia, es decir, de la llegada del Reino de Dios prometido desde hacía siglos en las Escrituras" (LG 5).
“Jesús eligió unos hombres ... y los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar" (Lc 9, 2). Ellos permanecen para siempre asociados al Reino de Cristo porque por medio de ellos dirige su Iglesia” (CIC 551)
“Por su muerte y su Resurrección Jesucristo nos ha "abierto" el cielo" (CIC 1026).

La Iglesia:

Cristo rey

 

 

La Iglesia es el Reino de Cristo "presente ya en misterio" (LG 3).
"La Iglesia es una, santa, católica y apostólica en su identidad profunda y última, porque en ella existe ya y será consumado al fin de los tiempos "el Reino de los cielos", "el Reino de Dios" (Cf. Ap 19, 6) (CIC 865)
“Jesús eligió unos hombres ... y los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar" (Lc 9, 2). Ellos permanecen para siempre asociados al Reino de Cristo porque por medio de ellos dirige su Iglesia.” (CIC 551)

En la Nueva Alianza Cristo identifica el reino de Dios con su propia persona y misión. En efecto, no sólo proclama que con él el reino de Dios está en el mundo; enseña, además, a "dejar por el reino de Dios" todo lo que es más preciado para el hombre (Cfr. Lc 18, 29.30); y, en otro punto, a dejar todo esto "por su nombre" (Cfr. Mt 19, 29), o "por mí y por el Evangelio" (Mc 10, 29).

 

 

 

Reino de Dios, reino de Cristo, Iglesia

"Pilato le dijo: «Entonces, ¿tú eres rey?». Jesús le contestó: «Tú lo dices: soy rey..»(Jn 18, 37)

El reino de Dios se identifica con el reino de Cristo. Está presente en él, en él se actúa, y de él pasa, por su misma iniciativa, a los Apóstoles y, por medio de ellos, a todos los que habrán de creer en él:

“Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas, y yo preparo para vosotros el reino como me lo preparó mi Padre a mí” (Lc 22, 28s)
Es un reino que consiste en una expansión de Cristo mismo en el mundo, en su Iglesia:

"Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos»(Mt 16, 18s)

“Acercándose a ellos, Jesús les dijo*: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. 19 Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; 20 enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos».(Mt 28, 18ss).

 

 

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6.-Cristo reina ya mediante la Iglesia

"Ha llegado a vosotros el Reino de Dios" (Mt 12,28).
"Si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el reino de Dios" (Mt 12, 28).

Como hemos visto en el punto anterior, el reino de Dios es el reino del Padre y de su Hijo. El reino de Dios es el reino de Cristo. Pero, aunque se realice y se desarrolle en este mundo, el reino de Dios tiene su finalidad en los "cielos". Y hasta allí llegará cuando su Iglesia, el “pleroma” de Cristo

Cristo reyPues, así como en un solo cuerpo tenemos muchos miembros, y no todos los miembros cumplen la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo, pero cada cual existe en relación con los otros miembros.”(Rom 12, 4-5)

“Pues bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro. Pues en la Iglesia Dios puso en primer lugar a los apóstoles; en segundo lugar, a los profetas, en el tercero, a los maestros, después, los milagros, después el carisma de curaciones, la beneficencia, el gobierno, la diversidad de lenguas” (1Co 12, 27-28)

“Que la paz de Cristo reine en vuestro corazón: a ella habéis sido convocados en un solo cuerpo.” (Col 3,15)

“Reconcilió con Dios a los dos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte, en él, a la hostilidad”. (Ef 2,16)

Se trata de que no hay más que un solo Cuerpo y un solo Espíritu. El cuerpo individual de Cristo aumentado con los de todos los cristianos que se le unen por el bautismo; el Espíritu que llena el cuerpo individual de Cristo y, a través de él, el de todos los miembros de su gran Cuerpo.

San Pablo va añadiendo paulatinamente rasgos realmente nuevos que y desarrollan su enseñanza sobre el cuerpo de Cristo:
.- Primero, el Cuerpo de Cristo parece personificarse y distinguirse más del Cristo individual; lo cual aparece en la combinación del término sóma (cuerpo) con el de ecclesía.
.-.Segundo, aparece situado en un horizonte de salvación más cósmica; se manifiesta por la asociación con el término pléroma. El uso de la palabra ecclesía en singular para designar a toda la asamblea aparece en varios pasajes cuando el apóstol dice que ha perseguido la Iglesia de Dios y principalmente en 1 Cor 12,28, visto anteriormente como claramente vinculada por su contexto al tema del Cuerpo de Cristo.

El sentido ecuménico de la palabra ecclesía y su identificación con el Cuerpo de Cristo aparece clara en:

“Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia” (Col 1, 18. 24);
“Y todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia, como Cabeza, sobre todo”. (Ef 1, 22)

Este hecho indica una personificación notable del Cuerpo de Cristo. Al llamarlo “la Iglesia”, subraya la existencia colectiva del grupo de los que se salvan como la de una sociedad organizada y unificada, que se distingue del Cristo personal, aunque no vive sino por Él (en Cristo).< /p>

Pero, con todo, no es idéntica a Él; es objeto de su obra redentora, de su amor, de su influencia vivificante, como claramente se dice:

“porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia; él, que es el salvador del cuerpo. 24 Como la Iglesia se somete a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo”. (Ef 5, 23-30).

EL Catecismo hace una presentación sistemática de estos conceptos:
671 El Reino de Cristo, presente ya en su Iglesia, sin embargo, no está todavía acabado "con gran poder y gloria" (Lc 21, 27; Cf. Mt 25, 31) con el advenimiento del Rey a la tierra. Este Reino aún es objeto de los ataques de los poderes del mal (Cf. 2 Te 2, 7) a pesar de que estos poderes hayan sido vencidos en su raíz por la Pascua de Cristo. Hasta que todo le haya sido sometido (Cf. 1 Co 15, 28), y "mientras no haya nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia, la Iglesia peregrina lleva en sus sacramentos e instituciones, que pertenecen a este tiempo, la imagen de este mundo que pasa. Ella misma vive entre las criaturas que gimen en dolores de parto hasta ahora y que esperan la manifestación de los hijos de Dios" (LG 48). Por esta razón los cristianos piden, sobre todo en la Eucaristía (Cf. 1
Co 11, 26), que se apresure el retorno de Cristo (Cf. 2 P 3, 11-12) cuando suplican: "Ven, Señor Jesús" (Cf.1 Co 16, 22; Ap 22, 17-20).

763 Para cumplir la voluntad del Padre, Cristo inauguró el Reino de los cielos en la tierra. La Iglesia es el Reino de Cristo "presente ya en misterio" (LG 3).

865 La Iglesia es una, santa, católica y apostólica en su identidad profunda y última, porque en ella existe ya y será consumado al fin de los tiempos "el Reino de los cielos", "el Reino de Dios" (Cf. Ap 19, 6)

541 " la voluntad del Padre es "elevar a los hombres a la participación de la vida divina" (LG 2). Lo hace reuniendo a los hombres en torno a su Hijo, Jesucristo. Esta reunión es la Iglesia, que es sobre la tierra "el germen y el comienzo de este Reino" (LG 5).

1043 La Sagrada Escritura llama "cielos nuevos y tierra nueva" a esta renovación misteriosa que trasformará la humanidad y el mundo (2 P 3, 13; Cf. Ap 21, 1). Esta será la realización definitiva del designio de Dios de "hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está
en los cielos y lo que está en la tierra" (Ef 1, 10).

1044 En este "universo nuevo" (Ap 21, 5), la Jerusalén celestial, Dios tendrá su morada entre los hombres. "Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado" (Ap 21, 4;Cf. 21, 27).

1024 Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con Ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama "el cielo". El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha.

1025 Vivir en el cielo es "estar con Cristo" (Cf. Jn 14, 3; Flp 1, 23; 1 Ts 4,17). Los elegidos viven "en Él", aún más, tienen allí, o mejor, encuentran allí su verdadera identidad, su propio nombre (Cf. Ap 2, 17)

 

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7.-Oración

 Oh príncipe absoluto de los siglos,
oh Jesucristo, rey de las naciones:
te confesamos árbitro supremo
de las mentes y de los corazones.

En la tierra te adoran los mortales
y los santos te alaban en el cielo,
unidos a sus voces te aclamamos
proclamándote rey del universo.

Oh Jesucristo, príncipe pacífico:
somete a los espíritus rebeldes,
y haz que encuentren el rumbo los perdidos
y que en un solo aprisco se congreguen.

Para eso pendes de una cruz sangrienta,
y abres en ella tus divinos brazos;
para eso muestras en tu pecho herido
tu ardiente corazón atravesado.

Para eso estás oculto en los altares
tras las imágenes del pan y el vino;
para eso viertes de tu pecho abierto
sangre de salvación para tus hijos.

Por regir con amor el universo,
glorificado seas, Jesucristo,
y que contigo y con tu eterno Padre
también reciba gloria el Santo Espíritu. Amén

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