48    EL DESCENDIMIENTO DE LA CRUZ

Roger van der Weyden
Óleo sobre tabla, de 220 cm. x 262 cm. Compuesto hacia 1435
Último gótico flamenco
En el Museo del Prado
____________________________________________________ Antonio APARISI LAPORTA

 
Matthäus Passion, "Wir setzen uns mit Tränen nieder".     J.S.Bach

Aproximación a la obra

Roger van der Weyden nació en el último año del siglo XIV en la actual Bélgica –los Países Bajos de entonces-, en la religiosa ciudad de Tournai, uno de los próximos centros del catolicismo flamenco, en confrontación al poco tiempo con el luteranismo (más bien de tipo calvinista o rígido). Pintó desde muy joven y se convirtió pronto en el maestro oficial de pintura de la también católica y hermosa ciudad de Brujas. Religiosidad y belleza le acompañan de manera muy notable, con un punto de buen sentido cívico y político.

El cuadro será una de las obras emblemáticas del artista, expresión casi final de un gótico luminoso que no nos es ajeno en cuanto que los artistas flamencos de la época (recuérdese a Juan de Flandes, pintor de los Reyes Católicos) decoran ya lo mejor de nuestras catedrales e iglesias.

Van der Weyden lo realiza para una capilla de la Cofradía de los Ballesteros (soldados) de Lovaina, situada en la Iglesia de Santa María Extramuros. Desde allí fue pasando por manos de reyes hasta llegar a las de Felipe II. En realidad es una especie de icono oriental porque está pintado sobre un conjunto artificioso de maderas nobles ensambladas, engatilladas y prensadas ofrececiendo el aspecto de una sola.

Aun siendo todavía joven el autor, es una obra de madurez, muy centrado él interiormente en ese momento en la espiritualidad de la Pasión y Muerte de Jesús; con tres características propias de su visión de este Misterio, que podrían ser valiosas para nuestra fe:

- el alejamiento del tenebrismo (de la oscuridad de fondo tan característica enseguida del barroco), situando la contemplación de la muerte del Señor en la luz y el color, símbolos del triunfo inmediato;

- la nobleza de las figuras, denotando un clima solemne y de elevación humana;

- y, en fin, la densidad de personajes (diez) que entornan a Jesús, indicador tal vez de la universalidad comunitaria que crea la muerte de Jesús (que no tiene que ver con el espacio físico reducido): la cruz ya verificada reúne a todos en heterogénea comunidad.


odo ello conjugado con el dolor extremo que es también protagonista de la tabla.

Comprensión de la obra

.

La escena representa el hecho narrado por Mt. 27, 57-61: “Al atardecer, vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que se había hecho también discípulo de Jesús, aunque en secreto por miedo a los judíos. Se presentó a Pilatos y pidió el cuerpo de Jesús. Entonces Pilatos dio orden de que se le entregase. Fueron, pues, y retiraron su cuerpo. Fue también Nicodemo. –aquel que anteriormente había ido a verle de noche- con una mezcla de mirra y áloe de unas cien libras. José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana… Estaban allí María Magdalena y la otra María…” (v. Lc. 23,50-55; Mc. 15,42-47; Jn. 19, 38-42)

¿C 
ómo interpreta el autor este acontecimiento final de la Pasión de Jesús?

Van der Weyden es el pintor del dolor y de los sentimientos vivos que entornan al que más sufre, tan lejos del hieratismo de otros grandes maestros pintores. Y este cuadro nos lleva a ese dolor. Creando, además, con él una extraordinaria y serena composición de duelo: todas las figuras están sufriendo por el Hijo y por la Madre. Pero su sufrimiento guarda el recato de la serenidad; incluso el desmayo de la Virgen: de una madre que ha traspasado los límites del dolor humano y cae exhausta sostenida por el cariño del nuevo hijo (Juan) recién adquirido y de las mujeres amigas.

Una pared de oro se ha alzado misteriosamente detrás de la cruz (ya vacía) para evitar las miradas curiosas o superficiales sobre el acto, para guardar con respeto absoluto la intimidad dolorosa del momento.

a. La confección y la estructura de la tabla.

Si ante cualquiera de los cuadros que contemplamos nos quedamos admirados de tanta belleza y pensamiento, y entendemos que se nos concede asistir –con ellos- a la continuada Creación del universo (el arte siempre es signo de que la Creación prosigue), en este caso, sin embargo, al estudiar la obra, nos tenemos que detener también en el artificio espléndido de su realización. Porque ya éste nos invita a adentrarnos en el Misterio.

La técnica de la preparación cuidadosísima de la tabla que da cuerpo al cuadro, así como el uso del aceite nuevo (de linaza y nuez) que permite el pincel mínimo, abrillanta, conserva y da textura y barniz definitivo, la pintura hecha de la trituración de piedras semipreciosas para los azules y verdes, la utilización máxima y armónica del espacio escénico, todo ello está mostrando la enorme importancia que tiene para el autor llegar a una perfecta realización de esta obra maestra, es decir, de la expresión de amor y de comunión con los padecimientos y la muerte del Señor. Ahora todo en el cuadro se convierte en invitación a desarrollar esa mirada de fe, con la pátina de brillo que debe serle propia.

En concreto:

- La sabia disposición de las gamas cromáticas nos da idea de la densa coherencia del acontecimiento narrado: hay un sereno e incluso bello desenvolvimiento de lo que sucede tras la muerte de Jesús. A esta armonía contribuyen la claridad de las personas, los elementos que van apareciendo en la tabla. Figuras que destacan sobre un fondo de láminas doradas que cumple varias misiones: centrar el acontecimiento no en una porción concreta de la tierra sino en el fondo metálico más preciado que la sostiene, alzar una pared inmediatamente detrás de la cruz que permita guardar la intimidad creyente del momento, fuera de miradas curiosas o inoportunas, elevar aún más la dignidad del Señor, de su Madre y de todos los personajes que acompañan, evitar la distracción al espectador creyente que reza ante el cuadro…
- El sentido ovalado de la composición, flanqueado por las figuras curvadas de los extremos (Juan y la tercera María) enmarcan los dos grupos de personas en un clima de comunidad e intimidad. El Señor ha creado desde la cruz el germen de una nueva y verdadera comunidad en la que nos sentimos amablemente llamados a entrar.
- El oro de la tabla, la riqueza de las telas y el detallismo virtuoso de los vestidos (conjunción de ropas y colores, bordados, el peinado y las barbas de filigrana), la nobleza y belleza de los rostros dan a la fe en la Pasión una altura y solemnidad que nos hacen falta. Todo puede ser natural, pero nada hay aquí de banalidad o superficialidad. La comunidad ha sido extraordinariamente dignificada; sólo Jesús permanece desnudo, porque Él se ha despojado de su dignidad de Hijo para dárnosla a nosotros. Y esta dignidad de la fe supone (como le ocurre al artista) cuidar hasta lo máximo precisamente los pequeños detalles que, juntos, hacen la grandeza de las actitudes de amor y de fe.
- En fin, al detener la mirada en el cuadro –en su conjunto- experimentamos la sensación de volumen y de movimiento. El Misterio que se descubre tiene cuerpo, y un cuerpo que se proyecta hacia delante, hacia nosotros (las figuras se sitúan en cuatro planos, y en cada uno los pliegues del vestido nos hacen tocar casi la densidad de la ropa). Al mismo tiempo todo es vida y vida centrada, movimiento con sentido, gesto vivo de relación mutua en torno a Jesús y a María que representan la Humanidad doliente. Ellos suscitan la necesidad de moverse, y de hacerlo desde la interioridad del sentimiento (el cuadro es un maravilloso conjunto de sentimientos expresados con claridad). Estos pudieran ser los mensajes de este canto a la Pasión y Muerte de Jesús, hecho hace ahora casi seis siglos.

b. Las figuras

Conviene detener la vista y el alma en cada una de las figuras que componen la obra para permitir que nos hablen. Dos grupos casi paralelos –absolutamente presentes y cercanos el uno al otro- se conjuntan en una armonía maravillosa:

- El grupo en torno a Jesús
Todo él se centra en la figura del Señor muerto. El cuerpo de éste denota el máximo realismo de la muerte: el decaimiento de los brazos, manos y piernas, el rostro bello sin álito de vida, la distorsión total de la figura. Ante un cuerpo así no cabe la menor duda: en ese momento el cuerpo del Maestro es una pura reliquia sin vida.
Dos varones nobles -con la mirada de honda bondad que autentiza la nobleza- lo sostienen con sus brazos haciéndolo descansar sobre sus rodillas dobladas; extrañamente alargadas en la figura de José de Arimatea, el de barba blanca, con túnica y calzas rojas símbolo de su fiel y valiente amor. Nicodemo, a la izquierda, se mantiene en una posición algo más discreta. Pero ambos muestran el cariño y el respeto inmensos al sostener a Jesús con sus manos. Un ángel o joven de túnica azul celeste, conmovido, –el Cielo- es quien lo desciende con un cuidado infinito. ¿Cómo no conmoverse cielo y tierra en la muerte del Hijo?
El grupo se completa con Lázaro, que se reserva en justa reciprocidad la tarea del embalsamamiento, y, apoyada en su hombro, la hermana –Marta o María-, recuerda con llanto las palabras del Señor en otro duelo querido, pensando tal vez que la muerte y la vida se vuelven a dar cita. La túnica entre gris y malva, hermosísima, y el vestido informal insisten, por un lado en el dolor de la ausencia y, por otro, en la espontaneidad familiar con el Amigo.
- El grupo en torno a María
La Virgen ya no ha podido más. Su dolor –el viejo dolor que la acompaña desde la profecía de Simeón- es tan inmenso como su túnica. Por eso también (no sólo por la pureza virginal) la túnica es azul marino como el mar, un azul de lapislázuli (piedra semipreciosa que permite ese color) que hace juego con el blanco inmaculado del rostro desmayado y del velo, símbolos que culminan la inocencia. El paralelismo con el cuerpo del Hijo es muy grande, como lo es el mismo brazo derecho yerto y las manos exánimes. Es la imagen de la comunión total con el ser más querido.
Juan, de un rojo contundente porque es el discípulo amado y amante cumple ya su nueva identidad de hijo responsable de la Madre. A él y a nosotros corresponde asistir en este trance a la Virgen.
María de Cleofás y María Magdalena (ya con velo blanco porque ha recuperado plenamente la inocencia, de tanto que ha amado, llorando también), comparten el inmenso dolor de María. Pero sus vestidos de tonos verdes hablan de esperanzas cercanas.

Para las personas de ambos grupos hay un sentir común: ¡éste es su Jesús y ésta es su María, la Madre! Y éste es el momento de estar a su lado.

Contemplación de la obra. Oración.

Todo es comunión. Y todos están en comunión. Nadie queda fuera del óvalo de amor. Nosotros, si comulgamos, también estamos ahí. Es la fiel presencia de los íntimos y amigos –que somos nosotros, que soy yo- en el momento transcendental de la vida del Señor, de toda vida humana, cuando no cabe otra cosa que estar al lado del cuerpo yacente de la persona querida (aunque lo sepamos viviente) y al lado de la madre desfallecida de dolor.

Con enorme respeto somos, pues, admitidos –llamados- a unirnos al grupo de figuras del cuadro; pedimos humildemente entrar en esa comunidad de creyentes seguidores máximos de Jesús.

El cuadro es solemne. Belleza, corporeidad y trascendencia se aúnan para adentrarnos en la realidad divina y humana de la muerte de Cristo con una extraordinaria solemnidad. Sorprendidos, emocionados, sobrecogidos por una grandeza que se intuye.

Al mismo tiempo comprendemos que la fe –el Misterio contemplado- tiene el peso de lo significativamente verificable, de lo real (no es un sueño, no se reduce a un mero sentimentalismo), toca la realidad de las personas y de nuestro propio cuerpo, es definitivamente activa, dinámica, y entra en el acontecer que perdura desde el fondo del tiempo.

De paso, recibimos un mensaje del pintor. En realidad, el primer testimonio de fe que se nos brinda es éste: un creyente dedica todo su esfuerzo, su genio artístico y su tiempo a exaltar la Pasión de Jesús como centro de nuestra vida… ¿Cuánto dedicamos nosotros, también creyentes, de esfuerzo, de ingenio y de tiempo a este Misterio?

Tu cuerpo, Señor, entero
ante mis ojos.
Tu cuerpo de Dios, arado
de latigazos rojos

Tu cuerpo, Señor, besado
por mi locura de besos.
Tu cuerpo, Señor, que arrastra
mis cinco sentidos presos.

Hoy te he visto, te he tocado,
te he olido, te he gustado,
te he oído, y he quedado
para siempre ensimismado.

Señor, y en tu cuerpo arado
por mis rejas de pecado,
mis sentidos he encerrado:
¡muerto estoy y resucitado!

Tú, Señor, para mi cuerpo
y mi cuerpo para Ti.
Cristo mío encarnecido,
toma mi cuerpo perdido,
y que mis cinco sentidos,
en Ti fijos y prendidos,
se sacien sólo de Ti.

Tu cuerpo
(Francisco Aparicio)

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