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Algunas consideraciones sobre el icono

6.1.-El ícono da testimonio del resultado de la Encarnación, que es la deificación del ser humano, según la experiencia de los santos. Se encuentran estas dos ideas afirmadas expresamente en la oración prescrita para la bendición de un ícono. El texto dice: "Señor Dios, Tú has creado al hombre a tu imagen, la caída la ha empañado, pero por la Encarnación de tu Cristo hecho hombre, la has restaurado y así has reestablecido a tus santos a su primera dignidad. Venerándolos, veneramos tu imagen y semejanza, y, a través de ellos, te glorificamos como su Arquetipo". Esto se relaciona con la creación del ser humano a imagen de Dios. "Si la conciencia dogmática afirma la verdad del ícono en función de la Encarnación, está condicionada por la creación del hombre "a imagen de Dios", por la estructura icónica del ser humano"(EVDOKIMOV, P., El Arte del Ícono.  Teología de la Belleza, Madrid, Ediciones Claretianas, 1991, p. 208).

6.2.-El icono presenta al prototipo iluminado con la luz tabórica, tal como está ya presente en la gloria, iluminado por la luz de Dios. No busca la representación “fotográfica” del físico de la persona, pues no es un retrato lo que hace el iconógrafo. En esa capacidad para presentarnos –a nosotros, aún en cuerpo corruptible- la incorrupción a que estamos llamados, reside el sentido del icono y de su presentación.

6.3.-La oración se hace eco de una relación única existente entre el icono y la liturgia, tal como se señala en el oficio de Vísperas de la Fiesta de la Transfiguración: "Habiendo iluminado la imagen humana que se había oscurecido, oh Creador, Tú la revelaste en el Monte de Tabor a Pedro y a los hijos del trueno. Ahora bendícenos y santifícanos, oh Señor, Tú que amas a la humanidad, por el resplandor de tu imagen purísima”.

Se trata de una relación fuertemente asentada en la fe en la comunión de los santos y en la existencia del cuerpo místico, y que se expresa en esos detalles de las iglesias ortodoxas, llenas de imágenes que cubren toda la superficie interior del templo. Si miramos la cúpula, vemos al Pantocrátor bendiciéndonos; si dirigimos la mirada hacia el fondo de la nave, el iconostasio nos embelesa con la sinfonía de Cristo, la Virgen, los apóstoles, etc. situados en diversas alturas, hasta coronar el techo; en medio del templo, el icono del santo nos recuerda la festividad del día.

6.4.-La santificación del hombre no se queda en su solo cuerpo, pues lo propio de la santidad es santificar a su portador y a lo que lo rodea. Por eso, los iconos muestran el universo santificado y enseñan, como en primicias, el mundo transfigurado que será eterno en la gloria del cielo. Ahora, en el tiempo presente,

“la creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios…. Porque sabemos que hasta hoy toda la creación está gimiendo y sufre dolores de parto.  Y no solo eso, sino que también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la adopción filial, la redención de nuestro cuerpo”. (Rm 8, 19 25)   pero se trata de una espera temporal, pues la esperanza ya se ha cumplido en Jesucristo.

Al inicio de su vida pública “se quedó en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás; vivía con las fieras y los ángeles lo servían.”(Mc 1, 13s), en un anticipo de lo que será la armonía trasfigurada del octavo día y de la que el icono nos anticipa una primicia a través de su figuración de las personas y los elementos naturales: casas, árboles, animales, astros, etc.

6.5.- “En un lenguaje que equivale a la predicación evangélica, tal como los textos litúrgicos, el ícono es portador de gracia y, además, confesión de fe. Tal como la palabra escrita puede revelar a Dios, así también la palabra plasmada en líneas y colores lo puede hacer. “Lo que la palabra comunica por sonido, lo hace el ícono en silencio”. “El contenido de la Sagrada Escritura es transmitido en el ícono no en forma de una enseñanza teórica, sino de modo litúrgico, esto es, de modo vivo, dirigiéndose a todas las facultades del ser humano. La verdad contenida en las Sagradas Escrituras es transmitida en el ícono a la luz de toda la experiencia espiritual de la Iglesia, de Su Tradición” (CRISTINE FITZURKA, Religiosidad Popular y espacio sagrado. El ícono en la teología oriental. Teología y Vida, Vol. XLIV, pág. 256).

6.6.-En ningún caso el culto al icono –o a las imágenes, en general- es un culto de adoración al icono propiamente dicho, a la imagen pintada o al prototipo representado.  El culto está dirigido en última instancia a Dios, a quien solo corresponde la adoración, pero sí se da un culto de veneración hacia el representado en la imagen, que es modelo de vida santa para nosotros y a través del cual percibimos la santidad de Dios.

6.7..-El fin de un icono no es el de decorar el salón de una casa, ni simplemente el de adornar las paredes de algún templo. Su arte no es arte religioso decorativo. Su estrecha dependencia del servicio litúrgico y su capacidad de estar presente en la oración del fiel, revelan que su fin, está relacionado con el testimonio, revelación y proclamación de la Palabra de Dios; el icono, por ser el sacramental de la presencia, es un medio privilegiado de comunión del creyente con su Dios.

El icono es una unidad de arte, cultura y liturgia, que está estrechamente vinculada con la vida de fe y oración de la Iglesia y, en definitiva, con su liturgia.