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La ascensión del Señor


Véanse las dos mitades del icono, la superior representa el cielo, donde se encuentra Cristo resucitado y glorioso, señor del universo, del cual irradian rayos de Gracia en todas direcciones, mientras los ángeles que le rodean cantan “Santo, santo, santo”. La parte inferior es la zona terrestre, que acoge a los apóstoles agrupados alrededor de la Virgen. Representan a la Iglesia, reunida siempre con su madre, la Virgen María.

Las figuras de ambos grupos recuerdan la tensión “acción-contemplación” en que vive la Iglesia: el grupo de la izquierda mira al cielo, gesticula, da muestras de la viveza necesaria a la acción apostólica; el de la derecha tiene figuras más circunspectas, mira a María, medita con el recogimiento necesario a la acción contemplativa.

Una poderosa línea vertical está formada por el rostro de Cristo y el delgado cuerpo de la Virgen, línea que con el horizonte del Monte de los Olivos –donde Rublev ha situado la escena- forma una cruz que se proyecta sobre todo el universo. Cruz que se convierte en clave de entendimiento de los misterios de la Historia de Salvación que se desarrolla en los cielos y en la tierra.

El contraste entre las blancas vestiduras de los ángeles y el resto de la figuración permite vislumbrar el diseño de un cáliz, donde la Iglesia se ofrece a sí misma, a través de la imagen de su Madre, a Cristo-cabeza de la Iglesia que él fundó. Está sentado sobre un trono, como corresponde a su divinidad, ejerciendo su eterna función sacerdotal con el gesto de su mano derecha, que bendice a todos los que hoy contemplamos su icono, como antaño bendecía a los apóstoles mientras ascendía al cielo.

Su brazo izquierdo mantiene el libro de la Escritura que contiene las promesas de los profetas a las que él da cumplimiento y convierte en nueva ley que sus discípulos han de predicar por todo el mundo.

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Para rezar con el icono de La Ascensión del Señor es precisa una contemplación sosegada, un dejarse empapar por la belleza de los colores, la geometría interna casi invisible y la rica figuración con que el iconógrafo nos trasmite su catequesis eclesiológica.

A primera vista, vemos un cuadro claramente dividido en dos mitades, superior e inferior, separadas por el horizonte del monte de los Olivos, lugar donde el artista sitúa la escena.

Hay una línea vertical fuertemente marcada por el centro del rostro de Cristo y  la figura esbelta de la Virgen María. El conjunto de ambas hace aparecer nítidamente una gran cruz en el escenario universal que dibuja el cuadro, porque es el mundo celeste el ámbito propio de la mitad superior, mientras  la tierra y los hombres dominan la inferior.

Los dos grupos de apóstoles y discípulos situados a ambos lados de la Virgen determinan, si es que aún no se había presentido, el carácter fuertemente eclesial de este icono realizado por Rublev (1415), que presenta la esencia de la vida de la Iglesia más allá del momento histórico que le sirve de soporte bíblico.

En la parte superior resplandece la soberanía de Cristo, cabeza de la Iglesia que, ya resucitado y glorificado, asciende al cielo en medio de una mandorla circular que expresa la perfección divina. Cristo –un hombre perfecto- sube a sentarse a la derecha de Dios Padre, llevado por dos serafines que gritan “Santo, santo, santo es el señor del universo, llena está la tierra de su gloria” (Is 6, 2). Sube haciendo el gesto sacerdotal de la bendición (cfr. Lc 24,51) y portando el Libro de la Palabra en su brazo izquierdo, mostrando que es la fuente de la Gracia y de la Verdad.

En la parte inferior, la Iglesia está reunida alrededor de la Virgen, como los hijos alrededor de su madre. El grupo de la izquierda dirige su mirada al maestro, que se eleva al cielo, y sus figuras muestran una actitud viva y gesticulante. El de la derecha, más concentrado, más meditabundo, dirige su mirada a María, madre de la Iglesia. El autor trasciende el momento histórico de la Ascensión para adentrarse en el misterio eclesial, expresa con estos gestos la tensión permanente en que vive la Iglesia, entre la acción y la contemplación, entre la victoria ya conseguida por Cristo pero todavía no completada en nosotros. Son dos dimensiones inherentes a la vida de la Iglesia que, en el icono, permanece en la tierra del Monte de los Olivos, mientras su trabajo da los frutos de buenas obras que aparecen subiendo a lo alto.

En la tierra la tentación de buscar todas las delicias e ideales en el cielo es permanente. Por eso los ángeles, cuyos brazos señalan al que sube, se dirigen a los apóstoles diciéndoles: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como le habéis visto marcharse” (Hch 1, 10s) o, como dirá, San Pablo: “el que bajó es el mismo que subió por encima de los cielos para llenar el universo”  (Ef 4, 10).

La fuerza de los colores, el contrapunto cromático que forman la luz blanca de los ángeles que flanquean a la Virgen, por un lado, y la sobria decoración de las figuras de los apóstoles, por otro, permite ver un cáliz litúrgico que contiene a María. El icono nos permite meditar el gran intercambio divino presente en la Historia de la Salvación: mientras Cristo-hombre es subido al cielo, el cielo desciende a la tierra y acoge a la Virgen María, símbolo de la Iglesia. Esta Iglesia se ofrece en nombre de toda la humanidad  a Cristo mismo para que, convertido en Cabeza de toda ella, pueda prolongar su salvación en la historia a todas las generaciones.

"Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré" (Jn 16, 7).  Los apostoles vivieron aquellos dias posteriores a la resurreccion en la tensión entre el anuncio -nunca bien entendido todavía- de la ida de Jesús al Padre y la alegría de verle de nuevo entre ellos, vencedor de la muerte.

Con la Ascensión termina el tiempo de Cristo en carne humana entre nosotros. En esta historia, a la vez divina y humana, nuestra salvación ya ha sido objetivamente conseguida por Cristo, y sólo queda ser subjetivamente asumida por cada hombre en cada generación... y para hacer posible esa labor vendrá el Espíritu Santo. 

La Ascensión crea una nueva situación para Cristo y para nosotros. Sube al trono que el Padre le ha reservado, a la gloria que eternamente le pertenece como Hijo unigénito de Dios, pero, ahora, aportando su naturaleza humana, su cuerpo de carne al interior mismo de la Trinidad. Es el movimiento inverso a la kenosis, arrastrando en esta divinización al hombre que ha vencido al pecado y a la muerte. 

La densidad del mensaje requiere una contemplación tranquila, un recogimiento silencioso para dejar que el icono empiece a hablarnos y prepararnos suavemente, ya con su color, ya con la armonía de sus detalles, a los misterios de Pentecostés.