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La Deesis

Deesis-Burgos_Catedral._Puerta_de_la_Coroneria
 

 

 

1.- Introducción

 

Deesis designa una representación de Cristo, generalmente entronizado y flanqueado por la Virgen María y San Juan Bautista, propia del arte bizantino.

Este grupo aparece prontamente en las puertas principales de las iglesias cristianas, indicando el papel de juez que se asignaba a la figura mayestática de Cristo, y que, situado a la entrada del Templo, simbolizaba el juicio final y el papel de Reino de Dios que se daba a la Iglesia y de bienaventurados a los admitidos en su seno. “Yo soy la puerta, si uno entra por mí se salvará”(Jn 10, 9).

Deesis en Iconostasio
 

2.-iconografía

Tras el siglo IX, la composición comenzó a aparecer en contextos que sugerían el tema de la intercesión, resolviendo la importante cuestión de cómo la Iglesia Triunfante podía colaborar a la implantación del dominio universal de Jesucristo. Con su nuevo énfasis en la intercesión, la deesis se convirtió en un elemento importante en las escenas del Juicio Final, donde la Virgen y Juan interceden por la humanidad. Desde el siglo XIX, el término deesis se ha aplicado exclusivamente a las imágenes de la Virgen y San Juan Bautista de pie a cada lado de Cristo con sus manos extendidas hacia él.

En el mundo ortodoxo las iglesias

Deesis con santos

tienen un muro interior que separa a los fieles del lugar santo del altar, el iconostasio, dotado de tres  puertas. Sobre la central, llamada Puerta Santa que solo puede ser usada por el sacerdote durante el servicio religioso, se sitúa en lugar preeminente el icono de Cristo acompañado de más o menos santos. Pero estos no

 juzgan, oran al rey de la gloria.

En ambos mundos, católico y ortodoxo, se utilizó la palabra deesis para describir imágenes de la Virgen María y Juan el Bautista que acompañan  a Cristo. La piedad de los primeros cristianos entendió pronto que ellos dos tenían lugares privilegiados cerca de Cristo resucitado como corresponde a los primeros testigos de la divinidad de Cristo. 

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3.-El icono

 deesis-mosaico en santa sofía, EstambulEste mosaico apareció en  Santa Sofía cuando fue restaurada a principios del S XX y data de 1261. Está considerado como un pionero para el arte bizantino en época del Renacimiento, con sus tonos suaves, la intensa humanidad y realismo emocional en los rostros de las figuras.
Cristo lleva un ejemplar cerrado de los Evangelios en su mano izquierda y la derecha hace el signo de la bendición. Su expresión suave transmite la compasión de Dios por la humanidad.

A cada lado, María y Juan vuelven sus rostros hacia Cristo en señal de adoración. Todas las imágenes muestran una profunda espiritualidad, que son reflejo de las vivencias de los habitantes de Constantinopla en aquella época. Esta "Deésis" es el más famoso de los mosaicos de Santa Sofía. 

 

Christo Pantocrator en Hagia_Sofia, EstambulEn estas imágenes siempre se suele poner el nombre de Cristo en su iniciales griegas JC (Jesous) XC (Xristós). La aureola de Cristo tiene a veces la silueta de la cruz, y en la parte superior y a los lados las letras griegas O W N (O, OMEGA, N) que significan Yo soy el que soy y que traduce la fórmula de revelación divina del libro del Éxodo (3, 14) y del Evangelio de San Juan.

 

El hecho de que Santa Sofía sea uno de los edificios más famosos del mundo -una de las siete maravillas modernas-, y la  extraordinaria calidad y belleza del icono hizo que fuese enseguida considerado como uno de los mayores tesoros del arte mundial y sigue siéndolo hoy en día. Este Cristo de la Deesis de Santa Sofía se ha convertido en una de las imágenes más conocidas en el mundo entero.

 

 

La Hagia Sofía fue construida por Constantino en el siglo IV como el templo más grande de la cristiandad. Cuando los turcos tomaron Constantinopla, Santa Sofía fue convertida en mezquita musulmana. En esta condición permaneció durante 1500 años, hasta que en la década de 1930 el Presidente Kemal Atatürk la convirtió en museo, reconociendo así la dimensión mundial de su significado cultural y la calidad extrema de su iconografía. En julio de 2021, el Presidente Erdogan ordenó su nueva trasformación en mezquita.

 

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4.-Teología del icono

 

En la carta de Pablo a los Filipenses se encuentran dos palabras que parecen expresar la idea de oración con diferentes matices. “Deesis” y “Proseuche”, son empleadas  repetidas veces por el apóstol:
Nada os preocupe; sino que, en toda ocasión, en la oración ("proseuche") y en la súplica ("deesis"), con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios”.(Fil 4, 6)
 
“Siempre en oración y súplica, orad en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con constancia, y suplicando por todos los santos.” (Ef 6, 18)
 
Todo parece indicar que Pablo utiliza estas dos palabras según la intención o circunstancias del momento. La palabra deesis para la pura oración de súplica, en la presentación a Dios de nuestras necesidades y proyectos. Y emplea la palabra proseuche según sea el sujeto a quien se dirige la súplica, pues proseuche posee una dimensión de intimidad –literalmente, de conversación "cara a cara"— entre quien suplica y la persona a quien se dirige..
El gesto de las manos es ampliamente significativo. Unas veces, como se observa en las catacumbas romanas, aparecen abiertas y extendidas al frente, en un gesto de humildad y abandono ante el Señor.

Otras, las manos de los orantes aparecen extendidas hacia el frente señalando a Cristo como única fuente de todas las gracias. Así están María y Juan en el icono de la Deesis que aparece al lado.

La extensión de estos iconos de la deesis por el mundo cristiano expresa la interiorización del valor de la oración en el pueblo cristiano. Los gestos en la liturgia (estar de pie, cantar, alzar las manos, etc.) completan con su lenguaje no verbal, lo que hablan nuestros labios. En esta gestualidad  las manos son elemento esencial de nuestra conversación-oración litúrgica. 

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5.-Oración

1. La liturgia, al poner en las Laudes de una mañana el salmo 76, quiere recordarnos que el inicio de la jornada no siempre es luminoso. Como llegan días tenebrosos, en los que el cielo se cubre de nubes y amenaza tempestad, así en nuestra vida hay días densos de lágrimas y temor. Por eso, ya al amanecer, la oración se convierte en lamento, súplica e invocación de ayuda.

Nuestro salmo es, precisamente, una imploración que se eleva a Dios con insistencia, profundamente impregnada de confianza. Más aún, de certeza en la intervención divina. En efecto, para el salmista el Señor no es un emperador impasible, retirado en sus cielos luminosos, indiferente a nuestras vicisitudes. De esta impresión, que a veces nos embarga el corazón, surgen interrogantes tan amargos que constituyen una dura prueba para nuestra fe: «¿Está Dios desmintiendo su amor y su elección? ¿Ha olvidado el pasado, cuando nos sostenía y hacía felices?». Como veremos, esas preguntas serán disipadas por una renovada confianza en Dios, redentor y salvador.

2. Así pues, sigamos el desarrollo de esta oración, que comienza con un tono dramático, en medio de la angustia, y luego, poco a poco, se abre a la serenidad y a la esperanza. Encontramos, ante todo, la lamentación sobre el presente triste y sobre el silencio de Dios (cf. vv. 2-11). Un grito pidiendo ayuda se eleva a un cielo aparentemente mudo; las manos se alzan en señal de súplica; el corazón desfallece por la desolación. En la noche insomne, entre lágrimas y plegarias, un canto «vuelve al corazón», como dice el versículo 7, un estribillo triste resuena continuamente en lo más íntimo del alma.

Cuando el dolor llega al colmo y se quisiera alejar el cáliz del sufrimiento (cf. Mt 26,39), las palabras explotan y se convierten en pregunta lacerante, como ya se decía antes (cf. Sal 76,8-11). Este grito interpela el misterio de Dios y de su silencio. (JUAN PABLO II, Audiencia general del Miércoles 13 de marzo de 2002)

Alzo mi voz a Dios gritando,
alzo mi voz a Dios para que me oiga.

En mi angustia te busco, Señor mío;
de noche extiendo las manos sin descanso,
y mi alma rehúsa el consuelo.
Cuando me acuerdo de Dios, gimo,
y meditando me siento desfallecer.

Sujetas los párpados de mis ojos,
y la agitación no me deja hablar.
Repaso los días antiguos,
recuerdo los años remotos;
de noche lo pienso en mis adentros,
y meditándolo me pregunto:

«¿Es que el Señor nos rechaza para siempre
y ya no volverá a favorecernos?
¿Se ha agotado ya su misericordia,
se ha terminado para siempre su promesa?
¿Es que Dios se ha olvidado de su bondad,
o la cólera cierra sus entrañas?»

Y me digo: «¡Qué pena la mía!
¡Se ha cambiado la diestra del Altísimo!»
Recuerdo las proezas del Señor;
sí, recuerdo tus antiguos portentos,
medito todas tus obras
y considero tus hazañas.

Dios mío, tus caminos son santos:
¿qué dios es grande como nuestro Dios? Tú, oh Dios, haciendo maravillas,
mostraste tu poder a los pueblos;
con tu brazo rescataste a tu pueblo,
a los hijos de Jacob y de José.

Te vio el mar, oh Dios,
te vio el mar y tembló,
las olas se estremecieron.

Las nubes descargaban sus aguas,
retumbaban los nubarrones,
tus saetas zigzagueaban.

Rodaba el estruendo de tu trueno,
los relámpagos deslumbraban el orbe,
la tierra retembló estremecida.

Tú te abriste camino por las aguas,
un vado por las aguas caudalosas,
y no quedaba rastro de tus huellas:

mientras guiabas a tu pueblo, como a un rebaño,
por la mano de Moisés y de Aarón.

Salmo 76

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