rezarconlosiconos
 

Pentecostés

 

La escena se desarrolla en “la sala superior” del cenáculo. La “sala superior” no tiene techo, no está cerrada, se abre hacia el cielo como buscando la fuente de donde le vienen las lenguas de fuego del Espíritu.

El colegio apostólico, que aparece presidido por la Virgen y dispuesto en un hemiciclo alrededor de ella, recibe la efusión del Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego que se sitúan encima de la cabeza de cada uno de los presentes. Todos iguales, sin asientos que dominen sobre los otros, en el mismo plano, con auras de santidad en todo semejantes, solo se distinguen por sus vestidos. El Espíritu Santo forja una unidad real entre todos, a todos se da, pero, respetando la personalidad individual de cada uno, no uniformiza.

La sala, abierta hacia el cielo, tampoco está cerrada hacia abajo, donde aparece un anciano tocado con corona real, que lleva en sus manos un paño que porta doce rollos. Aparece en la parte inferior del icono, destacando por su vestido sobre la negritud del fondo de lo que parece una caverna. La oscuridad en la pintura iconográfica es el pecado, la muerte, “las tinieblas y sombras de muerte” que se citan en el Benedictus.

En iconos del primer milenio su presencia es sustituida por una muchedumbre con igual decoración. En ambos casos el sentido es el mismo, se trata del mundo o, mejor aún, del cosmos, del universo, que debe recibir la redención a través de la Iglesia. La muchedumbre inicial representaba los pueblos y su multitud de lenguas. El anciano rey, el conjunto de los imperios de la época o de los mundos creados. Los rollos, la predicación de los apóstoles, que llegará a todos los pueblos de la tierra y su eficacia santificadora a todo el universo, según está escrito “La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios… con la esperanza de que la creación misma sería liberada de la esclavitud de la corrupción para entrar en la manifestación gloriosa de los hijos de Dios” (Rm 8, 19ss).

volver

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1. Introducción

En la Iglesia cristiana se entiende que la fiesta de Pentecostés corresponde a la festividad que se celebra el día 50º después de Pascua, en recuerdo del descenso del Espíritu Santo sobre los apóstoles. Su nombre proviene de la palabra griega “pentecostes” que significa "quincuagésimo". Y, como en tantas ocasiones, hay una fiesta previa judía sobre la que se apoya la cristiana.

Esta fiesta es la de las Semanas (ver fiestas judías en el punto siguiente), que registraba un marcado matiz agrícola porque señalaba el fin de la recolección y la necesidad de dar gracias a Dios por la cosecha recibida. El primer Pentecostés se celebró en el monte Sinaí cuando Moisés recibió las tablas de la ley, con los Diez Mandamientos escritos en ellas, y las reglas de la Alianza que Yavhé hacía con el pueblo judío rescatado de Egipto.

Tras la resurrección, Cristo se había aparece repetidas veces a sus discípulos y diez días antes, mientras estaban reunidos con Él en el monte de los Olivos, le vieron ascender y desaparecer entre las nubes.

La alegría de ver al maestro resucitado había durado poco ante la presión de las autoridades judías que perseguían a los “impostores” que decían que le habían visto resucitado. Estaban reunidos como tantos días anteriores por “temor a los judíos” , bien encerrados en aquella habitación cuando la casa se llenó de repente con un ruido desconocido y unas lenguas de fuego nunca vistas se aposentaron sobre cada uno de los presentes.

Y desde aquél momento todo cambió. Aquello fue el principio de un cambio sustancial en las personas. De repente desapareció el miedo a las autoridades que habían crucificado al maestro cincuenta días antes. De repente supieron hacerse entender por los griegos, medos, alamitas, etc. que llenaban Jerusalén celebrando la festividad de las Semanas. Así, de repente, comienza en el mundo la era del Espíritu Santo, nace la Iglesia y se anuncia la buena nueva de Jesucristo a todas las naciones.

 

2. La historia

La escena se desarrolla en “la sala superior” del cenáculo. Aquel día no era un día cualquiera, se celebraba la fiesta de las Semanas, 50 días después de la fiesta de las Primicias

En Jerusalén había muchos visitantes. Judíos practicantes de todas partes del mundo peregrinaban a Jerusalén todos los años para celebrar las variadas fiestas (hasta tres más, íntimamente conectadas todas con la historia de Israel) que se sucedían a partir de la Pascua, el 14 del mes de nissan.

FIESTA

NOMBRE

FECHA

OFRENDA

ESCRITURA

         

de Pascua

día 14 de Nisán,

Comer el cordero

Lev 23,4-8

   

 (marzo/abril)

   

de los Ácimos

día 15 de Nisán

Pan sin levadura 7 días

Lev 23,4-8

de las Primicias

7 días después 

Primeros frutos de la tierra

Lev 23,9-14

   

de los Ácimos

(principio oficial de la siega)

 

de las Semanas

7 semanas (50 días

dos panes

Lev 23,15-22

 

(Pentecostés)

después de Primicias

(fin oficial de la siega)

 

de  las Trompetas

1er día  mes séptimo

 

Lev 23,23-25

   

(sep./octubre)

   

de la Expiación

10º día mes séptimo

 

Lev 23,26-32

de los Tabernáculos

15º día mes séptimo

morar en tiendas o cabañas

Lev 23,33-44

     

durante 7 días

 

 

El origen de esta fiesta es la celebración del Shavuot entre los judíos, que celebraban la entrega de la Ley a Moisés en el monte Sinaí, cincuenta días después del éxodo. Ya entonces esta fiesta se conocía también como Pentekoste por los judíos de habla griega, porque Pentekoste significa, precisamente, quincuagésino, plazo que marcaba la Escritura para dar gracias a Dios por los frutos recogidos en la cosecha que terminaba justamente ese día:

“A partir del día siguiente al sábado en que llevéis la gavilla para el balanceo ritual, contaréis siete semanas completas: contaréis cincuenta días hasta el día siguiente al séptimo sábado y ofreceréis una oblación nueva al Señor. Llevaréis de vuestras casas como ofrenda para el balanceo ritual dos panes, amasados con dos décimas de flor de harina y cocidos con levadura: son las primicias para el Señor”.(Lev 23, 15-17)

Los discípulos, tras la Ascensión,

“se volvieron a Jerusalén, desde  el monte que llaman de los Olivos, que dista de Jerusalén lo que se permite caminar en sábado. Cuando llegaron, subieron a la sala superior, donde se alojaban los apóstoles" (Hch 1, 12). 
“Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús” (Hch 1, 14). 
"Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar” (Hch 2, 1).

 

Descenso-del-Espiritu-Santo_Grecia_ca1790-1840Son días fijados por el Padre con su autoridad. Treinta años antes había enviado a su Hijo a encarnarse en una doncella de Belén. Ahora el Hijo ha vuelto a donde salió, una vez cumplida la voluntad  del que le envió y la misión a él confiada. Por ello, había sido glorificado y ya estaba sentado a la derecha del trono de Dios. Quedaba ahora extender la gracia alcanzada por Cristo a todos los hombres de las generaciones que quedaban por venir. Y eso es una tarea que precisa a otra persona de la Trinidad; Cristo ha vuelto al Padre para que el Espíritu Santo en persona descienda. "Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré"(Jn 16, 7), había dicho a todos los reunidos.

La Ascensión de Cristo es una verdadera epíclesis, una llamada dirigida al Padre por quien salía de la tierra y veía la orfandad de sus amigos si se quedaban solos. Cristo los bendecía en su subida como el sacerdote bendice las ofrendas en el altar: “Te pedimos que santifiques estos dones con la efusión de tu Espíritu”,  o a la asamblea eclesial “Te pedimos… que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo”.

Pentecostés es la respuesta del Padre a la invocación de su Hijo. Este primer Pentecostés cristiano abre la historia de la humanidad a la acción del Espíritu Santo.

 

2.1.-La nueva Alianza

Cuando Cristo dijo en la cruz “todo se ha cumplido” hablaba del horizonte abierto con la promesa hecha a Abraham, elevada a Alianza en el monte Sinaí y sostenida durante siglos por los profetas. Él cumplió la promesa hecha; Él mismo era el contenido de la promesa; mas "vino a los suyos, y los suyos no le recibieron".

 

Pero antes de irse, "sabiendo que había llegado su hora" dejó a sus discípulos el encargo de repetir lo que Él había hecho: convertir su sangre en el sello de la nueva alianza que establecía con la humanidad. La alianza recordada por los profetas:

“Ya llegan días —oráculo del Señor— en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva. No será una alianza como la que hice con sus padres, cuando los tomé de la mano para sacarlos de Egipto, pues quebrantaron mi alianza, aunque yo era su Señor —oráculo del Señor—.Esta será la alianza que haré con ellos después de aquellos días —oráculo del Señor—: Pondré mi ley en su interior y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo”. (Jer 31,31-33).

No se trata de una ley escrita en nuevas tablas de piedra, exteriores a uno mismo, porque ha prometido que

“Les daré otro corazón e infundiré en ellos un espíritu nuevo: les arrancaré el corazón de piedra y les daré un corazón de carne, para que sigan mis preceptos y cumplan mis leyes y las pongan en práctica: ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios”.. (Ez 11,19-20) 

“Os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Os infundiré mi espíritu, y haré que caminéis según mis preceptos, y que guardéis y cumpláis mis mandatos. Y habitaréis en la tierra que di a vuestros padres. Vosotros seréis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios” (Ez 36,26-27)

De una manera que ahora nos parece absolutamente trasparente, el profeta Joel había anunciado el acontecimiento de Pentecostés:

“Después de todo esto, derramaré mi espíritu sobre toda carne, vuestros hijos e hijas profetizarán, vuestros ancianos tendrán sueños  y vuestros jóvenes verán visiones. Incluso sobre vuestros siervos y siervas derramaré mi espíritu en aquellos días. Pondré señales en el cielo y en la tierra: sangre, fuego y columnas de humo. El sol se convertirá en tinieblas, la luna, en sangre ante el Día del Señor que llega, grande y terrible. Y todo el que invoque  el nombre del Señor se salvará. Habrá supervivientes en el monte Sión, como lo dijo el Señor, y también en Jerusalén  entre el resto que el Señor convocará”. (Jl3 1-5)

Que antes ya había anunciado David en los salmos a él atribuidos y que, rezados por el pueblo, se habían hecho parte de su credo, hasta el punto de que Pedro los mencionará en su discurso primero tras Pentecostés:

“Oráculo del Señor a mi Señor: «Siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos  estrado de tus pies».(Sal 110,1)

«El Señor ha jurado a David  una promesa que no retractará: «A uno de tu linaje pondré sobre tu trono. Si tus hijos guardan mi alianza  y los mandatos que les enseño, también sus hijos, por siempre, se sentarán sobre tu trono» (Sal 132, 11s).

2.2.-El tiempo del espíritu Santo

Estas palabras de Jeremías y Ezequiel, y estas oraciones de David, fueron recogidas por su pueblo y alimentaron su esperanza en la llegada del Mesías prometido. Si “lex orandi, lex credendi”,  la oración del salmista certifica la existencia de la fe en una prometida Nueva Alianza, inscrita en nuevos corazones:

entonces yo digo: «Aquí estoy —como está escrito en mi libro—  para hacer tu voluntad.  Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas» (Sal 40,8)  .

“La boca del justo expone la sabiduría, su lengua explica el derecho; porque lleva en el corazón la ley de su Dios, y sus pasos no vacilan. (Sal 37,31)  

En cumplimiento de ello, en el día de Pentecostés, el Espíritu Santo descendió sobre los discípulos de Jesús. Ese día fue el cumplimiento mesiánico de la Fiesta de Semanas.

“De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados.  Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse.” (Hch 2,1-4)

Y no sólo la nueva ley de Cristo está inscrita en los corazones renovados, pues éstos mismos acogen al Espíritu que viene a convertir su dureza de piedra en corazón de carne, como dice el apóstol:

“el Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables. Y el que escruta los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios” (Rom 8, 26s).

La historia del nuevo Pentecostés que viene a sustituir la fiesta de las Semanas comenzó en el cenáculo a través de 12 corazones que

“Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse”.(Hch 2,3s)

El encuentro de 30 años antes en Belén, entre la Virgen María y el Verbo de Dios, se hace nuevo ahora en Jerusalén, entre la Iglesia y el Espíritu Santo. En aquel entonces, Juan bautizaba con agua. Ahora, como dice san Pablo

“todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo Y todos hemos bebido de un solo Espíritu” (1Cor 12,13).

A partir de ese día, una historia grande, invisible al ojo humano que no tiene fe, se está desarrollando en la mayor epopeya imaginable. Con la Ascensión ha terminado el tiempo de Cristo en carne humana entre nosotros. En esta gran historia, a la vez divina y humana, nuestra salvación ya ha sido objetivamente conseguida por Cristo, y sólo queda ser subjetivamente asumida por cada hombre en cada generación... Comienza el tiempo del Espíritu Santo.

 

3.-Los textos

En el contar la historia de Cristo, los evangelistas dan diversa importancia a los sucesos habidos después de su resurrección. Así, vemos que:Pentecostes_Monasterio-de-San-Paul, Athos_SigloXVIII.San Mateo, concluye su evangelio con la Resurrección; 
  • San Marcos, llega hasta el episodio de la Ascensión;
  • San Lucas termina con la promesa del Espíritu Santo; y
  • San Juan, termina con la promesa de la segunda venida.
  • San Lucas quiere superar estas  diferencias entre los evangelios en el momento de terminar el relato de la vida terrena de Jesús, y en el capítulo primero de su relato sobre Los Hechos de los Apóstoles reúne los acontecimientos finales, completa el número del colegio apostólico con la elección de Matías y empieza la historia del nacimiento de la Iglesia a partir de Pentecostés. Podríamos decir que, de alguna manera, el capítulo primero de los Hechos es el final de los relatos evangélicos.

Los cuatro evangelios desembocaron, por decirlo así, en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Y el libro de los Hechos constituyó un puente entre los Evangelios y las epístolas o cartas apostólicas.

La venida del Espíritu Santo

“Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse. 

Residían entonces en Jerusalén judíos devotos venidos de todos los pueblos que hay bajo el cielo. Al oírse este ruido, acudió la multitud y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Estaban todos estupefactos y admirados, diciendo: «¿No son galileos todos esos que están hablando?  Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos, elamitas y habitantes de Mesopotamia, de Judea y Capadocia, del Ponto y Asia,  de Frigia y Panfilia, de Egipto y de la zona de Libia que limita con Cirene; hay ciudadanos romanos forasteros,  tanto judíos como prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua». (Hch 2,1-13)

Pedro anuncia el kerigma

Estaban todos estupefactos y desconcertados, diciéndose unos a otros: «¿Qué será esto?».  Otros, en cambio, decían en son de burla: «Están borrachos».  Entonces Pedro, poniéndose en pie junto con los Once, levantó su voz y con toda solemnidad declaró ante ellos: 

«Judíos y vecinos todos de Jerusalén, enteraos bien y escuchad atentamente mis palabras.  No es, como vosotros suponéis, que estos estén borrachos, pues es solo la hora de tercia, sino que ocurre lo que había dicho el profeta Joel:

“Y sucederá en los últimos días, dice Dios, que derramaré mi Espíritu sobre toda carne y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán y vuestros jóvenes verán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños; y aun sobre mis siervos y sobre mis siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días, y profetizarán. Y obraré prodigios arriba en el cielo y signos abajo en la tierra, sangre y fuego y nubes de humo. El sol se convertirá en tiniebla y la luna en sangre, antes de que venga el día del Señor, grande y deslumbrador. Y todo el que invocare el nombre del Señor se salvará". 

Israelitas, escuchad estas palabras: a Jesús el Nazareno, varón acreditado por Dios ante vosotros con los milagros, prodigios y signos que Dios realizó por medio de él, como vosotros mismos sabéis, a este, entregado conforme al plan que Dios tenía establecido y previsto, lo matasteis, clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos. Pero Dios lo resucitó, librándolo de los dolores de la muerte, por cuanto no era posible que esta lo retuviera bajo su dominio, pues David dice, refiriéndose a él:

"Veía siempre al Señor delante de mí, pues está a mi derecha para que no vacile. 26 Por eso se me alegró el corazón, exultó mi lengua, y hasta mi carne descansará esperanzada. Porque no me abandonarás en el lugar de los muertos, ni dejarás que tu Santo experimente corrupción. Me has enseñado senderos de vida, me saciarás de gozo con tu rostro". 

Hermanos, permitidme hablaros con franqueza: El patriarca David murió y lo enterraron, y su sepulcro está entre nosotros hasta el día de hoy.  Pero como era profeta y sabía que Dios le había jurado con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo,  previéndolo, habló de la resurrección del Mesías cuando dijo que no lo abandonará en el lugar de los muertos y que su carne no experimentará corrupción. 

A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Exaltado, pues, por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo. Pues David no subió al cielo, y, sin embargo, él mismo dice: 

"Oráculo del Señor a mi Señor: “Siéntate a mi derecha,  y haré de tus enemigos estrado de tus pies”. 

Por lo tanto, con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías»

Reacción de los oyentes 

Al oír esto, se les traspasó el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles: "¿Qué tenemos que hacer, hermanos?" Pedro les contestó: «Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para vosotros y para vuestros hijos, y para los que están lejos, para cuantos llamare a sí el Señor Dios nuestro».  Con estas y otras muchas razones dio testimonio y los exhortaba diciendo: «Salvaos de esta generación perversa».  Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día fueron agregadas unas tres mil personas. 

Testimonio eclesial

Y perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones. Todo el mundo estaba impresionado y los apóstoles hacían muchos prodigios y signos. Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno. Con perseverancia acudían a diario al templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y eran bien vistos de todo el pueblo; y día tras día el Señor iba agregando a los que se iban salvando. (Hch 4,32-35; 5,12)

 

4.La iconografía

El-Descenso-del-Espiritu-Santo_Evangelio-de-Rabula_siglo VI.Estamos ante un acontecimiento que tiene un tratamiento iconográfico muy concreto desde los primeros iconos de la fiesta, que ya se conocen desde principios del siglo VI, cuando sus imágenes aparecen en el Evangelio de Rabula,  y en mosaicos y frescos. 

El cuadro tiene una figuración simétrica respecto a un eje central vertical, y claramente diferenciado en tres bloques horizontales.

En el tercio superior del icono, aparece la intervención divina en forma de rayos de luz, lenguas de fuego, llamas, etc., de forma que representen claramente el descenso del Espíritu Santo, según lo relata Lucas en Hch 2. Esta intervención no es nueva –recuérdese el bautismo en el Jordán- por lo que no es extraño que una paloma simbolice frecuentemente a la tercera persona de la Trinidad.

El icono muestra una composición abierta y sitúa el acontecimiento sobre una amplia escena elevada, una «cámara alta». También se abre hacia abajo, sobre un arco negro donde languidece un prisionero vestido de rey; a menudo el arco está cerrado por una cancela de prisión que subraya un estado de cautividad. La inscripción alrededor de la cabeza del prisionero explica que es el Cosmos, personificado por un viejo harto de días desde la caída de Adán, que dejó al universo cautivo del Príncipe de este mundo. 

La oscuridad que lo rodea representa «las tinieblas y sombra de la muerte» (Le 1, 79), es el infierno universalizado de donde se destaca el mundo no bautizado y que, en su parte más iluminada, aspira también a la luz apostólica del Evangelio. Tiende sus manos para recibir también la gracia, y los doce rollos, que guarda con respeto sobre un lienzo, simbolizan la predicación de los doce apóstoles, la misión apostólica de la Iglesia y la promesa universal de la salvación. 

El contraste entre estos dos mundos coexistentes es de lo más conmovedor: arriba ya está la «nueva tierra», visión del Cosmos ideal abrasado por el fuego divino y al cual aspira el viejo rey. Las energías del Espíritu Santo entran en acción a la vista de la liberación y de la metamorfosis del cosmos prisionero, abajo. 

En esta parte aparecen los atributos que nos hablan de que el acontecimiento tiene lugar en la habitación superior de un inmueble, como columnas laterales y techo inexistente haciendo que la habitación esté abierta por arriba. Abierta al cielo, de donde salen las lenguas de fuego, la acción de Dios, ahora protagonizada por el Espíritu Santo

Icono-griego-moderno-de-Pentecostes_ en-el-recuadro-estan-David-y-Joel-con-los-textos-de-las-profecias-citadas-Pedro.En el tercio central los doce apóstoles aparecen colocados en forma de herradura con el lado abierto hacia abajo. El puesto vacante dejado por Judas suele estar cubierto por Pablo o, algunas veces, por el evangelista Mateo. En el centro puede aparecer la Virgen, muy frecuente en los iconos occidentales, pero ausente en la tradición oriental hasta el siglo XVII, debido a que en Pentecostés cada apóstol recibe personalmente su don particular, bajo la forma de lengua de fuego, siendo el conjunto del colegio el símbolo de la Iglesia recibiendo su Pentecostés.  La presencia de la Virgen doblaría la figura de la Iglesia, ya presente por el Colegio de los Apóstoles. 

Todos se encuentran en el mismo plano, en la misma escala de grandeza; es su igualdad de honor.  El espacio central vacío evoca el espíritu de Jesucristo, ahora ya en el Reino.

Si el símbolo es importante siempre en la lectura del icono, aquí aparece con una gran densidad significante pues no sólo evoca un hecho histórico a nivel humano, sino también el misterio de la creación de la Iglesia. Por ello no es extraño que recuerde a otros relacionados con ella como institución (p.e., los iconos de los concilios ecuménicos, o Cristo enseñando en la sinagoga), y que los apóstoles tengan en sus manos libros y rollos que recuerdan la Escritura o hagan el gesto de bendición. Esta parte del icono de Pentecostés expresa siempre la dimensión colegial de la estructura jerárquica de la Iglesia. 

Finalmente, el tercio inferior del icono, dentro de la composición en forma de herradura, se deja para figurar la habitación del primer piso de la vivienda, asociada siempre al mundo exterior a la vivienda, dentro del cual caben múltiples representaciones.

El espacio sin rellenar, evoca la tumba ahora vacía del resucitado y la segura resurrección de los muertos. Pero es más frecuente que su falta de iluminación se entienda como la situación del mundo sin la predicación del evangelio, que aún no se ha producido. 

Esa imagen del mundo puede estar rellena de figuras de significados muy variados. A veces es el rey David, o el profeta Joel, o ambos los que aparecen, en mérito a sus profecías mesiánicas que fueron citadas por Pedro en su discurso a los judíos tras Pentecostés.

En la imagen presente se ve, en esta parte inferior del icono, no solamente a David y Joel, sino también a una multitud de personas que señalan a los que presenciaron la venida del Espíritu y que  “día tras día el Señor iba agregando” a la iglesia con la predicación apostólica.

Dentro de la riqueza simbólica de los iconos, la figura de un rey colocado en este espacio admite una interpretación tradicional, de la comprensión del rey como una imagen de los gobernantes y, como metáfora, del conjunto de sus  los súbditos que reciben la predicación.

Es frecuente que, en estos casos, el rey sostenga en sus manos un paño extendido sobre el cual se colocan 12 rollos, que simbolizan tanto el anuncio apostólico de la totalidad del Evangelio, como, interpretado de otra manera, la totalidad de los pueblos del imperio.

Ese mensaje de “totalidad” se trasmite a partir de la palabra griega κόσμος  - "paz" que aparece en algunos iconos junto a la figura del rey, y que popularmente se llamó "Zar-Cosmos" y se entendió que podía simbolizar tanto el Cosmos-Universo, como el conjunto de los pueblos ya evangelizados. 

Además del icono de caballete, la iconografía monumental no ignoró este evento absolutamente fundamental en la historia de la salvación y en el cumplimiento de las promesas  mesiánicas en la economía de la nueva Alianza hecha por Jesucristo. Por eso, su lugar natural fueron las bóvedas y cúpulas de las catedrales e iglesias de la cristiandad.

 

5.El icono

Pentecostes-Museo-Bizantino-en-Atenas_SigloXVÉste es el momento y éste es el contexto elegido por el iconógrafo para trasmitir su catequesis sobre Pentecostés. La escena se desarrolla en “la sala superior” del cenáculo y él lo da a entender con la edificación lateral de dos edificios iguales y simétricos que se destacan en la mitad superior del icono. La “sala superior” no tiene techo, no está cerrada, se abre hacia el cielo como buscando la fuente de donde le vienen las lenguas de fuego del Espíritu.

El colegio apostólico, que puede aparecer presidido por la Virgen y dispuesto en un hemiciclo alrededor de ella, recibe la efusión del Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego que se sitúan encima de la cabeza de cada uno de los presentes. Todos iguales, sin asientos que dominen sobre los otros, en el mismo plano, con auras de santidad  en todo semejantes, solo se distinguen por sus vestidos. El Espíritu Santo forja una unidad real entre todos, a todos se da, pero, respetando la personalidad individual de cada uno, no uniformiza.

Como tantas veces, el artista trasciende la historia para adentrarse en el misterio y, así, pronto nos encontramos con iconos de Pentecostés que, respetando en todo la figuración clásica, no presentan a la Virgen, dejando su sitio ocupado por un trono vacío.

Presenta, con ello, un claro mensaje: Cristo es la cabeza de la Iglesia, y el trono en el lugar preeminente así lo dice; la Iglesia está preparada, por no decir anhelante, para la segunda venida y tiene preparado el sitio que debe ocupar quien la ha fundado; la Virgen recibió la efusión plena del Espíritu Santo durante la Anunciación, y una segunda efusión es innecesaria para quien es “la theotokos” y la “llena de gracia”, precisamente por la acción del Espíritu; y pudiera parecer contradictoria la presencia de María como figura de la Iglesia en el icono que presenta su nacimiento, pues duplicaría la figura de la misma, representada por los apóstoles.

La ausencia de la Virgen u otros discípulos en el icono de Pentecostés refuerza el carácter jerárquico del magisterio eclesial, precisamente en el momento de su nacimiento, cuando no es posible considerar en él más que la voluntad de su fundador. Nace la Iglesia exclusivamente porque Cristo lo ha querido, y lo hace y se organiza como él, a través de su Espíritu, lo ha determinado. La presencia de san Pablo, que evidentemente no estuvo presente en la escena del icono, refuerza ese carácter eclesial y permanente del acontecimiento pentecostal.

La sala, abierta hacia el cielo, tampoco está cerrada hacia abajo, donde aparece un anciano presuntamente prisionero de lo que parece una gruta carcelaria

En los iconos presentes se observa un anciano tocado con corona real, que lleva en sus manos como un paño que porta doce rollos. Aparece en la parte inferior del icono, destacando por su vestido sobre la negritud del fondo de lo que parece una caverna.

La oscuridad en la pintura iconográfica es el pecado, la muerte, o la falta de iluminación en los pueblos que no han recibido la predicación del kerigma, en definitiva “las tinieblas y sombras de muerte” que se citan en el Benedictus:

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz”.(Lc 1, 78s).

En iconos del primer milenio su presencia es sustituida por una muchedumbre con igual decoración. En ambos casos el sentido es el mismo, se trata del mundo o, mejor aún, del cosmos, del universo, que debe recibir la redención a través de la Iglesia. La muchedumbre inicial representaba los pueblos y su multitud de lenguas. El anciano rey, el conjunto de los imperios de la época o de los mundos creados. Los rollos, la predicación de los apóstoles, que llegará a todos los pueblos de la tierra y su eficacia santificadora a todo el universo, según está escrito:

La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios… con la esperanza de que la creación misma sería liberada de la esclavitud de la corrupción para entrar en la manifestación gloriosa de los hijos de Dios” (Rm 8, 19ss).

Se llena de sentido la frase “fuera de la Iglesia no hay salvación”, pues ésta se encuentra implicada en el proceso de redención del cosmos entero.

Sobre los edificios laterales puede aparecer un extenso velo rojo que cubre toda la escena terrestre, significando con ello la especial protección que la Iglesia goza para permanecer en la unidad y la verdad, segura de que “el poder del infierno no la derrotará” (Mt 16, 18) .

 

6.-La fiesta

Pentecostés (del griego πεντηκοστή pentēkostḗ con significado de ‘quincuagésimo’) es el término con el que se define la fiesta cristiana del quincuagésimo día del Tiempo de Pascua. Se trata de una festividad que pone término a ese tiempo litúrgico y que configura la culminación solemne de la misma Pascua, su colofón y su coronamiento.

Durante Pentecostés se celebra la venida del Espíritu Santo y el inicio de las actividades de la Iglesia. Por ello también se le conoce como la celebración del Espíritu Santo.

 

6.1.-En la ortodoxia

En la Iglesia Ortodoxa, Pentecostés es el día de la Santísima Trinidad, que se celebra cincuenta días después de Pascua y diez días después de la Ascensión. Siempre cae en domingo y es una de las doce grandes festividades del año litúrgico ortodoxo.

La celebración en honor de la Santísima Trinidad tiene lugar en el día del Descenso del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, y este evento también tiene su propio ícono.

 

6.2. En el catolicismo 

En la Iglesia Católica el día de Pentecostés se celebra el Descenso del Espíritu Santo, en un día que “está más bien consagrado únicamente a la memoria de la venida del Espíritu Santo” (PASCHER, El año litúrgico”, pág. 254) y se distingue perfectamente del día de la Santísima Trinidad, que se celebra ocho días después de Pentecostés,

A partir de Pentecostés se celebran la siguiente serie de fiestas: 

1.-Día de la Santísima Trinidad (domingo, día 7 después de Pentecostés)
2.-Fiesta del Corpus Christi (Cuerpo y Sangre de Cristo) (jueves, día 11 después de Pentecostés, y que normalmente se traslada al domingo inmediatamente siguiente, día 14 después de Pentecostés.)
3.-Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús (viernes, día 19 después de Pentecostés)
4. -Fiesta del Inmaculado Corazón de la Virgen María (sábado, día 20 después de Pentecostés)

Los domingos de Pentecostés y de la Santísima Trinidad son celebradas como solemnidades en el calendario romano. En Pentecostés el color rojo, color propio de las fiestas del Espíritu Santo, domina en los ornamentos litúrgicos.

El domingo de la Santísima Trinidad el color de la liturgia es el blanco. 

 

7.Reflexión teológica

La Trinidad, de RublevEn el prefacio de la misa correspondiente a la solemnidad de Pentecostés, tanto en la propia de la víspera como la del domingo, se dice:

En verdad, es justo y necesario, es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios omnipotente y eterno.

Pues para llevar a plenitud el Misterio pascual
enviaste hoy el Espíritu Santo

sobre los que habías adoptado como hijos
por la Encarnación de tu Unigénito.

Es decir, que la Iglesia confiesa que en el plan de Salvación del Padre hay una unidad de propósito entre la Encarnación del Hijo y el envío del Espíritu Santo. Que ambos envíos corresponden a un único plan. 

 

Deberíamos, en este punto de la reflexión, caer de rodillas ante el icono de la Trinidad, de Andrei Rublev, y pedir con insistencia al Padre que nos deje penetrar en el divino coloquio que el cuadro refleja. Porque el instante recogido por Rublev corresponde al Consejo eterno donde se decide el Plan de Salvación de la humanidad y donde cada persona asume su papel en la Economía trinitaria.

“La efusión del Espíritu Santo procede de la plenitud de la revelación trinitaria y ella es su consumación: «Hoy, el Paráclito inaugura un conocimiento nuevo y místico: una sola adoración de la Santa Trinidad». (EVDOMIKOV, Làrt de l’icone, pág. 284. Desclée)

 

7.1.-El Espíritu Santo en el plan de Dios

La Alianza del Sinaí y la Nueva Alianza proclamada por Jesús el primer jueves santo, son compromisos de amistad y salvación ofrecidos a la humanidad por Dios. Pero por un Dios que es trinitario; es decir, es un compromiso de las tres personas divinas que en ese Consejo que pintó Rublev deciden cómo va a hacerse.

De forma inigualable lo cuenta Paul Evdokimov:

“Tal es el orden de las manifestaciones. El Verbo y el Espíritu son inseparables en su acción manifestadora del Padre (sus «dos manos») y sin embargo inefablemente distintos, como dos personas que proceden del mismo Padre.

Descenso-de-Espiritu-Santo_(icono-del-templo-Svyatoduhovskiy-del-Convento-Novodevichy_sigloXVIII)El Espíritu, así, no está subordinado al Hijo, no es una función del Verbo, sino el segundo Paráclito, y, como dice san Gregorio Nacianceno, «es otro Consolador... como si fuera otro Dios». Vemos en las dos economías del Hijo y del Espíritu la reciprocidad y el servicio mutuo, pero Pentecostés no es una simple consecuencia o continuación de la Encamación. Pentecostés tiene todo su valor en sí mismo, es el segundo acto del Padre: el Padre envía al Hijo y ahora envía al Espíritu Santo. Terminada su misión. Cristo vuelve al Padre para que el Espíritu Santo descienda en Persona.

Pentecostés aparece de esta forma como el fin último de la economía trinitaria de la salvación.

Siguiendo a los Padres, podemos decir que Cristo es el gran Precursor del Espíritu Santo. San Atanasio lo dice: «El Verbo ha asumido la carne para que nosotros podamos recibir el Espíritu Santo» . Para san Simeón, «tales eran el fin y el destino de toda la obra de nuestra salvación por Cristo: que los creyentes recibiesen el Espíritu Santo»

Nicolás Cabasilas también decía: «¿Cuál es el efecto o resultado de los actos de Cristo?. No es otra cosa que el descenso del Espíritu Santo sobre la Iglesia» .

El Acontecimiento en el seno de la Institución no se realiza sino en el Espíritu Santo, en una obra que el Verbo le cede expresamente: «Os conviene que yo me vaya... yo rogaré al Padre y él os dará otro Paráclito» (Jn 16, 7).

Así, la Ascensión de Cristo es la epíclesis por excelencia, y, como respuesta a esta invocación, el Padre envía el Espíritu e inicia Pentecostés. Esta visión total no disminuye en nada el centralismo de la Redención crística, el sacrificio del Cordero, pero precisa el orden progresivo de los acontecimientos destacando en cada uno su propia grandeza y dimensión, haciendo que cada uno sirva al otro en una reciprocidad y servicio mutuo y todos converjan en el Reino del Padre.

El día del bautismo del Señor, en el movimiento de la Paloma es donde el Padre se dirige a la humanidad de Cristo y lo adopta: «Hoy te he engendrado». El día de Pentecostés, en el movimiento de las lenguas de fuego, el Padre se dirige a todos los hombres y los adopta. El oficio lo canta: El Espíritu Santo otorga ahora las primicias de la Divinidad a la naturaleza humana» . Dado al hombre en la insuflación divina, en el momento de la creación, el Espíritu Santo le es restituido el día de Pentecostés y se le hace más interior, más íntimo que él mismo.

«Yo he venido a prender fuego en la tierra» (Lc 12, 49); ese fuego es el Espíritu Santo. Bajo la imagen de lenguas de fuego, la energía divina deifica, penetra y abrasa con su verdad la naturaleza humana: «El Espíritu Santo hace resplandecer misteriosamente en las almas la única naturaleza de la Trinidad»  «En ese día [día de Pentecostés], conoceréis que yo estoy en mi Padre... y que estoy en vosotros» (Jn 14, 20). El cuarto Evangelio se centra en la inhabitación trinitaria en el hombre: «Nosotros vendremos y haremos nuestra morada»; es el festín del Reino. La Mónada-Tríada se da a conocer por el Paráclito, dicen los Padres.

El relato de los Hechos (2, 3) contiene una precisión muy importante que el icono subraya muy fuertemente: «Las lenguas se dividían, y se posaron sobre cada uno de ellos».

Cada apóstol recibe una lengua personalmente. Si Cristo recapitula e integra la naturaleza humana en la unidad de su cuerpo, el Espíritu Santo, por el contrario, se remite al principio personal de la naturaleza, a las personas humanas, y las abre a la plenitud carismática de los dones, según un modo único, personal para cada uno. «Estamos como fundidos en un solo Cuerpo, pero divididos en personalidades», explica san Cirilo de Alejandría. En el seno de la unidad en Cristo, el Espíritu diversifica y hace a cada uno carismático.(EVDOMIKOV, Làrt de l’icone, págs. 284-285. Desclée).

 

7.2.-Para qué necesitamos al E. Santo

Pentecostes_Icono-bizantinoEl Pentecostés cristiano es heredero directo del pentecostés judío, una fiesta ordenada directamente por Dios en los pactos del Sinaí, y cuyo conocimiento puede servirnos para conocer la voluntad de Dios entonces y entender mejor lo que la Iglesia festeja en la liturgia cristiana, porque la nueva Alianza de Cristo no ha venido a abolir la Ley de Moisés

“No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud.”(Mt 5, 17)

En el punto anterior, 2.-La historia,  se señalan las fiestas del pueblo de Israel y, entre ellas, las de Primicias y de las Semanas, que están intrínsecamente unidas. El Deuteronomio detalla el calendario festivo que celebró Jesús y que nosotros heredamos.

“Observa el mes de abib [Nisán] celebrando la Pascua del Señor, tu Dios, porque en el mes de abib [Nisán] te sacó de Egipto el Señor, tu Dios. Inmolarás como Pascua [Pascua] al Señor tu Dios ganado mayor o ganado menor, en el lugar que elija el Señor, tu Dios, para hacer morar allí su nombre. En ella no comerás pan fermentado. Durante siete días, comerás ácimos, pan de aflicción, porque apresuradamente saliste de la tierra de Egipto; así recordarás todos los días de tu vida el día de tu salida de la tierra de Egipto. Durante siete días no se ha de ver levadura en todo tu territorio. De la carne inmolada la tarde del primer día no quedará nada para el día siguiente. No podrás sacrificar la pascua en cualquiera de las ciudades que el Señor, tu Dios, va a darte. Solo en el lugar que elija el Señor, tu Dios, para hacer morar su Nombre. Allí, al atardecer, sacrificarás la Pascua [Pascua], a la caída del sol, hora de tu salida de Egipto. La cocerás y la comerás en el lugar que elija el Señor, tu Dios, y a la mañana siguiente podrás regresar a tus tiendas [Ácimos]. Durante seis días, comerás ácimos, y el séptimo habrá asamblea [Primicias]. llevaréis al sacerdote una gavilla como primicia de vuestra cosecha.(Lev 23,10)  en honor del Señor, tu Dios. No harás trabajo alguno.

Contarás siete semanas; a partir del día en que metas la hoz en la mies, contarás siete semanas y celebrarás la fiesta de las Semanas [Semanas/Pentecostés] en honor del Señor, tu Dios. La oferta voluntaria que hagas será en proporción a lo que te haya bendecido el Señor.” (Dt 16, 1-10) (Entre corchetes cuadrados se ofrecen aclaraciones, para mejor comprensión)

Es decir, el objeto de las fiestas de Primicias y Semanas es dar gracias a Dios por los frutos recibidos de la tierra en los periodos temporales anteriores a ellas, con disposiciones que hablan más de la pedagogía divina que de las necesidades de Dios.

Dios no precisa en forma alguna las primicias de la recogida de la cebada, ni, cincuenta días después, las primicias de la cosecha de trigo, pero el hombre sí precisa recordar en la festividades de la recolección, días de regocijo por la prosperidad, que son también días para la acción de gracias.

Dios quiere que su pueblo viva y que recuerde el pacto hecho:

"Mira: hoy pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal. Pues yo te mando hoy amar al Señor, tu Dios, seguir sus caminos, observar sus preceptos, mandatos y decretos, y así vivirás y crecerás y el Señor, tu Dios, te bendecirá en la tierra donde vas a entrar para poseerla".

"Pero, si tu corazón se aparta y no escuchas, si te dejas arrastrar y te postras ante otros dioses y les sirves, yo os declaro hoy que moriréis sin remedio; no duraréis mucho en la tierra adonde tú vas a entrar para tomarla en posesión una vez pasado el Jordán." (Dt30, 15-18).

Dios quiere que su pueblo no busque y tenga “otros dioses” extraños, para lo cual le manda hacer unas prácticas que le ayuden en la consideración continua de tenerle a él presente siempre en primer lugar, por eso el objeto de ambas fiestas, Primicias y Semanas, es darle a Dios los primeros frutos.

Jesús, en su sacrificio en la cruz, ofrece al Padre las primicias de la nueva humanidad que Él mismo inaugura. En la nueva economía, Él es esas primicias de la fiesta de las Semanas. Su grito “Elí, Elí, lemá sabaqtaní” es el grito de toda la humanidad con cuyo pecado él está cargando en la cruz.

Rembrand, al pintar en su cuadro el regreso del Hijo Pródigo ha pintado en el padre el gesto acogedor más famoso de la pintura europea. Así, pero con una capacidad de acogimiento y perdón infinito, espera Dios a cada uno de sus hijos.

En el Gólgota, la humanidad pródiga, apartada muchos años de Él, le grita desesperada por boca de lo mejor de esa humanidad "Elí, Elí, lemá sabaqtaní". ¿ Cómo resistir a quien ha poco había dicho públicamente “Padre… yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado».(Jn 11, 42)

La respuesta de su Padre es Pentecostés.

Ya Cristo nos advertía de esa función única del Espíritu cuando decía a sus discípulos: “os digo la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré”. (Jn 16, 7)

Necesitamos al Espíritu Santo en nuestras vidas porque el Espíritu Santo, "que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho"  (Jn 14, 26).

En esta era post-Pascual, Él es el camino único hacia el conocimientos de Dios, iluminando a las personas en su búsqueda del Creador.

En aras de conceder al hombre tal "conocimiento divino", el Espíritu desciende sobre los apóstoles  --y hoy sobre cada uno de nosotros--, a través de los sacramentos de la Iglesia, especialmente en el Bautismo y en la Confirmación.

Pero, además, una persona no puede lograr la salvación espiritual sola, por sí misma. Pedro y Pablo nos hablan del desarrollo progresivo del hombre en el conocimiento de Dios, de nuestra auténtica infancia espiritual cuando nos acercamos a los misterios cristianos:

"Tampoco yo, hermanos, pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. Por eso, en vez de alimento sólido, os di a beber leche, pues todavía no estabais para más (1Co 3,1s) Como niños recién nacidos, ansiad la leche espiritual, no adulterada, para que con ella vayáis progresando en la salvación, ya que habéis gustado qué bueno es el Señor."  (1Pe 2,2)

Pero ese alimento sólo puede llegarnos a través de la predicación y sólo la ayuda del Espíritu en el momento de la decisión de acoger o no la Palabra que se nos anuncia, nos permitirá decir sí. Nada nos es posible sin la atención y el impulso del Espíritu Santo en nuestra vida. Y, en sentido contrario, “todo lo puedo en aquél que me conforta”(Fil 4,13.)

 

8.-Oración

Pentecostés, El Greco
Ven Espíritu Divino,
manda tu luz desde el cielo,
Padre amoroso del pobre;
don en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,
divina luz y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre
si Tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado
cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus Siete Dones
según la fe de tus siervos.
Por tu bondad y tu gracia
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.
Amén. Aleluia.

 

 
 

9.-Galería