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El icono en el templo

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1.-Símbolo de la Palabra
2.-Símbolo de la comunión de los santos
3.-La dimensión cultual
4.-La alabanza

 

La imagen o icono forma parte de la celebración litúrgica de una manera casi connatural, como la lectura o el canto. En su función litúrgica copia la Escritura en bellos caracteres artísticos y nos la presenta como predicación, como catequesis de la Historia de la Salvación.

1.-Símbolo de la Palabra

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El icono es un símbolo de la Palabra de Dios y hoy cualquier acusación de idolatría no tiene el menor sentido. El icono, sacramental de la presencia, desempeña, respecto a la santidad del prototipo representado, lo que los dos grandes ángeles en el Tabernáculo de las tribus de Israel

“Harás dos querubines cincelados en oro, para los dos extremos del propiciatorio. 22 Allí me encontraré contigo, y desde encima del propiciatorio, en medio de los querubines del Arca del Testimonio, te comunicaré todo lo que tienes que ordenar a los hijos de Israel.(Ex 25, 18:22)

El icono señala ese lugar de encuentro con Dios que es la contemplación de la santidad en Cristo, en su madre o en los santos. Desde su lugar en el Templo,

Así como la lectura de los libros materiales permite la comprensión de la palabra viva del Señor, del mismo modo el icono permite acceder, a través de la vista, a los misterios de la salvación". (Juan Pablo II, Duodecimum saeculum);

el icono va llevando al fiel por los pasos catequéticos de la liturgia divina. En especial, toda la iconografía le habla de la encarnación y de la esperanza escatológica

 

La presencia de los iconos cubriendo el templo, desde el nártex hasta el presbiterio, desde el nivel del suelo hasta la cúpula, expresa la convicción de que hombres y mujeres son miembros de la comunión de los santos, del cuerpo místico de Cristo. Mira arriba y en la cúpula, signo del vientre materno de Dios, vislumbra a Cristo Pantocrátor; en el ábside la Theotokos le presenta al Emmanuel; el iconostasio, la totalidad de la Historia de la Salvación.

El fiel se siente participando del cielo, representado por la cubierta del templo, en la tierra, simbolizada por la nave donde se encuentra, junto a Cristo, la Virgen y los santos innumerables.

El icono comunica de manera absolutamente original –con luz y colores- la Palabra de Dios revelada en la Biblia, apoyándose en la humanidad del Verbo, en la Encarnación. El rostro de Jesús, los hechos de su vida, la figura de la Virgen, los santos, todos trasmiten la belleza de la santidad divina y su exposición es una manera de predicar muy adecuada para los fieles sencillos, que pueden contemplar en los iconos la belleza de la creación.

La liturgia es adoración de la Palabra hecha carne y signo del Reino venidero donde, resucitados en una carne visible, sobre una tierra nueva y bajo unos nuevos cielos, veremos a Dios cara a cara. Es, pues, normal que ella utilice la imagen, lo mismo que la palabra y la música, para adiestrar nuestra mirada en la visión del mundo creado por Dios.

La consideración de la encarnación del Verbo en Jesucristo, de los sucesos de su vida terrestre y de la realidad gozosa de los santos que lo glorifican, va asentando al fiel en la fe recibida en el bautismo.

La imagen litúrgica así formada está cargada de la tradición eclesial, de la experiencia de siglos de la comunidad y de la doctrina de los Padres, superando, con ello, cualquier “desviación particularista” que pueda hacerse el iconógrafo en su tarea de “imaginar” al prototipo. El seguimiento estricto del canon iconográfico asegura al autor que vive en la comunión de la Iglesia cuando escribe su icono.

Vive en la comunión de la Iglesia en el sentido más amplio, pues el iconostasio nos trae la presencia de los representados, más los ángeles, más las miríadas de “los que lavaron sus túnicas con la sangre del Cordero”; es decir, el icono participa del misterio de la comunión de los santos.

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2.-Símbolo de la comunión de los santos

Iconostasio

La consideración de la Encarnación nos permite la pintura del Hijo de Dios y, por ende, de todos los santos, tal como se contemplan en las filas superiores del iconostasio; nos recuerda, en el rango Festivo, las escenas evangélicas que recogen los misterios de la vida de Cristo; trae a nuestra presencia la oración de la Iglesia triunfante, presidida por María, que mira al Salvador en súplica por la Iglesia que aún peregrina, según vemos elocuentemente en el rango Deesis.

Todo el iconostasio, leído de arriba abajo, nos hace presente el misterio de la comunión de los santos y, con ellos, el acontecimiento último, el fin de los tiempos, cuando vuelva con gloria y ya no necesitemos de la imagen para verlo, según está escrito: Mirad: viene entre las nubes. Todo ojo lo verá, también los que lo traspasaron” (Ap. 1, 7).

Así, el icono nos hace visible el Reino de Dios, se abre sobre la Jerusalén Celestial y estimula nuestra esperanza en la resurrección final de los muertos. Su catequesis incorpora este anuncio y nos ilumina el misterio de la realidad, aunque hoy invisible, del Reino y la promesa de que participaremos de “un cielo nuevo, una tierra nueva” (Ap. 21, 1).

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3.-La dimensión cultual

En el templo ortodoxo los iconos están firmemente asociados al culto, es decir, a la oración y la liturgia, de forma tan natural como lo están la lectura o el canto.

Al entrar en el interior del templo una sensación irreal de estar en el cielo se apodera del fiel, rodeado de imágenes que le presentan la corte celestial de ángeles y santos rodeando a Cristo Pantocrátor, que le bendice desde el ábside, y a la Virgen, en actitud orante ante su Hijo, o mostrándole el Camino de la vida que acoge en su brazo izquierdo, o al Emmanuel, en su seno.

Catedral-del-Arcangel_Kremlin-Moscu

Se siente la necesidad de acercarse al icono que, sobre un facistol singular, se encuentra delante de las Puertas reales del iconostasio, rodeado de flores y velas, y besarlo en señal de veneración y amor a todo lo que está presente en el templo: los santos, la Iglesia en su comunidad más amplia, la Virgen Theotokos, la santidad de Dios…, la Shekináh , la misma presencia de Dios.

Sin embargo, nada hay comparable al iconostasio, una barrera que se alza en la nave aislando a los fieles del lugar santo, recordando con su presencia que el Santo de los Santos está allí, junto a él, pero que resta invisible dentro de su grandeza. Y ese límite entre lo visible y lo invisible es el iconostasio.

La falta de sillas, incluso la frágil iluminación de las velas o de los candelabros que se mueven débilmente, le invita a recorrer los muros e ir descubriendo los iconos que cubren las paredes hasta en sus mínimos rincones.

Si es un turista occidental, lo que ve nada tiene que ver con sus iglesias, está en otro mundo. Aunque el paseo por el interior sea puramente curioso, a nada que tenga una mínima educación cristiana, irá descubriendo progresivamente la historia sagrada a través de los patriarcas y profetas que está presentes en el rango más alto del iconostasio, puestos alrededor de la Trinidad. Reconocerá inmediatamente, dentro de la fila Festiva, las historias de la vida de Jesús que ha escuchado en las lecturas de las misas, desde la Anunciación, hasta la Dormición de la Virgen, o como ha oído más frecuentemente la Asunción

"La libertad y la espontaneidad de los cristianos de Oriente nace de la convicción de ser todos miembros de una sola familia compuesta de vivos y difuntos. Estos cristianos vienen a las funciones litúrgicas como huéspedes a un banquete en el que los santos ocupan el lugar de honor. Tal sentimiento justifica la presencia de un número tan grande de iconos. Con estos signos visibles el cristiano quiere recordar a sus huéspedes invisibles y su primer gesto es el de ofrecerles una vela encendida, símbolo de amor y de recuerdo continuo de su antepasados. Esta costumbre corresponde al antiguo saludo cristiano del beso de paz; por eso besan con reverencia los iconos... Las pinturas sagradas no son solamente una adecuada decoración de los centros de culto y no son solamente un medio de catequesis visualizada. Estas pinturas revelan al ortodoxo cristiano el sentido último de la creación, que es ser templos del Espíritu Santo y expresan el proceso de la transfiguración del cosmos que, empezado el día de Pentecostés, se va extendiendo gradualmente a todos los aspectos de la vida terrena. " (MARÍA DONADEO, El icono, imagen de lo invisible, págs.. 30-31,Narcea Ediciones, 1989.

Detalles más precisos sobre el templo puede obtenerlos en la página El templo ortodoxo y, sobre el iconostasio, en El iconostasio.

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4.-La alabanza

Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agostada, sin agua.

¡Cómo te contemplaba en el santuario
viendo tu fuerza y tu gloria!
Tu gracia vale más que la vida,
te alabarán mis labios.

Toda mi vida te bendeciré
y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré como de enjundia y de manteca,
y mis labios te alabarán jubilosos.

En el lecho me acuerdo de ti
y velando medito en ti,
porque fuiste mi auxilio,
y a la sombra de tus alas canto con júbilo;
mi alma está unida a ti
y tu diestra me sostiene.

 

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