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Cristo en majestad

La inscripción I C X C en la parte superior y las letras del nimbo cruciforme, indicando “Yo soy el que es”. El manto dorado, signo de la santidad divina, aparece entreverado de filigrana roja, color del amor y el sacrificio.

La mandorla representa el universo y el color verde la vida, la naturaleza. Sobre ella, el palio rojo desplegado es signo del cielo que se extiende sobre la tierra y es sostenido desde los cuatro vértices por las cuatro figuras del Apocalipsis: “El primer ser viviente era semejante a un león; el segundo ser era semejante a un becerro; el tercer ser tenía el rostro como el de un hombre, y el cuarto ser era semejante a un águila volando” (Ap 4, 9). La iconografía cristiana identifica a los evangelistas Marcos, Lucas, Mateo y Juan, respectivamente, en esos signos, como puede verse en cualquier ambón de nuestros templos.

Los pies, ligeramente abiertos y separados, ayudan al equilibrio estético de la figura, y su asentamiento sobre un pedestal refuerza su alta dignidad, ya indicada por el hecho de estar presentado sobre un trono. Los círculos que aparecen en los extremos del pedestal remiten, junto con el conjunto de toda la figuración, a la visión de Ezequiel (cfr. 1).

La mano derecha bendice y parece simbolizar, con la posición de los dedos pulgar, anular y meñique unidos, la unión de la Trinidad, mientras que el índice y corazón desplegados nos remiten a la doble naturaleza de su persona. En su brazo izquierdo porta el Libro de la Vida, según la visión de San Juan. Su cabeza viene adornada con un nimbo dorado cruciforme, característico del Cristo Jesús. En este icono, realizado por el monje ruso Rublev hacia 1410, Cristo aparece dotado de una luz interior que le ilumina el rostro, conseguida a partir de pequeños toques de oro. Su manto es decididamente dorado, con el color atribuido a la santidad de Dios. El icono es una representación gloriosa de Cristo que en su parusía vuelve con gesto misericordioso, lleno de poder y majestad, a recapitular todas las cosas en sí.

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La inscripción I C X C en la parte superior y las letras del nimbo cruciforme, indicando “Yo soy el que es”. El manto dorado, signo de la santidad divina, aparece entreverado de filigrana roja, color del amor y el sacrificio. La mandorla representa el universo y aparece con querubines que apenas se distinguen. El color verde significa la vida, la naturaleza. Sobre ella, el palio rojo desplegado es signo del cielo que se extiende sobre la tierra y es sostenido desde los cuatro vértices por las cuatro figuras del Apocalipsis: “El primer ser viviente era semejante a un león; el segundo ser era semejante a un becerro; el tercer ser tenía el rostro como el de un hombre, y el cuarto ser era semejante a un águila volando” (Ap 4, 9). La iconografía cristiana identifica a los evangelistas Marcos, Lucas, Mateo y Juan, respectivamente, en esos signos, como puede verse en cualquier ambón de nuestros templos. Los pies, ligeramente abiertos y separados, ayudan al equilibrio estético de la figura, y su asentamiento sobre un pedestal refuerza su alta dignidad, ya indicada por el hecho de estar presentado sobre un trono. Los círculos que aparecen en los extremos del pedestal remiten, junto con el conjunto de toda la figuración, a la visión del carro de Ezequiel (cfr. Ez 1). La mano derecha bendice y parece simbolizar, con la posición de los dedos pulgar, anular y meñique unidos, la unión de la Trinidad, mientras que el índice y corazón desplegados nos remiten a la doble naturaleza de su persona. En su brazo izquierdo porta el Libro de la Vida, según la visión de San Juan. Su cabeza viene adornada con un nimbo dorado cruciforme, característico del Cristo Jesús

 

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El icono de Cristo en Majestad aparece en los tiempos anteriores a la iconoclastia y quiere presentar al Dios del Antiguo Testamento según los sueños de Isaías y Ezequiel, confirmados por la visión de San Juan en el Apocalipsis.

“vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y la orla de su manto llenaba el templo.  Por encima de El había serafines; cada uno tenía seis alas: con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies y con dos volaban” (Is 6,1).

“Y sobre el firmamento que estaba por encima de sus cabezas había algo semejante a un trono, de aspecto como de piedra de zafiro; y en lo que se asemejaba a un trono, sobre él, en lo más alto, había una figura con apariencia de hombre.” (Ez 1,26).

“Sube acá y te mostraré las cosas que deben suceder después de éstas. Al instante estaba yo en el Espíritu, y vi un trono colocado en el cielo, y a uno sentado en el trono. Y el que estaba sentado era de aspecto semejante a una piedra de jaspe y sardio, y alrededor del trono había un arco iris, de aspecto semejante a la esmeralda… en medio del trono y alrededor del trono, cuatro seres vivientes llenos de ojos por delante y por detrás.El primer ser viviente era semejante a un león; el segundo ser era semejante a un becerro; el tercer ser tenía el rostro como el de un hombre, y el cuarto ser era semejante a un águila volando” (cfr. Ap 4, 2-9).

 

No es difícil identificar estas visiones proféticas con el Cristo del Juicio Final, y, consecuentemente, no es de extrañar que la figura del icono presente  un rostro severo, ciertamente hierático, mirada al frente y planta frontal simétrica. Es el Cristo anunciado por Mateo: “Entonces dirá también a los de su izquierda: ``Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno que ha sido preparado para el diablo y sus ángeles. ``Porque tuve hambre, y no me disteis de comer, tuve sed, y no me disteis de beber” (Mt 25, 41).

Pero la colocación del icono en el templo aclara su verdadero significado cuando se le contempla en el ábside de la iglesia, en lo alto de la parte posterior del  ala central, presidiendo y contemplando desde este lugar privilegiado a toda la asamblea.  Es el Dios que dice “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré” (Mt 11,28). Allí situado, es más la epifanía del Cristo misericordioso que la del dueño de la casa que “reparando que uno no llevaba traje de fiesta, le dijo: Amigo ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?"(Mt 22, 12).

La mano derecha bendice y parece simbolizar, con la posición de los dedos pulgar, anular y meñique unidos, la unión de la Trinidad, mientras que el índice y corazón desplegados nos remiten a la doble naturaleza de su persona.

En el icono, aparece sentado en el interior de la almendra que representa el universo, porque en la Historia de la Salvación también el universo debe ser redimido ya que "sabemos que hasta hoy toda la creación está gimiendo y sufre dolores de parto... aguardando la manifestación de los hijos de Dios" (Rom 8, 22.19).

Su cabeza viene adornada con un nimbo dorado cruciforme, característico del Cristo Jesús. Es el Señor del tiempo y de la historia, el alfa y omega de la creación, y estas letras aparecen en los brazos horizontales de la cruz, mientras en la línea superior se indica expresamente que estamos ante  I C  X C.

Con el brazo izquierdo mantiene el Libro de la Vida que contempla el Apocalipsis (cfr 20, 12-15; 21, 27), y el conjunto de la figura, situado  dentro de la almendra que simboliza, tanto el señorío sobre todo lo creado, como el abrazo y acogimiento a todo el que lo contempla, lleva a sentir que es el Cristo de la misericordia quien nos mira.

La contemplación del icono provoca, como respuesta adecuada ante la majestad de Cristo, la súplica  "Maràn athà. ¡Ven, Señor Jesús!"