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El ángel El personaje central del icono es el ángel que por sus dimensiones, su protagonismo en el relato y el mismo gesto decidido domina la escena. Está sentado sobre la piedra que cubría el sepulcro, mientras mira a las mujeres y señala con su mano la mortaja que permanece en el sepulcro vacío. Su atuendo, túnica dorada cubierta con manto blanco, habla de su cercanía a la divinidad y da autoridad suplementaria a sus palabras

Las mujeres Portadoras de ungüentos y myron, portadoras de aromas y esencias, llegan las mujeres miróforas empujadas por el amor a Jesús hasta el lugar donde José de Arimatea y algunos discípulos colocaron al crucificado. En sus rostros tensos y con gestos de abatimiento, se adivinan las dificultades que pensaban que deberían vencer: retirar una pesada losa y, quizás, vencer la resistencia de la guardia romana.

El sepulcro El mensaje que envía el icono es inequívoco y, así, las vendas y mortajas testimonian, con su distinción entre los sudarios del cuerpo y de la cabeza, la verdad de las palabras del ángel. “no está aquí”.

La guardia romana En el icono de la derecha aparece la guardia colocada por Poncio Pilatos a petición de las autoridades religiosas judías. Es una escena del gusto de la iconografía occidental cuando dibuja la Resurrección. Suele figurar en algunos iconos, apareciendo siempre dormida, tal como divulgaron los soldados a petición de las autoridades religiosas.

 

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Las miróforas

En la Iglesia Oriental hay otro icono diferente al de la Bajada al Infierno para reflejar el misterio de la resurrección de Cristo. Es el icono de las mujeres Miróforas, las portadoras de los ungüentos –myron- que son el último gesto de amor al difunto. Han llegado al pie del sepulcro tras el final del sábado y son los primeros testigos del sepulcro vacío.

Dentro de los iconos que recogen los primeros anuncios de  la resurrección a las mujeres se incluye los que se hacen eco de la aparición del resucitado a María Magdalena, los conocidos iconos “noli me tangere”, el “no me toques” que Cristo bajo la apariencia de jardinero dice a María Magdalena.

Son mujeres los primeros destinatarios del anuncio evangélico “Jesús Nazareno no está aquí. Ha resucitado. Mirad el lugar donde estuvo su cuerpo”. Son, a la vez que portadores de ungüentos y aromas, portadoras de la buena nueva de la resurrección de Jesucristo.

Este hecho singular hace que la dignidad de la mujer sea realzada en la Iglesia Oriental con tres bellos nombres a ellas dirigidos: miróforas, evangelistas e isapóstolas. Miróforas, como “portadoras de myron”, el ungüento perfumado con que se cubrían los cadáveres en la sepultura; evangelistas, por su papel de portadoras del Evangelio, de la buena nueva de Cristo resucitado, núcleo del kerigma; y, finalmente, isapóstolas, es decir, “igual a los apóstoles”, pues fueron discípulas de Jesús, le siguieron en vida, son enviadas a anunciarlo y pueden decir, a semejanza de san Pablo, que  Cristo resucitado ha salido a su encuentro

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LA ESCENA

La escena y los personajes son siempre los mismos. Un grupo de mujeres portando los frascos con las esencias perfumadas; un ángel vestido de blanco sentado que se dirige a ellas con el gesto; el sepulcro abierto y la mortaja suelta, sin el cuerpo que debería amortajar.

Esta representación es la imagen más antigua de la Pascua y recoge un hecho histórico muy concreto de la vida de Jesús resucitado.

De forma paralela se ha extendido el icono que recoge el encuentro de la Magdalena con Jesús resucitado, el icono "noli me tangere" con una figuración siempre igual: Cristo con su cuerpo resucitado no es reconocido por María que se dirige a él suplicante y Jesús que le dice "no me toques" . La escena suele recogerse en un campo cercano al sepulcro, sin faltar en un segundo plano la visión de éste y la mortaja caída en el suelo.

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TEXTO EVANGELICO

El soporte escriturístico del icono se encuentra en los relatos evangélico de la Resurrección:

“Pasado el sábado, María Magdalena, María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús.  Y muy temprano, el primer día de la semana, al salir el sol, fueron al sepulcro. Y se decían unas a otras: « ¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?». 4 Al mirar, vieron que la piedra estaba corrida y eso que era muy grande.  Entraron en el sepulcro y vieron a un joven sentado a la derecha, vestido de blanco. Y quedaron aterradas. Él les dijo: «No tengáis miedo. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? Ha resucitado. No está aquí. Mirad el sitio donde lo pusieron.  Pero id a decir a sus discípulos y a Pedro: “Él va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis, como os dijo”». Ellas salieron huyendo del sepulcro, pues estaban temblando y fuera de sí. Y no dijeron nada a nadie, del miedo que tenían” (Mc 16, 1-8).

"Estaba María fuera, junto al sepulcro, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús. Ellos le preguntan: «Mujer, ¿por qué lloras?». Ella les contesta: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto».  Dicho esto, se vuelve y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús.  Jesús le dice: «Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?». Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré».  Jesús le dice: «¡María!». Ella se vuelve y le dice: «¡Rabboni!», que significa: «¡Maestro!». Jesús le dice: «No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, anda, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro”». María la Magdalena fue y anunció a los discípulos: «He visto al Señor y ha dicho esto». (Jn 20,11 18).

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EL ICONO

El ángel

Las mujeres miróforas ante la tumba vacía

El personaje central del icono es el ángel que por sus dimensiones, su protagonismo en el relato y el mismo gesto decidido domina la escena. En este icono está sentado sobre la piedra que cubría el sepulcro, mientras mira a las mujeres y señala con su mano la mortaja  que permanece en el sepulcro vacío. Su atuendo, túnica dorada cubierta con manto blanco, habla de su cercanía a la divinidad y da autoridad suplementaria a sus palabras:

«No tengáis miedo. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? Ha resucitado. No está aquí. Mirad el sitio donde lo pusieron» (Mc 16:6). 

Las mujeres

Portadoras de ungüentos y myron, portadoras de aromas y esencias, llegan las mujeres miróforas empujadas por el amor a Jesús hasta el lugar donde José de Arimatea y algunos discípulos colocaron al crucificado. En sus rostros tensos y con gestos de abatimiento, se adivinan las dificultades que pensaban que deberían vencer: retirar una pesada losa y, quizás,  vencer la resistencia de la guardia romana. Sin embargo, reciben un mensaje sorprendente de un no menos sorprendente personaje: “ No tengáis miedo. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? Ha resucitado. No está aquí. Mirad el sitio donde lo pusieron"

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 El sepulcro

Los iconos presentes muestran sarcófagos de estilo correspondiente a tiempos muy posteriores al hecho histórico que recogen los Evangelios.  La piedra que sella la última morada no es circular para tapar una cueva, sino una pesada losa que cierra el habitáculo del sepulcro.  Pero el mensaje que envía el icono es único y, así, las vendas y mortajas testimonian, con su distinción entre el sudario del cuerpo y el de la cabeza, la verdad de las palabras del ángel: “no está aquí”. 

La guardia romana.

En el icono de la derecha aparece la guardia colocada por Poncio Pilatos a petición de las autoridades religiosas judías. Es una escena del gusto de la iconografía occidental cuando dibuja la Resurrección.

Aparece dormida, tal como divulgaron los soldados a petición de dichas autoridades: “Mientras las mujeres iban de camino, algunos de la guardia fueron a la ciudad y comunicaron a los sumos sacerdotes todo lo ocurrido. Ellos, reunidos con los ancianos, llegaron a un acuerdo y dieron a los soldados una fuerte suma,  encargándoles: «Decid que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo mientras vosotros dormíais»(Mt 28, 11-14).

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LA FIESTA

La Iglesia Ortodoxa  celebra la memoria de las mujeres miróforas,  que al ir a dar los últimos cuidados a Jesús fueron las primeras en tener noticias de sus resurrección cantando este preciso tropario:

 El Noble José habiendo bajado Tu Cuerpo Purísimo del madero,
lo ungió con aromas, lo envolvió en un fino lino,
y lo depositó en un sepulcro nuevo.

Cuando descendiste a la muerte, oh Vida Inmortal,
Mataste al Hades con el rayo de Tu Divinidad.
Y cuando levantaste a los muertos del fondo de la tierra
todas los potestades celestiales clamaron.
Oh Dador de Vida, Cristo Dios, Gloria a Ti.

El ángel que estaba junto al sepulcro dijo a las Miróforas:
La mirra es apta para los muertos,
pero Cristo se ha mostrado libre de corrupción.

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LA LITURGIA

Icono de las Miroforas ante el sepulcro vacío, deKiko Argüello

La Iglesia Oriental  dedica el tercer domingo de la Pascua a las mujeres miróforas, los primeros testigos  de la Resurrección cuando acudieron solícitas a cuidar el cuerpo de Cristo en su sepulcro. La Resurrección de Jesús está el centro y la roca en que se apoya, nuestra fe. 

La Iglesia Ortodoxa lo canta así:

Día de la Resurrección.

Resplandezcamos de gozo en esta fiesta.
Abracémonos, hermanos, mutuamente.
Llamemos hermanos nuestros incluso a los que nos odian.

Perdonemos todo por la Resurrección
y cantemos así  nuestra alegría:

Cristo ha resucitado de entre los muertos,
con su muerte ha vencido la muerte
y a los que estaban en los sepulcros
les ha dado la vida.

La Iglesia Católica celebra el lunes de Pascua el llamado “Lunes del Ángel”, que recibe ese nombre porque fue precisamente un ángel quien, en el sepulcro, anunció a las mujeres que llegaron hasta allí que el Señor Jesús había resucitado. San Juan Pablo II, en 1994, lo explicaba, diciendo: “¿Por qué se le llama así?”-se preguntaba el Pontífice, poniendo en evidencia la necesidad de destacar la figura de aquel ángel, que dijo desde lo más profundo del sepulcro: “Ha resucitado”-. "Estas palabras “eran muy difíciles de pronunciar, de expresar, para una persona humana. También las mujeres que fueron al sepulcro lo encontraron vacío, pero no pudieron decir: Ha resucitado, sólo afirmaron que el sepulcro estaba vacío. El ángel dice más: no está aquí, ha resucitado”. 

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REFLEXION TEOLOGICA

Dentro de todos los hechos memorables  sucedidos alrededor de la Resurrección de Cristo, éste protagonizado por un grupo de tímidas mujeres destaca por sus valores propios. No hubiera sido posible sin el discipulado previo que supuso el seguimiento de Jesús durante los años de su vida pública; sin la capacidad de amar propia de las mujeres; sin la ternura de su corazón, que las lleva a desear amortajar con ungüentos perfumados el cuerpo amado; sin la honda valentía que las lleva hasta el sepulcro, mientras el  miedo a las autoridades mantenía encerrados a los apóstoles.

Siempre será una mirófora toda discípula del Señor. Desde las grandes mujeres fundadoras de órdenes religiosas, hasta la más humilde de las mujeres cristianas, su anuncio de “Cristo ha resucitado” será siempre un eco del mensaje angélico recibido, en primer lugar, por mujeres como ellas; en  su cuidado de niños, enfermos, ancianos, emigrantes, abandonados... , siempre portarán el ungüento reparador y perfumado de su amor, como aquellas mujeres que el primer día de la semana se acercaron al sepulcro.

Las miróforas hicieron algo políticamente incorrecto al dirigirse al sepulcro custodiado por la guardia romana de Poncio Pilatos, sin el temor a las crítica o alas autoridades, temor a un peligo evidente, como mostraba los mismos sucesos que habían llevado a su maestro a la cruz, o que tenía enclaustrados a los apóstoles.

Podemos preguntarnos ¿qué las animaba? ¿qué fuerza superaba su temor?, porque amar, todos amamos en mayor o menor grado. Pero amar como pide el Evangelio, amar a los otros como Cristo nos ha amado exige mucha audacia, mucha parresía.

El motor de esa energía es la fe. “La fe es fundamento de lo que se espera, y garantía de lo que no se ve”.(He 11, 1). Esa fe, despertada en los campos de Galilea escuchando al maestro y cimentada en el amor a quien prometía la vida eterna, es capaz de vencer las enfermedades, como ellas recordaban haber visto en numerosos signos milagrosos, y de mover montañas, como afirmaba Jesús.

Hoy es el Espíritu Santo el que nos revela a Cristo y quien alimenta nuestra fe bautismal. Es el Espíritu enviado por Cristo quien nos trae el amor de Jesús a nuestras vidas y quien nos da fuerza y parresía para hacer lo políticamente incorrecto en nuestros días, por ejemplo: defender la vida desde la concepción a su término natural; defender la familia fundada sobre la unión esponsal de un hombre y una mujer; afirmar la existencia de la verdad y el bien moral objetivos; y exigir el ejercicio del derecho a la libertad religiosa y la neutralidad del Estado en esta materia, son algunas dimensiones de la vida que están necesitando la iluminación cristiana y el anuncio del ángel: “No está aquí. Ha resucitado” a un pueblo que ha apostasiado de facto de la fe de sus mayores.

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