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La última cena

El jueves santo los cristianos celebramos la última cena pascual del Señor. Fue una tarde esperada con ansia por Jesús, como él mismo diría, y vivida con apresuramiento, como si quisiera terminar muchas cosas que le quedaban por hacer y que los inminentes sucesos de esa misma noche pudieran impedirlo.
En esa noche de vértigo, Jesús dispone su modo de permanecer siempre entre nosotros: la Eucaristía; da una última y suprema lección magisterial: lava los pies a sus discípulos; asegura la continuidad de su sacerdocio en la tierra: crea el sacramento del  sacerdocio ministerial; declara el nuevo mandamiento de su ley: “amaros los unos a los otros como yo os he amado. En eso conocerán que sois mis discípulos”; finalmente, les deja su testamento espiritual en los largos discursos de despedida del evangelio de Juan (caps 13ss).
 
En esta página vamos a contemplar los dos primeros hechos tal como los recoge la iconografía cristiana:
 
1.La institución de la Eucaristía
2.El lavatorio de los pies de los discípulos
3.Cómo fue la cena de Jesús
 
1.- LA INSTITUCIÓN DE LA EUCARISTÍA
 
La última cena, Monte Athos "Y cuando llegó la hora, se sentó a la mesa y los apóstoles con él  y les dijo: «Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer, porque os digo que ya no la volveré a comer hasta que se cumpla en el reino de Dios».  Y, tomando un cáliz, después de pronunciar la acción de gracias, dijo: «Tomad esto, repartidlo entre vosotros; porque os digo que no beberé desde ahora del fruto de la vid hasta que venga el reino de Dios». Y, tomando pan, después de pronunciar la acción de gracias, lo partió y se lo dio, diciendo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía».  Después de cenar, hizo lo mismo con el cáliz, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros»" (Lc22, 14-21).
 
La última cena, Kiko ArguelloY, en el Evangelio de Mateo:
"Mientras comían, Jesús tomó pan y, después de pronunciar la bendición, lo partió, lo dio a los discípulos y les dijo: «Tomad, comed: esto es mi cuerpo». Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias y dijo: «Bebed todos;  porque esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados.  Y os digo que desde ahora ya no beberé del fruto de la vid hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre»" (Mt 26, 26-29).
 
Hecho que Pablo, como nosotros, ha recibido de la tradición apostólica:
"Porque yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía».  Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía». Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva". (1Co 23-26).
 
¿Cuál es  la esencia de esta cena? 
Son los gestos de la fracción del pan, de su distribución a los suyos, y el compartir el cáliz de vino con las palabras que los acompañan, y en el contexto de oración en los que se colocan: es la institución de la Eucaristía, que es la gran oración de Jesús y de la Iglesia. 
 
 En primer lugar, las tradiciones del Nuevo Testamento de la institución de la Eucaristía (cf. 1 Co 11:23-25, Lc 22, 14-20, Marcos 14:22-25, Mateo 26:26-29), indican que la oración que introduce los gestos y las palabras de Jesús sobre el pan y el vino, usan dos verbos paralelos y complementarios. Pablo y Lucas hablan de la Eucaristía / acción de gracias: “tomó el pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos”, dice Lucas (Lc 22,19).
 
Marcos y Mateo, en cambio, subrayan el aspecto: “Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos” (Mc 14:22). Los dos términos griegos eucaristeìn y eulogein se refieren a la berakha judía, es decir, a la gran oración de acción de gracias y bendición de la tradición de Israel, que inauguraba las grandes fiestas. Las dos distintas palabras griegas indican las dos direcciones intrínsecas y complementarias de esta oración. La berakha, de hecho, es ante todo acción de gracias y alabanza que se eleva a Dios por el don recibido: en la Última Cena de Jesús, se trata del pan -elaborado del trigo que Dios hace germinar y crece de la tierra – y del vino producido a partir del fruto de la vid madurada.
 
 Esta oración de alabanza y acción de gracias, que se eleva a Dios, vuelve como una bendición, que desciende de Dios sobre el don y lo enriquece. Dar gracias, alabar a Dios se convierte así en bendición, y la ofrenda dada a Dios vuelve al hombre bendecida por el Omnipotente.
 
Las palabras de la institución de la Eucaristía se ubican en este contexto de oración; en ellas la alabanza y la bendición de la berakha se convierten en bendición y transformación del pan y del vino en el Cuerpo y Sangre de Jesús.
 
Antes de las palabras de la institución vienen los gestos: el de partir el pan y el de ofrecer el vino. Quien parte el pan y pasa el cáliz es el cabeza de familia, que acoge en la mesa a los familiares, pero estos gestos son también de hospitalidad, de acogida a la comunión del convite del extranjero que no forma parte de la casa. Estos mismos gestos, en la cena con la que Jesús se despide de los suyos, adquieren una profundidad totalmente nueva: Él ofrece un signo visible de la acogida a la mesa en la que Dios se dona. Jesús en el pan y en el vino se ofrece y se comunica a Sí mismo.
 
¿Pero cómo puede llevarse a cabo todo esto? ¿Cómo puede Jesús, en aquel momento ofrecerse a sí mismo? Jesús sabe que perderá la vida a través del suplicio de la cruz, la pena capital de los hombres que no son libres, la que Cicerón definía la mors turpissima crucis. Con el don del pan y del vino que ofrece en la Última Cena, Jesús anticipa su muerte y resurrección llevando a cabo lo que había dicho durante el discurso del Buen Pastor: “El Padre me ama porque yo doy mi vida para recobrarla. Nadie me la quita, sino que la doy por mí mismo. Tengo el poder de darla y de recobrarla: este es el mandato que recibí de mi Padre». (Jn 10, 17-18). 
 
Por lo tanto Él ofrece de antemano la vida que le será quitada y de esta forma transforma su muerte violenta en un acto libre de donación de sí mismo por los demás y para los demás. La violencia sufrida se transforma en un sacrificio activo, libre y redentor.
 
Una vez más en la oración, iniciada según las formas rituales de la tradición bíblica, Jesús muestra su identidad y la determinación para cumplir hasta el final su misión de amor total, de ofrecimiento en obediencia a la voluntad del Padre. La profunda originalidad de la donación de sí mismo a los suyos, a través del memorial eucarístico, es el culmen de la oración que distingue la cena de adiós con los suyos. Contemplando los gestos y las palabras de Jesús esa noche, vemos claramente que la relación íntima y constante con el Padre es el lugar en el que Él realiza el gesto de dejar a los suyos, y a cada uno de nosotros, el Sacramento del amor, el «Sacramentum caritatis». 
 
En el Cenáculo, en dos ocasiones resuenan las palabras: “Hagan esto en memoria mía” (1Cor 11,24.25). Con el don de sí mismo, Él celebra su Pascua, convirtiéndose en el verdadero Cordero que hace que se cumpla todo el culto antiguo. Por esta razón San Pablo hablando a los cristianos de Corinto afirma: «Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado. Celebremos, entonces, nuestra Pascua,… con los panes sin levadura de la pureza y la verdad » (1 Cor 5,7-8).
El evangelista Lucas ha conservado un ulterior elemento precioso de los acontecimientos de la Última cena, que nos permite observar la conmovedora profundidad de la oración de Jesús por los suyos aquella noche, la atención individual. Partiendo de la oración de agradecimiento y de bendición, Jesús alcanza el don eucarístico, el don de Sí mismo, y mientras dona la realidad sacramental decisiva, se dirige a Pedro. Al final de la cena le dice: «Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido poder para zarandearlos como el trigo, pero yo he rogado por ti, para que no te falte la fe. Y tú, después que hayas vuelto, confirma a tus hermanos». (Lc 22,31-32). La oración de Jesús, cuando se acerca la prueba también para sus discípulos, sostiene su debilidad, su incapacidad de comprender que el camino de Dios pasa por el Misterio pascual de muerte y resurrección, anticipado en la oferta del pan y del vino. La Eucaristía es alimento de los peregrinos que también se convierte en fuerza para quien está cansado, extenuado y desorientado. Y particularmente la oración es para Pedro, porque, una vez convertido, confirme a los hermanos en la fe. El evangelista Lucas recuerda que precisamente fue la mirada de Jesús la que buscó el rostro de Pedro en el momento en el que había terminado de negarle tres veces, para darle la fuerza de retomar el camino tras de Él: «En ese momento, dice San Lucas, cuando todavía estaba hablando Pedro, cantó el gallo. El Señor, dándose vuelta, miró Pedro. Este recordó las palabras que el Señor le había dicho» (Lc 22,60-61).(De la catequesis de Benedicto XVI sobre la última cena del Señor)

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