rezarconlosiconos

Muerte y resurrección del Señor

Icono de la muerte y resurrección del Señor

 

Tú, espectador, eres el cuarto personaje que completas la escena pintada por Rublev en el encinar de Mambré.

 

volver

En Getsemaní se hace historia humana el coloquio divino que tan bien reflejara Rublev en su icono La Trinidad.  Allí, el cáliz con los pecados del mundo es puesto en la mesa-altar por Dios Padre y ofrecido al Hijo, bajo la mirada conmovida del Espíritu Santo.

En la contemplación del icono de La Trinidad, de Rublev, veíamos que lo que el Padre  pedía al Hijo era su encarnación en la historia humana, no tanto para eliminar el sufrimiento traído por el pecado, como para compartirlo con el hombre.  La crucifixión de Cristo ilumina un poco el misterio del sufrimiento de los inocentes, aunque sea con una luz paradójica, pues ante ello no cabe sino decir que Dios es “débil”. No con una debilidad que afecte a su omnipotencia, sino débil en su Amor crucificado.

En Getsemaní, la humanidad del Hijo se estremece ante la magnitud del pecado que debe cargar sobre sus hombros y grita “«Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú» (Mt 26, 39)”, pero sabe bien cuál es la contestación que se encierra en el silencio divino, como acaba de confesárselo  a Pilato:  “Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad” (Jn 18, 37).

En aquel coloquio divino se determinaron los roles trinitarios en la Historia de la Salvación: “El Padre es el Amor que crucifica; el Hijo es el Amor crucificado; y el , Espíritu Santo es la fuerza invencible de la Cruz”,  según definición del Patriarca Philarète, de Moscú.

La Crucifixión de Cristo es participada, a su modo, por cada divina persona y el misterio de Dios se hace más incomprensible aún al ver cómo el Dios de la historia se hace Dios en la historia. La crucifixión lleva la realidad del sufrimiento al interior de la Trinidad. El grito de “Elí, Elí, lemá sabaqtaní (es decir:«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?)»(Mt 27, 46) se dirige también al “al Señor y dador de vida”, que abandona al Hijo igual que el Padre lo ha abandonado.

El Espíritu Santo, que procede del amor mutuo del Padre y del Hijo, parece rehusar en ese instante su origen, y el dolor de este necesario abandono es su forma de sumarse al sacrificio del Hijo, unirse a su cruz y hacerse, así, garante de la victoria final de la Cruz.

Una dimensión que sobresale en el drama de la Pasión es la tremenda soledad con que debe afrontarla Cristo y que, de alguna manera, ya ha sido anticipada por sus tipos veterotestamentarios. Abrahán  debe ofrecer su hijo único sin ninguna garantía que condicionara la petición o mitigara el drama de su decisión libre y abandonada a la sola voluntad divina. El destino de los profetas  tiene  una dimensión trágica

“otros fueron torturados hasta la muerte, rechazando el rescate, para obtener una resurrección mejor. Otros pasaron por la prueba de las burlas y los azotes, de las cadenas y la cárcel; los apedrearon, los aserraron, murieron a espada, rodaron por el mundo vestidos con pieles de oveja y de cabra, faltos de todo, oprimidos, maltratados  el mundo no era digno de ellos , vagabundos por desiertos y montañas, por grutas y cavernas de la tierra. Y todos estos, aun acreditados por su fe, no consiguieron lo prometido”  (Hb 11, 35-39),

precisamente por esta falta de garantías sobre el resultado de la misión que Dios le encarga.

La agonía de Jesús en Getsemaní

Jesús sabe que es libre cuando el momento de la decisión definitiva llega en Getsemaní. Siente el peso de su libertad y el peso de su soledad. Y es la tensión entre, por un lado, el rechazo instintivo de su cuerpo al dolor y de todo su ser a la espantosa visión del pecado de la humanidad con que cargaba; y, por otro, su amor al Padre y su deseo de que se cumpla su voluntad, lo que provoca su angustia y su sudor de sangre.

Para ser verdaderamente humana, la decisión debe ser humanamente libre y al ser el hombre creado a imagen y semejanza de Dios, los imprevisibles derroteros que elija  su libertad deben ser libres; tan libres que deben ser  imprevisibles para Dios mismo.

Por eso, en cada hombre Dios corre una aventura. Con cada hombre Dios hace una alianza y nada mitiga, ni para el hombre ni para Dios, los riesgos de la libertad humana. Nada debilita en el hombre  esa soledad, que en última instancia supone la falta de garantías. La voluntad de Dios debe ser hecha  sin garantía final alguna… y Cristo lo sabe y se pregunta amargamente si su sacrificio servirá para algo: “Pero, cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?». (Lc 18, 8).

En una tensión semejante a esa,  tensión entre el primer Adán y el nuevo Adán, entre el hombre viejo y el hombre nuevo, nos encontramos todos y no podemos eludir responder a la radicalidad del planteamiento, porque “donde está tu tesoro, allí estará tu corazón.” (Mt 6, 21). Elección necesaria para cada hombre,  porque aunque la salvación ya ha sido objetivamente realizada por Cristo, es preciso asumirla personalmente, conforme a la afirmación de San Agustín: “'Dios que te ha creado sin contar contigo, no te salvará sin ti” (Sermo CLXIX, 13).

Descenso a los infiernos y redención

Icono de Cristo en su descenso a los infiernos

Hablando san Pablo de Cristo –posiblemente  ante un icono del “Descenso a los Infiernos”- dice: “Notad que tiende una mano a los hijos de Abrahán, no a los ángeles. Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote misericordioso y fiel en lo que a Dios se refiere, y expiar los pecados del pueblo” (Hb 2, 16s).

Pero Cristo, que ha dicho “para eso he venido yo al mundo” en el interrogatorio de Pilato no termina su misión con el hecho puro de la crucifixión. Él “muere para algo”.

Las Iglesias Ortodoxa y Católica tienen distintas maneras de entender la salvación llevada a cabo en la cruz:

Para la Iglesia Ortodoxa, la encarnación del Verbo divino persigue restaurar al hombre a la situación anterior al pecado de Adán, recuperar la imagen y semejanza con Dios perdida en el Edén, y busca como meta de la vida la divinización del hombre hecha posible por la humanización del Verbo.

Es la doble promesa de la Alianza Nueva, eliminar el pecado, como aspecto negativo de la promesa, e implantar un nuevo corazón, según la profecía de Ezequiel, como aspecto positivo.

Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará: de todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar; 26 y os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne (Ez 36, 25-27).

Para la Iglesia Católica, el Hijo se hace hombre para redimir a la humanidad como nuevo Adán y satisfacer al Padre por la ofensa del pecado original. Pone el énfasis en la búsqueda personal de la santidad.

La disputa con el pelagianismo hizo que desde san Agustín,el aspecto negativo de liberación del pecado original siempre haya prevalecido sobre aquel positivo del don del Espíritu Santo

Como consecuencia, Oriente ha expresado en sus iconos la necesaria relación que hay entre la redención y liberación de las consecuencias que el pecado de Adán trajo sobre la humanidad, y el Descenso a los Infiernos de Cristo. Y, simultáneamente, las consecuencias de esa liberación sobre todos y cada uno de los hombres y mujeres, desde Adán y Eva, hasta la última pareja de la historia por venir.

Entierro de Cristo

En especial, se hacía necesario sanar la más notable y definitiva de esas consecuencias:  la muerte, su dominio ineludible sobre la creación, la corrupción inevitable y universal del cuerpo, el fin de la vida.

El poder de la muerte radica en su autonomía, en su acción independiente de cualquier influjo o componenda. Llega sin condiciones ajenas a ella misma. Pero Cristo, que ha asumido todo lo humano, ha asumido también su muerte o, mejor dicho, asume la muerte que entró en el mundo por el pecado. La muerte de Cristo no puede ser el débito de un pecado que Él no ha padecido, no es la consecuencia de una fugacidad inherente a todo lo creado tras el pecado de Adán. Es una “muerte voluntaria”,  una entrega libre de la propia vida ofrecida a Dios como reparación de aquella ofensa inicial: es un hombre nuevo para una humanidad nueva.

En su abandono total en manos del Padre, en su sacrificio por los pecados del mundo, no sólo ofrece su muerte, sino también la muerte misma, que persigue a la humanidad como la gran victoria de Satanás sobre Adán. Y, por ello, al morir en la cruz muere con él la propia realidad de la muerte, la consecuencia terrible de un pecado ya redimido.

Por eso, muerta la muerte, “Dios lo resucitó, librándolo de los dolores de la muerte, por cuanto no era posible que esta lo retuviera bajo su dominio”, (Hch 2, 24) y su alma vuelve a unirse por la acción del Padre que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria” (1Pe 1, 21). Ver este triunfo final de Cristo es lo que hace exclamar a Pablo “Muerte, ¿dónde está tu victoria?”.

La aceptación por el Padre de esta entrega sacrificial voluntaria genera una  nueva alianza y como consecuencia la “muerte de la muerte”,  y se hace realidad la oración sacerdotal de Cristo: “Yo te he glorificado sobre la tierra, he llevado a cabo la obra que me encomendaste. Y ahora, Padre, glorifícame junto a ti, con la gloria que yo tenía junto a ti antes que el mundo existiese.” (Jn 17, 4s).  

La necesaria dimensión temporal del hombre obliga a pensar el misterio de la muerte y resurrección de Cristo en términos procesuales, como si la secuencia del  Credo:

“Creo en Jesucristo…,  que padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado; descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos; subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios, Padre todopoderoso”.

fijase los acontecimientos de aquellos días como hechos sucesivos, sujetos al paso del tiempo y de las horas.

No ha sido así, ni podemos conocer cómo se produjo el evento más extraordinario de la historia. La Iglesia Oriental no lo refleja directamente en su iconografía y la Católica canta en su Pregón Pascual: ¡Oh noche maravillosa, tú sola conociste la hora  en que Cristo resucitó! 

Los iconos de la Resurrección

La iconografía oriental se acerca al misterio de la resurrección a través de dos iconos en todo diferentes: con el Descenso a los infiernos y con la declaración angélica a las mujeres miróforas“Él no está aquí. Ha resucitado

Uno de ellos, el Descenso a los infiernos da cuenta de la ruptura de las puertas del Sheol por la fuerza de Cristo resucitado y la consiguiente liberación de los justos que esperaban este momento, comenzando por Adán y Eva.

El otro se hace eco de las escenas evangélicas que relatan cómo las mujeres miróforas, que portaban hasta el sepulcro los ungüentos y aceites aromáticos con el que mostrar su último gesto de amor hacia el maestro, reciben el anuncio del ángel: “Él no está aquí. Ha resucitado

El hecho concreto de su pasión y muerte en cruz, sucesos de los que sí cabe afirmar su historicidad en el tiempo, serán  expuestos a través de los iconos de la Crucifixión, descenso de la cruz y entierro de Jesús, que se contempla en la página señalada.

Confiamos que todas ellas ayuden al visitante a rezar ante el misterio de nuestra fe y a elevar una oración agradecida a la Trinidad Santísima, donde “El Padre es el Amor que crucifica; el Hijo es el Amor crucificado; y el  Espíritu Santo es la fuerza invencible de la Cruz”,