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La Natividad del Señor

 

El icono recoge todas las imágenes y profecías que en la Escritura se refieren a este acontecimiento y, en su conjunto, a toda la humanidad, que aparece situada en diferentes cuadros del icono.

Triple rayo saliendo de la esfera divina Desde el círculo superior, que representa la divinidad, sale un triple rayo que desciende directamente sobre el niño recién nacido, en un simbolismo de la presencia de la Trinidad. Las montañas.El autor ha pintado dos montañas que, partiendo de una base común, se separan en la altura. Cristo es esta montaña, que une a Dios y al Hombre en su persona única y mantiene las dos naturalezas, humana y divina.

Los magos.En el ángulo superior izquierdo figuran los populares Reyes Magos, ascendiendo la montaña y mirando al cielo donde se encuentra la estrella que los guía. Los magos representan la humanidad caída, siempre en peregrinación y búsqueda del Edén perdido, en continuo ascenso hacia Dios.

Los ángeles .En el icono, aparece en lugares y con misiones muy distintas. Un grupo, adorando al niño directamente; otro, en el ángulo superior derecho, habla con un pastor, en franco diálogo, significando la relación directa que la Natividad establece entre cada hombre y su Dios; finalmente, un tercero, parece guiar a los Magos en su búsqueda.

Los pastores.Son figuras de gran importancia en la catequesis sobre la Natividad del Señor. Representan al “pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande” (Is 9,1) y son, al mismo tiempo, los primeros destinatarios del anuncio angélico (cfr. Lc 2, 8-20). Su elección para este anuncio primero es un anticipo de la predilección de Dios por los humildes, por los que “pasaban la noche al aire libre, velando por turnos su rebaño” (Lc 2, 8).

El buey y el asno. Figuras clásicas en todo nacimiento, su presencia en el portal del belén de los hogares cristianos .Ambos son signo de Israel y de las naciones gentiles, respectivamente.

La gruta.Es signo de muerte, de pecado. Representa la oscuridad del mundo y el infierno que intenta engullir al recién nacido. Es la misma negrura, el mismo misterio del mal que aparece en el icono de Pentecostés y en el de la Resurrección/Descenso a los infiernos.

La Virgen. Rublev presenta a María recostada sobre un manto rojo, con aire de fatiga, como si el parto hubiese sido penoso, y dando la espalda al niño, como si el misterio del Verbo encarnado fuese tan impenetrable que ella se resistiese a mirarlo de frente. Aparece descansando sobre una piedra plana. Cristo es esa piedra destinada a vencer las fuerzas del mal, del dolor y del sufrimiento. No es una postura unánime entre los iconos de la Natividad del Señor. En el icono de Theofanes de Creta, la Virgen aparece de rodillas (postura más del gusto occidental), admirando a su hijo, y su manto luce las tres estrella que nos hable de su virginidad antes, durante y después del parto. En otros, es posible verla sentada, con el niño en brazos. En el icono de Theofanes, María mira al niño de frente, simbolizando la nueva realidad de que la humanidad puede mirar cara a cara a Dios -que aparece velado por la humanidad de Jesús- sin morir, superando así la relación establecida en el AT entre Moisés y Yavhé. Los brazos cruzados de María y su manto rojo son signos de su obediencia a la voluntad divina y de su amor sacrificado, respectivamente.

El niño. El Niño Jesús es el mensaje del icono y aparece en un ataúd, amortajado muy alejado de lo que cabía esperar: pañales y cuna han sido sustituido por sudario y sarcófago de madera. El mensaje parece decir que la Encarnación de Dios, al hacer suya toda la humanidad, también, asume su muerte inevitable.En algunos iconos se observa al niño recostado en un pesebre, dato que proviene de Lucas, que cita el detalle hasta tres veces. El niño en el pesebre señala la determinación de Dios por encontrar al hombre, hasta el punto de que no duda en entrar en el pesebre, en el pecado del hombre, para allí rescatarlo y darle la vida que está buscando. Desde su nacimiento se anuncia que este niño vencerá a la muerte con su Resurrección, y que el sudario que ahora lo envuelve será la señal que verán quienes se acerquen al sepulcro vacío (Cfr. Lc. 2, 13; Jn. 20,1ss).

Las mujeres lavando al niño. En el rincón inferior derecho el icono presenta a un par de mujeres que dan el primer baño al recién nacido, significando que es criatura humana, no una apariencia de ello. El árbol. El árbol que aparece en el centro del nivel inferior representa el cumplimiento de las promesas hechas a nuestros padres y realizadas en Jesucristo. Es el árbol de Jesé, el destinatario de la promesa de paz de Isaías: “Brotará un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago… “ (Is 11, 1).

San José. En la parte inferior izquierda es corriente ver a San José en figura de hombre con aspecto abatido, con su cabeza mirando hacia abajo. A su lado un pastor le habla. El peso que inclina la espalda de San José es la duda sobre la fidelidad de su prometida, María, que ha aparecido embarazada antes de haberla recibido en su casa. El pastor que le habla es el demonio. Sus dudas no son ajenas a ningún hombre, pues son las desconfianzas eternas de los hombres ante la misericordia infinita de Dios y ante la grandeza a que ha sido elevado por la encarnación de su Hijo. Es una duda que a San José se le despejará desde lo alto, (en su sueño, por un ángel) y que precisa de nuestra fe confiada para que, de manera análoga, nos pueda ser aclarada.

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El icono de la Natividad, haciéndose prólogo de lo que será un rosario de intervenciones divinas en la Historia de la Salvación, recoge en escenas repartidas por él, una vez más con imágenes, luz y color, el contenido dogmático del desarrollo cristológico de las primeras centurias, con especial hincapié en la doble naturaleza, humana y divina, del nacido en Belén y la diferente recepción del misterio por la humanidad.

El icono recoge todas las imágenes y profecías que en la Escritura se refieren a este acontecimiento y, desde luego,  sigue muy de cerca el texto evangélico y, allí donde la piedad de los fieles lo exige, se apoya en los apócrifos, pero con tal delicadeza y arte que la oración del fiel que lo contempla  se mezcla sin soluciones de continuidad con la del iconógrafo que lo ha creado.

Por ello, la contemplación del icono debería ser precedida por un rato de oración, pues no se está frente a él con criterios artísticos, aunque la austeridad en el uso de los colores -palpable para el gusto occidental-y la utilización siempre elegante del  rojo, el azul, el dorado y el marrón, ayudan a apreciar la armonía de los espacios figurativos y decorativos que  dan al icono un equilibrio visual magistral.

El icono recoge, finalmente, en su  conjunto, a toda la humanidad, que aparece situada en diferentes cuadros del icono alrededor de Cristo recién nacido, y la diferente acogida que tendrá en ella el misterio del nacimiento de Jesús, el “hijo del carpintero” (Mt 13,55).

Vamos a contemplar el icono a partir de estas escenas particulares y dejando que sus impresiones singulares vayan sumándose en nuestro corazón, para allí dar acogida a la revelación divina del misterio de la Natividad de nuestros Señor Jesucristo.

Triple rayo saliendo de la esfera divina

Desde el círculo superior, que representa la divinidad, sale un triple rayo que desciende directamente sobre el niño recién nacido, en un simbolismo totalmente claro sobre la presencia de la Trinidad en el misterio.

Las montañas

Rublev  llena de significado los montes que figuran en su icono, tanto apoyándose en el Antiguo testamento como proyectando el nuevo en él. El monte es ellugar de la revelación de la Antigua Alianza y  su cumbre era el lugar privilegiado en donde Dios manifiesta su bondad, su fuerza y su poder, incluso infundiendo terror y peligro de muerte para quien contemple su rostro, como con Moisés en el Sinaí.

En el Evangelio tenemos el monte como lugar de la teofanía del episodio de la Transfiguración. Ahora,  la montaña es más que el lugar de la revelación de Dios, es el lugar donde reside Dios, que “se hizo carne y habitó entre nosotros ” (Jn 1, 14).

El autor ha pintado dos montañas que, partiendo de una base común, se separan en la altura. Cristo es esta montaña, que une a Dios y al Hombre en su persona única y mantiene las dos naturalezas, humana y divina, sin confusión ni detrimento de una por la otra.

Cristo es la roca vista por Isaías, “En los días futuros estará firme el monte de la casa del Señor, en la cumbre de las montañas, más elevado que las colinas. Hacia él confluirán todas las naciones, caminarán pueblos numerosos, y dirán: “venid subamos al monte del Señor ” (Is 2, 2s).

Los magos

En el ángulo superior izquierdo figuran los populares Reyes Magos, ascendiendo la montaña y mirando al cielo donde se encuentra la estrella que los guía, según la profecía  de Balaán, “Avanza una estrella de Jacob y surge un cetro de Israel ”. (Num 24,17).

Popularmente se conocen como presentes de los Reyes Magos  el oro, atributo del linaje real de Jesús; el incienso, homenaje debido su divinidad;  y la mirra, signo de su humanidad y previsión de su futura pasión. Recogen estas leyendas las previsiones de Isaías: “Te cubrirá una multitud de camellos, dromedarios de Madián y de Efá. Todos los de Saba llegan trayendo oro e incienso y proclaman las alabanzas del Señor.” (Is 60, 6), y el canto del salmista:

“que los reyes de Tarsis y de las islas
le paguen tributo.
 
Que los reyes de Saba y de Arabia
le ofrezcan sus dones;
que se postren ante él todos los reyes,
y que todos los pueblos le sirvan ” (Sal 71)

 

Los magos representan la humanidad caída, siempre en peregrinación y búsqueda del Edén perdido, en continuo ascenso hacia Dios.

Los ángeles

Parece como si el acontecimiento del nacimiento de Jesús revolucionara al mundo angélico, que, en el icono, aparece en lugares y misiones muy distintas. Un grupo, adorando al niño directamente; otro, en el ángulo superior derecho,  habla con un pastor, en franco diálogo, significando la relación directa que la Natividad establece entre el cielo y la tierra, entre la humanidad y la divinidad, entre cada hombre y su Dios; finalmente, un tercero,  parece guiar a los Magos en su búsqueda.

Los pastores

Son figuras de gran importancia en la catequesis sobre la Natividad del Señor. Representan al “pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande” (Is 9,1) y son, al mismo tiempo, los primeros destinatarios del anuncio angélico (cfr. Lc 2, 8-20). Su elección para este anuncio primero es un anticipo de la predilección de Dios por los humildes, por los que “pasaban la noche al aire libre, velando por turnos su rebaño” (Lc 2, 8).

El buey y el asno

Figuras clásicas en todo nacimiento, su presencia en el portal del belén de los hogares cristianos es un símbolo extraído de la visión con que se abre el libro de Isaías: “El buey conoce a su amo, y el asno el pesebre de su dueño; Israel no me conoce, mi pueblo no comprende” (Is 1,3). Ambos son signo de Israel y de las naciones gentiles, respectivamente. Israel  es representado por el buey, tantas veces ofrecido como sacrificio en el holocausto, y el asno señala la ignorancia de las naciones paganas.

La gruta

La Natividad del Señor, Theofanes de Creta

Tanto Rublev como Theofanes de Creta sitúan la escena del niño en el centro del icono, compartiendo centralidad con la cueva oscura, de fondo negro, con la fuerza que este color tiene en el arte iconográfico. Es signo de muerte, de pecado. Representa  la oscuridad del mundo y el infierno que intenta engullir al recién nacido. Es la misma negrura, el mismo misterio del mal que aparece en el icono de Pentecostés y en el de la Resurrección/Descenso a los infiernos.

La Virgen

La Madre de Dios, es el personaje de mayor volumen, incluso del dado a Jesús recién nacido,  señalando así su cercanía  a Cristo. Una  proximidad que habla no sólo de su papel de  madre sino también de su importancia central en la realización del plan divino.

Rublev  presenta  a María recostada sobre un manto rojo, con aire de fatiga, como si el parto hubiese sido penoso, y dando la espalda al niño, como si el misterio del Verbo encarnado fuese tan impenetrable que ella se resistiese a mirarlo de frente. Ordinariamente, la Virgen no mira al Niño, sino hacia el espacio  infinito como quien considera todas las cosas extraordinarias que habían acontecido “meditándolas en su corazón” (Lc 2,19).

Aparece descansando sobre una piedra plana, que recuerda el sueño de Nabucodonosor interpretado por Daniel: “Mientras estabas mirando, una piedra se desprendió sin intervención  humana, chocó con los pies de la estatua y la hizo pedazos…Y la piedra que había desecho la estatua creció hasta hacerse una montaña enorme que ocupaba toda la tierra ” (Dan 2, 34s). Cristo es esa piedra destinada a vencer las fuerzas del mal, del dolor y del sufrimiento.

No es una postura unánime entre los iconos de la Natividad del Señor. En el icono de Theofanes de Creta, la virgen aparece de rodillas (postura más del gusto occidental), admirando a su hijo, y su manto luce las tres estrella que nos hable de su virginidad antes, durante y después del parto. En otros, es posible verla sentada, con el niño en brazos.

En el icono de Theofanes,  María mira al niño de frente, simbolizando la nueva realidad de que la humanidad puede mirar cara a cara a Dios -que aparece velado por la humanidad de Jesús- sin morir, superando así la relación establecida en el Antiguo Testamento entre Moisés y Yavhé.

La atenta mirada del rostro de la madre lo muestra triste, apenado, pero con una paz que se sobrepone a la tristeza,  paz que preludia la visión eterna de Dios, fruto último de toda esta Historia de Salvación.

Los brazos cruzados de María y su manto rojo son signos de su obediencia a la voluntad divina y de su amor sacrificado, respectivamente.

El niño

Como es obvio, el Niño Jesús es el mensaje del icono y en torno a él se han dibujado todas las figuras que aparecen, con independencia del tamaño utilizado para ellas. El niño aparece en un ataúd, amortajado. Toda esta figuración es extraordinariamente impactante, absolutamente alejada de lo que cabía esperar: pañales y cuna han sido sustituido por sudario y sarcófago de madera.

El mensaje se recibe claramente y parece decir que la Encarnación de Dios, al hacer suya toda la humanidad, también, asume su muerte inevitable. La imagen del niño amortajado en su lecho funerario y la mirada triste de la madre parecen indicar  que, más que un hombre mortal, ha nacido un hombre para la muerte. Esa realidad, que se impone como “una espada de dolor en el alma” (cfr. Lc 2, 35)  de la Virgen, traspasa su peso de losa al espectador que ora con el icono.

En algunos iconos se observa al niño recostado en un pesebre, dato que proviene de Lucas, que cita el detalle hasta tres veces (Lc 2,7.12.16 ), y que da lugar a una muy bella exégesis a partir del hecho de que el pesebre es el lugar donde comen los animales. Cuando la primera pareja fue expulsada del Edén “Dios hizo túnicas de piel para Adán y su mujer, y los vistió” (Ge 3, 21). Desde entonces, el hombre vive su cuerpo de forma animal, viviendo asustado por la muerte. El miedo a morir le hace estar en continua búsqueda de autosalvación, siempre buscando el árbol de la vida que le haga otro Dios. Ésta es la búsqueda de su pesebre, lugar donde el animal encuentra el alimento y el hombre busca su salvación. Para cada hombre el pesebre es su pecado más habitual, donde vuelve una y otra vez confiando que en alguna ocasión encontrará la vida.

El niño en el pesebre señala la determinación de Dios por encontrar al hombre, hasta el punto de que no duda en entrar en el pesebre, en el pecado del hombre, para allí rescatarlo y darle la vida que está buscando. Desde su nacimiento se anuncia que este niño vencerá a la muerte con su Resurrección, y que el sudario que ahora lo envuelve será la señal que verán quienes se acerquen al sepulcro vacío (Cfr. Lc. 2, 13; Jn. 20,1ss).

Las mujeres lavando al niño

En el rincón inferior derecho el icono presenta a un par de mujeres que dan el primer baño al recién nacido, figuración con profundo designio teológico. El recién nacido es criatura humana, no una apariencia de ello, y su necesidad de limpieza y cuidado del cordón umbilical hace no solo necesaria la presencia de dos parteras alrededor de la parturienta, sino que indica sin lugar a dudas la relación carnal y fisiológica que unía al niño con su madre.

El árbol  que aparece en  el centro del nivel inferior representa el cumplimiento de las promesas hechas a nuestros padres y realizadas en Jesucristo. Es el árbol de Jesé, el destinatario de la promesa de paz de Isaías:“Brotará un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago… “ (Is 11, 1).

San José

En la parte inferior izquierda es corriente ver a San José en figura de hombre con aspecto abatido, con su cabeza mirando hacia abajo. A su lado un pastor le habla. El peso que inclina la espalda de San José es la duda sobre la fidelidad de su prometida, María, que ha aparecido embarazada antes de haberla recibido en su casa. El pastor que le habla es el demonio.

Sus dudas no son ajenas a ningún hombre, pues son las desconfianzas eternas de los hombres ante la misericordia infinita de Dios y ante la grandeza a que ha sido elevado por la encarnación de su Hijo. Es una duda que a San José se le despejará desde lo alto, (en su sueño, por un ángel) y que precisa de nuestra fe confiada para que, de manera análoga, nos pueda ser aclarada.