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Los tres personajes revelan autoridad similar, como se ve en sus largas varas y alas, y en la práctica imposibilidad de decidir cuál es la persona divina significada por cada ángel.

La omnipotencia del amor del Padre se ve en la mirada del ángel del centro. Él es amor que precisa revelarse en la comunión y sólo puede ser conocido en comunión con el Hijo (“Nadie va al Padre sino por mi…Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre”, Jn 14, 6.9). Fuera de la comunión entre el hombre y Dios no se puede tener ningún conocimiento de Dios. El Padre inclina su cabeza hacia el hijo con una tristeza inefable, dimensión divina del Ágape, del amor que se dona. Se expresa enteramente en el Hijo: “¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Todo lo que tiene el Padre es mío” (Jn 14,10).

El personaje del lado izquierdo escucha mientras el Padre le mira. El dibujo de su vestido simboliza la atención máxima, la entrega de sí a la voluntad del Padre. La posición de este ángel, sentado a la derecha del Padre, no puede ser más que el Hijo. El dibujo muestra cómo presta toda su atención, con el rostro velado por un gesto de tristeza, como cubierto por la sombra de la cruz; pensativo, manifiesta su acuerdo con la voluntad del Padre con el mismo gesto de la bendición de éste.

La dulzura de la mirada y el gesto del ángel de la derecha tienen algo de maternal. Es el Espíritu que remueve las aguas al principio de la creación. Es el consolador, pero también el que da la vida y de quien todo se origina. El que dirige desde dentro todo movimiento de lo creado (color verde de su manto) y naturalmente enviado al hombre (color azul de su túnica). El Espíritu Santo se inclina hacia el Padre; está sumergido en la contemplación del misterio, su brazo tendido hacia el mundo muestra el movimiento descendente, Pentecostés.

Hay como un movimiento circular desde el pie izquierdo del ángel de la derecha que, subiendo por su cuerpo y pasando por la cabeza del personaje central se cierra en la figura del Hijo, forma un círculo casi perfecto, símbolo de la unidad divina en la trinidad personal.

 

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La Trinidad

  Una lectura alternativa

Las tres Personas

La contemplación del icono produce una pregunta inmediata: ¿Quién en este icono es el Padre, quién el Hijo, quién el Espíritu Santo?

Hay interpretaciones varias. La más corriente en Occidente se encuentra en la página sobre la Trinidad de este mismo sitio, y explica cómo el icono realiza las tres peticiones iniciales del Padrenuestro: “Santificado sea tu Nombre, venga a nosotros tu Reino y hágase tu Voluntad”.

El Nombre santificado estaría representado por el Padre, personaje a la izquierda del observador, que tiene a su alrededor la casa y el altar; el Reino sería aquello que llega por el Hijo, que sería el ángel central, de alguna forma señalado por la encina que hay tras él, árbol del paraíso o de la cruz; el personaje de la izquierda sería, así, el Espíritu Santo, cuya misión en el mundo es extender el Reino hasta el fin de los tiempos, según la Voluntad del Padre. 

Hasta aquí, la explicación más extendida en Occidente sobre los personajes del "icono de los iconos", que más extensamente se puede encontrar en la página sobre la Trinidad. Pero antes de consagrar esta visión, es preciso aceptar que si no es posible distinguir claramente a las tres personas divinas es porque la intención del autor, el monje Rublev, así lo ha querido. Pero, ¿por qué?

El concilio in Trullo

Durante la celebración del concilio in Trullo, años 691 y 692, concilio conocido como Quinisexto,  se abordaron disposiciones que afectaban directamente al arte iconográfico. El cánon 82 decía:

“En algunas reproducciones de imágenes sagradas se pinta al Precursor señalando con su dedo a un cordero. Esa representación se adoptó como símbolo de la gracia. Se trata de una figuración del verdadero cordero, que es Cristo, nuestro Dios, que se nos muestra según la Ley. Aunque hemos aceptado esas figuras y sombras antiguas como símbolos de la verdad trasmitida a la Iglesia, hoy día preferimos la gracia y la virtud en sí mismas., como cumplimiento pleno de esa Ley. Por tanto, para exponer a los ojos de todo el mundo, al menos con ayuda de la pintura, lo que es perfecto, decretamos que de ahora en adelante se represente a Cristo, nuestro Dios, en su figura humana y no bajo la forma del antiguo cordero.”(Gonzalo Balderas Vega, Cristianismo,  Sociedad y Cultura en la Edad Media: Una Visión Contextual,  pag 251).

Saliendo al paso de los primeros reintentos iconoclásticos que ya se hacían notar, los padres de la Iglesia quisieron dejar bien claro que la veneración de las imágenes sagradas daba culto al representado y de ninguna forma a la imagen misma.  Y como la veneración de la imagen de Cristo suponía una auténtica profesión de fe en la encarnación histórica del Hijo de Dios, opinaron y decretaron que solamente la figura de Cristo como hombre era aceptable.

Siendo así, ¿cómo interpretar el icono de Rublev en su formulación tradicional? ¿Cómo aceptar la imagen de Cristo bajo la figura de un ángel?  Más aún, ¿puede defenderse un esquema trinitario donde el Padre no sea la figura central?

La elección de Rublev

En principio, el Padre no es representable, pues ”a Dios nadie le ha visto jamás” (Jn 1, 18).  Sólo es dable representar al Hijo, y a éste encarnado, con figura de hombre. El Padre queda como no representado en el icono, sin pista alguna que pueda distinguirle sobre las demás figuras. Del mismo modo, el Hijo y el Espíritu Santo no deben poder ser reconocidos, pues, si lo fueran, se podría identificar al Padre por simple descarte. 

Paul Evdokimov, que es el autor de la Ortodoxia que más ha influido en Occidente, interpreta que el personaje del centro no puede ser más que Dios Padre (L’art de l’icone, pág. 296) si se quiere salvar la interpretación trinitaria del icono y, al mismo tiempo, respetar el canon conciliar.

Su explicación sobre la intención de Rublev es tan sutil como genial. El icono sería congruente con el decreto de pintar siempre a Cristo con figura de hombre porque el sentido del icono no sería representar a las tres personas divinas, sino presentar a la consideración del creyente el mismísimo misterio trinitario: la Unidad de los tres. El icono expresa la Trinidad sin representar a las Personas divinas y, con ello, a la Trinidad en la indivisión de las Personas.

El fondo del cuadro es una representación simbólica que, de algún modo, intenta abarcar toda la Historia de la Salvación. La escena que se representa tiene como trasfondo toda esa historia porque es en ella y a través de ella como se ha mostrado el misterio de la vida de Dios que el cuadro representa, cuadro que nos abre un mundo de símbolos teológicos que nos llevan directamente hasta Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

El icono nos habla

De la composición de Rublëv se desprende la unidad y la igualdad de los ángeles, en principio perfectamente intercambiables, sin más diferencias que la actitud personal de cada uno hacia los otros, pero sin dar impresión de repetición ni confusión. Por ello, no existe patrón alguno para señalar qué persona divina es representada por cada ángel.

ángel del centro

Sin embargo, hay un testimonio de San Esteban de Pern, coetáneo de Rublev, que trajo un icono de la Trinidad con la misma composición que el de Rublëv, en el que venía señalada cada figura con una inscripción propia, en lengua ziriana: el ángel de la izquierda lleva el nombre de Py (Hijo) el de la derecha (Puiltos) Espíritu Santo y el del centro (Aï) Padre.

Es la relación entre ellos, expresada en la mirada y posición del cuerpo, quien establece las diferencias fundamentalmente, siendo el resto de la figuración quien refuerza la indicación.

 

 

 El Padre:

La omnipotencia del amor del Padre  se ve en la mirada del ángel del centro. Él es amor que precisa revelarse en la comunión y sólo puede ser conocido en comunión con el Hijo (“Nadie va al Padre sino por mi…Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre”,  Jn 14, 6.9). Fuera de la comunión entre el hombre y Dios no se puede tener ningún conocimiento de Dios y esta relación es siempre trinitaria y se inicia en la comunión entre el Padre y el Hijo

El Padre inclina su cabeza hacia el hijo con una tristeza inefable, dimensión divina del Ágape, del amor que se dona. Parece que habla del cordero inmolado cuyo sacrificio culmina en el cáliz que bendice

El volumen del brazo derecho  del ángel central se amplifica a medida que se acerca al ángel de la izquierda. En el lenguaje simbólico del icono, las curvas convexas designan actividad,  expresión de vida, la palabra, el despliegue, la revelación; y por el contrario, las curvas cóncavas significan obediencia,  solicitud,  abnegación, atención, receptividad. El Padre está vuelto hacia el Hijo. Le habla. El movimiento que recorre su ser es el éxtasis. Se expresa enteramente en el Hijo: “¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Todo lo que tiene el Padre es mío” (Jn 14,10; 16, 15).

 

El Hijo:

ángel izquierdo

El Hijo escucha. El dibujo  de su vestido simboliza la atención máxima, la entrega  de sí a la voluntad del Padre.  La posición del Hijo traduce toda su atención, con el rostro velado por un gesto de tristeza, como cubierto por la sombra de la cruz; pensativo, manifiesta su acuerdo con el mismo gesto de la bendición del Padre.

 

ángel derecho

Si la mirada del Padre, en su profundidad sin fondo, contempla el único camino de la salvación, la elevación apenas perceptible de la mirada del Hijo traduce su consentimiento, su renuncia a sí mismo para ser solo Verbo de su Padre. En verdad os digo:  el Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que viere hacer al Padre” (Jn 5, 19).

 

El Espíritu Santo:

La dulzura de la mirada y el gesto del ángel de la derecha tienen  algo de maternal (ruah,  el espíritu en las lenguas semíticas, es femenino). Es el Espíritu que remueve las aguas al principio de la creación. Es el consolador, pero también el que da la vida y de quien todo se origina. El que dirige desde dentro todo movimiento de lo creado (color verde de su manto) y naturalmente enviado al hombre (color azul de su túnica).

 

El Espíritu Santo se inclina hacia el Padre;  está sumergido en la contemplación del misterio, su brazo tendido hacia el mundo muestra el movimiento descendente, Pentecostés.