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La Virgen Eleousa

La Eleusa (Ἐλεούσα, "ternura", en griego) es el nombre con el cual se conoce al icono de la "Virgen de la Ternura". Es una iconografía que representa a la Virgen María y al niño Jesús con una figuración muy estandarizada. María, que aparece sentada, sostiene al Niño en su brazo derecho, mientras sus caras casi se tocan, y el Niño tiene un gesto de cariño, bien abrazándose a ella, con un brazo, bien acariciándola el rostro. El brazo izquierdo de la Virgen señala a Jesús.

El conjunto del dibujo se encuentra en un triángulo, con vértice en la cabeza y base en la del cuadro, inscrito en el rectángulo que forma el icono mismo.

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La mirada de María refleja la Filantropía de Dios, ese amor a los hombres que está en el principio de la creación y de la Historia de la Salvación. Mira cargada de una pesadumbre indefinida, lleno su corazón de los presentimientos de los dolores que sufrirá su hijo en su misión salvífica y en los de la humanidad. Su pequeña boca, de labios bien delineados, nos habla de la necesidad de la escucha ante la Palabra de Dios.

En el rostro de Jesús podemos ver el rostro de cualquier niño que se abraza a su madre queriéndola transmitir protección y consuelo cuando la ve sufrir, dándola seguridad y protección con su abrazo y consuelo con su mirada compasiva y con el incipiente beso en la mejilla de María. Es un gesto que exige siempre una respuesta personal.

La mirada de María se dirige al espectador porque ambos son los destinatarios de la herencia de Jesús: “Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo que amaba, dijo a su madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego, dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre” (Jn 19, 27).

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La Eleousa (Ἐλεούσα, "ternura", en griego) es el nombre con el cual se conoce al icono de la "Virgen de la Ternura". Es una iconografía que representa a la Virgen María y al niño Jesús con una figuración muy estandarizada. María, que aparece sentada, sostiene al Niño con uno de sus brazos mientras sus caras casi se tocan, y el Niño tiene un gesto de cariño, bien abrazándose a ella, con  un brazo, bien acariciándola el rostro.

En algunos iconos de la tradición bizantina la Virgen aparece dándole al Niño un rollo con el texto de una profecía mesiánica, dando a quien es el Verbo de Dios la Palabra revelada. El gesto de la Virgen que da al niño la Palabra, lo podemos encontrar en los iconos llamados "Eleusa Kykkotissa", que toman este nombre del monasterio de Kikko, en Chipre, donde se ve la Virgen que lleva la niño, en sus brazos y que le ha dado el libro de Isaías

Dentro de estos iconos de la ternura son  variantes muy conocidas la "Virgen Glicofilussa" (la del dulce beso), y también la Virgen Glicofilussa Kardiotissa (la del dulce beso que sale del corazón). Este icono presenta aún más acentuada si cabe la expresión de ternura: el Hijo en posición de abrazo quiere abarcar el cuello de la Madre con un tierno gesto. Por su parte María expresa en su rostro todo el amor mientras nos muestra con un brazo al Niño. 

EL ICONO DE LA VIRGEN DE VLADIMIR

Estrechamente vinculado a la historia de Rusia esta figura de la Virgen es uno de los iconos más populares, venerados en el orbe cristiano, y desde el siglo XIV se venera esta imagen de la Virgen como “Madre de Rusia”.

El icono de Vladimir mezcla admirablemente dos estilos de representar a la Madre de Dios. Por un lado, pertenece indudablemente al tipo Eleousa, es decir, de la ternura, y, por otro, al de la Hodigitria, la que muestra el camino, como indica su gesto. La Virgen estrecha al Niño mientras lo sujeta en un claro gesto de cariño maternal con su brazo derecho mientras lo señala con su mano izquierda como el camino único de  salvación.

La Virgen de Vladimir es, de forma semejante al de la Trinidad, de Rublev, el arquetipo de los iconos de la Madre de Dios, por lo que merece detenerse en la contemplación del mismo considerando la catequesis que, con luces, colores y figuras, el artista nos quiere hacer llegar.

El gesto de María

El rostro de María refleja el peso del sufrimiento que lleva dentro, con una expresión de  melancólica dulzura y un gesto de maternal ternura hacia su hijo. A la vez, parece abandonarse en ese abrazo de quien es Hijo de Dios. Resuenan en el icono la profecía del anciano Simeón “Una espada te atravesará el alma”(Lc 2, 35), mientras  “conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón” ( Lc. 2,19).

No es el rostro de ninguna mujer concreta porque no puede ser confundida con ninguna otra y, a la vez, debe ser una mujer universal, modelo de cada uno de sus hijos llamados a dar a acogida a Dios en nuestro interior. La serena belleza de su rostro no es deslumbrante, surge de su interior, exige serena contemplación para dejarse impregnar del  Espíritu Santo, de cuya gracia está llena.

La mirada de María refleja la Filantropía de Dios, ese amor a los hombres que está en el principio de la creación y de la Historia de la Salvación. Mira cargada de una pesadumbre indefinida, lleno su corazón de los presentimientos de los dolores que sufrirá su hijo en su misión salvífica y en los de la humanidad pecadora que no dejará de ofender a su hijo. Una vez más, se dirige al espectador para tranquilizarle:

“Los que confían en el Señor son como el monte Sión: no tiembla; está asentado para siempre” (Sal 124)

“Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo” (Sal 22)

Su mirada no se cruza con la de Jesús, se encuentra con ella en la lejanía, en el misterio de Dios, donde parece encontrar la respuesta serena a tanto dolor, a tanto sufrimiento de la humanidad que, vistos con la perspectiva del Padre, se revelan llenos de paz y sentido, se llenan de gozo en el amor.

De una forma refleja, el espectador busca las manos de la Virgen.  En el centro del icono el brazo izquierdo de la Virgen señala a Jesús, mientras lo sostiene y lo muestra sostenido por el derecho. El gesto de señalar a Jesús con las manos es un signo que aparece en todas las figuras iconográficas, sean éstas ángeles, apóstoles, profetas o, como aquí, la misma Virgen. Es la gran catequesis del iconógrafo que señala al único Camino, a la fuente de Vida, a la Verdad.

Su pequeña boca, de labios bien delineados, nos habla de la necesidad de la escucha ante la Palabra de Dios. Un Dios que habla al interior del hombre, por ello los oídos de la Virgen están cubiertos, porque es en el corazón donde se le encuentra, como nos enseña san Agustín"> “tú estabas dentro de mí y yo afuera”.

El gesto de Jesús

En el rostro de Jesús podemos ver el rostro de cualquier niño que se abraza a su madre  queriéndola transmitir protección y consuelo cuando la ve sufrir, dándola seguridad y protección con su abrazo y  consuelo con su mirada compasiva y con el incipiente beso en la mejilla  de María. Es un gesto que exige siempre una respuesta personal.  La respuesta de María se dirige al espectador cuando señala a su hijo, y nos invita a rezar con ella:

“Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti” (sal 15)

“Guárdame como a las niñas de tus ojos, a la sombra de tus alas escóndeme”. (Sal 17)

“Dios mío, en ti confío” (sal 24).

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La figuración

Sus manos dibujan un gesto universal, que es parte de las experiencias más íntimas de todo niño y de toda madre, cuando acaricia con su pequeña mano el rostro de la Virgen. Por un lado, el misterio de todo hombre que puede reconocerse en ese conjunto de dolor e incertidumbre que refleja el rostro de María y que, a la vez, puede ser  consolado por un Dios tan pequeño que puede introducirse en las profundidades del alma, en los secretos más recónditos y llenarlos de su Gracia sanadora. Es el Dios que, además de hacerse pequeño en una eterna kenosis para “ser uno de tantos”, se hace Paráclito consolador de todos.

El conjunto del dibujo se encuentra en un triángulo, con vértice en la cabeza y base en la del cuadro, inscrito en el rectángulo que forma el icono mismo. Simboliza el misterio de la Trinidad inscrita en el ser del mundo.  La espalda recta y vertical de la Virgen se encuentra con la del niño, que se presenta con una importante inclinación respecto a ella y que levanta un hombro sobre el otro, rompiendo cualquier monotonía del contorno.

El color púrpura, color exclusivo del emperador, domina el vestido de María, como corresponde a su condición de Reina. Tiene tres estrellas, una en la cabeza y dos en los hombros, signo de  su virginidad antes, durante y después del parto, así como de la Santísima Trinidad que la habita. Dos de ellas son evidentes en el dibujo. La tercera estrella, la de su lado derecho es el mismo Niño que reposa sobre su hombro y cumple la profecía: “Yo soy la estrella radiante de la mañana” (Ap 22,16).

La Trinidad, simbolizada en la composición triangular del icono, es insinuada también por el manto que cubre todo el cuerpo de la Virgen y da expresión plástica al anuncio del ángel: “el Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra”, (Lc 1, 35).

Los rostros, las vestiduras y, en general, el cuadro todo irradian la intensa luz del Tabor, la luz propia de la santidad de  Cristo, luz del mundo.

El diálogo sin palabras entre el hijo y su madre inundan el espíritu del creyente de otros diálogo futuros. La mirada de la Virgen se vuelca en el espectador porque él también está llamado a ser “madre” de Cristo, recibiéndole en su corazón: “mi madre y mis hermanos son estos, los que escuchan la palabra de Dios y la  cumplen” (Jn 8, 22). La mirada de María se dirige al espectador porque ambos son los destinatarios de la herencia de Jesús: “Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo que amaba, dijo a su madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego, dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre” (Jn 19, 27).

Oración

Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios,
no desprecies las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades,
antes bien, líbranos siempre de todos los peligros,
OH Virgen gloriosa y bendita.
Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios.
Para que seamos dignos de alcanzar
las promesas de Nuestro Señor Jesucristo.
Amén.