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LA ICONOGRAFIA DE LA CAPILLA DE SAN PABLO

 

Capilla de san Pablo

  1. La decoración y la figuración
  2. El mosaico
  3. El Pantocrator
  4. La Virgen de la Escala
  5. El descendimiento
  6. María Magdalena
  7. José de Arimatea
  8. El sagrario
  9. El altar
  10. Las figuras eucarísticas
  11. La cruz alzada
  12. La corona de luz
  13. El templo
  14. La luz del templo
  15. Los iconos

 

 

 

La capilla de san Pablo estásituada en la primera plante del Colegio Mayor Universitario de San Pablo, sito en la calle Isaac Peral, 58. Es la capilla del Colegio Mayor, de la Universidad CEU-San Pablo (campus de Moncloa) y de la Asociación Católica de Propagandistas, entidad fundadora de las instituciones anteriores. 

Está sin terminar. La iconografía siguiente contempla el mosaico del hastial central -el único acabado- y la disposición del altar, crucifijo y lámpara según el proyecto del Centro Aletti, de Roma, dirigido por el P. Marko I. Rupnik, en 2009.

1.- La decoración y la figuración

Puerta del sagrario

Rostro

Puesto ante el mosaico, el asombro inicial parece exigir permanecer mudo, con los ojos bien abiertos para dejarse penetrar por la luz y el color, por la armonía de las figuras, por la suavidad o rotundidad de las líneas; por la decoración, en suma. Jesucristo es la luz, y su enseñanza ilumina la vida de los hombres. Por ello, la luz es un elemento esencial en el mosaico. Cristo dijo de sí. “yo soy la luz del mundo...” y todo en la decoración del mosaico quiere dirigirnos a Él. Su divina luz fue mostrada a sus discípulos en el monte Tabor, “... Jesús toma consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz” (Mt 17,1-3). La decoración del mosaico cumple perfectamente la intención del artista de procurar desde el inicio que la luz del Tabor, a través del color, del dorado de las teselas y de la blancura de los rostros, alcance también al orante y, así, la paz interior, la concordia entre los sentidos y, con ello, el bienestar personal de quien visita la Capilla le dispongan favorablemente a la contemplación del misterio. “La belleza procedente de la proporción resulta ya perceptible, incluso para el profano… ¿vamos a cansarnos de su contemplación o de ser remisos en escuchar las revelaciones del Espíritu Santo?” (San Basilio). Llevado de esa venturosa sensación interna, el orante se mueve suavemente, de abajo a arriba, de izquierda a derecha, como naturalmente parece producirse el descubrimiento ingenuo del retablo, dejándose penetrar por la figuración, constituida en medio bellísimo de transmisión del dogma, del mensaje de la Salvación. Siente cómo se hace realidad la frase de san Gregorio de Nisa, “sólo la admiración y el asombro captan algo”.

 

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2.- El mosaico

El hastial del sagrario tiene tres grandes figuras que llevan a la contemplación de tres momentos claves en la Historia de la Salvación: la Encarnación, la muerte en cruz de Cristo y su reinado eterno como Cristo glorificado. El conjunto representa el gran misterio del designio eterno de Dios, la venida del Hijo hecho hombre y el cumplimiento de la promesa del Mesías.

Hastial frontal A partir de ellas se desarrolla una iconografía inspirada en la teología paulina de las dos tiendas: la tienda no hecha por manos de hombre, erigida por el Señor, verdadero santuario del que Cristo es sacerdote eterno (cf. Heb 8, 1s), engendrado desde el principio por el Padre, y la tienda hecha con manos humanas, que es Cristo nacido en la historia, nacido de María. El proyecto teológico se ha desarrollado a partir del aspecto más misterioso, es decir, de la tienda no hecha por el hombre, y de Cristo eternamente generado del regazo del Padre, el Cristo en gloria, el Pantocrátor. A partir de ahí habrá un despliegue de la cristología paulina llevados de la mano del P. Ivan Marko Rupnik con el lenguaje del símbolo y del icono, para cerrarse en un plano pneumatológico bajo la luz increada del octavo día, representada por la corona de luz de la lámpara central. El conjunto iconográfico habla con un lenguaje simbólico inteligible sólo para el creyente, que expresa ante todo la luminosidad, la luz que irradian los cuerpos espirituales representados en él. Cada figura es como una mediación entre el representado y el orante. Cada una de ellas habla de Cristo y están dirigidas al culto, al evocar directamente la presencia del Señor, presencia que culmina con la Majestad del Pantocrátor. El resto del proyecto iconográfico convertirá la Capilla de San Pablo en una ventana abierta al cielo, destinada a mostrar a los fieles los principales misterios de la salvación, escritos con luz y color, en una catequesis según la teología paulina.

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3.- El Pantocrator

En lo más alto del ala central de la Capilla, dominando el escenario litúrgico, aparece Cristo en Majestad, el Pantocrátor, el Señor del Mundo. La cara evoca a un joven; su túnica luce el color dorado propio de la divinidad; la mano derecha bendice al estilo ortodoxo y parece evocar, con la posición de los tres dedos juntos, a la Trinidad; en la otra mano, recordando su venida como juez, muestra el libro de la vida donde puede leerse “con su sangre derramada enla cruz reconcilió en sí todas las cosas del cielo y de la tierra” (cf. Col 1, 20)

Cristo Pantocrator El Pantocrátor representado aquí se identifica con el Verbo, Hijo eterno del Padre, encarnado en María, muerto en la cruz y glorificado en la resurrección. Su mano derecha muestra la herida del clavo y su vestido deja entrever la huella de la lanzada. En el mosaico figura sentado en el interior de la mandorla que representa el universo, coronado con un nimbo cruciforme. Aparece como Señor del tiempo, que tiene a un lado el sol, que abre el día y las edades, y a otro la luna, astro que los cierra. Él es el Alfa y la Omega. Los rayos de su luz proyectados sobre el universo se refractan en un precioso arco iris. Tiene como escabel de sus pies un segmento circular negro, que simboliza la muerte, el pecado, la corrupción.. La figura de Cristo en gloria, dibujado sobre la almendra o mandarla abierta simbolizan tanto su señorío sobre todo lo creado, como el abrazo y acogimiento a todo el que lo contempla.

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4.- La Virgen de la escala

La Virgen de la escalaA la izquierda del mosaico, está la Virgen de la Escala –como la hemos llamado nosotros— para indicar que el Hijo eternamente generado del Padre, en un cierto momento histórico entra en el tiempo de los hombres como hombre y nace de una mujer, como todo hombre. Es muy oportuno hacer ver así a la Virgen María, con esta doble evocación de sus manos: tanto parecen peldaños de una escala celestial por la que Cristo baja a la tierra, como mantienen una actitud de ofrenda de Cristo, que parece salir de su regazo.

La Virgen de la Escala, hace ver que el Verbo, cuando desciende a la tierra con nuestra naturaleza humana, es la tienda hecha por manos de hombre que se planta entre nosotros. El conjunto de la figura habla de la trascendencia del misterio de la encarnación. Por un lado, Cristo, con los rasgos de un joven, tiene más bien los gestos gloriosos y de dominio propios de Cristo Pantocrátor. Tiene incluso los signos del sacerdote, portando el Logos, la Palabra, en su mano izquierda, mientras bendice con la derecha. Está vestido de sacerdote, lleva la epitrachilion, la estola, atributo del oficio pastoral desde los tiempos de Aarón. Este niño, así presentado por la Virgen de la Escala, se manifiesta como Cristo sacerdote, porque desciende para reconciliar con el sacrificio, como oficio propio del sacerdote, el mundo con Dios. Contemplando el mosaico se intuye que, aunque Cristo en la gloria domina el escenario, de alguna manera la escena central es esta Virgen de la Escala, que muestra y sostiene levemente al niño, a Cristo que baja a la tierra. Porque para nosotros la lectura de Cristo como hijo de Dios pasa por la lectura de Cristo como nuestro salvador Como mujer casada, la Virgen lleva en la cabeza un velo que desciende sobre los hombros, según la costumbre de las mujeres hebreas de su época. Este velo, o paño, se llama en griego maforij. Se pinta sólo de color rojo (símbolo de sufrimiento y evocación de la descendencia real). Su vestido están pintados en azul, como signo de la pureza celestial de la Virgen, la criatura humana más perfecta. Sobre la frente y sobre los hombros de la Virgen se distinguen tres estrellas doradas, significando que María permaneció Virgen antes del parto, en el parto y después del parto. Las tres estrellas son también símbolo de la presencia en ella de la Santísima Trinidad. La cara de la Virgen aúna a la vez belleza y ternura con una cierta brizna de tristeza e inquietud, todo ello lleno de luz como indica el nimbo que rodea su cabeza irradiando los colores dorado y blanco de la luz del Tabor. Si su Hijo venía a sacrificarse por todos los hombres, ella acepta mansamente el sacrificio mientras “una espada de dolor le atraviesa el corazón” (Lc 2,35)

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5.- El descendiniento de la cruz

Descendimiento de la cruz La escena a la derecha del mosaico es el descendimiento de la cruz. San Pablo dice que esta tienda nuestra será desmontada, será destruida, en la hora de la muerte. El mosaico pone de manifiesto cómo también Cristo, al asumir nuestra realidad humana, siendo él la tienda hecha de manos humanas, es alcanzado por la destrucción. En el cuadro, el cuerpo de Cristo no tiene ninguna fuerza y en el conjunto de la figuración es visible la imagen de la realidad del cuerpo del Hijo que ya no se sostiene por sí mismo, sino que está abandonado en unas manos humanas, reflejando fielmente el suceso de su muerte: fue entregado a las manos de los hombres. Como enseña la iconografía bizantina, cuando Cristo muere la humanidad entera es redimida, al tiempo que descubre y reconoce la inmensa bondad del verdadero Dios, que por salvarnos llega a entregarse a nuestras manos, para dejarse tratar así, hasta ser asesinado. Y la humanidad, descubriendo quién y cómo es el verdadero Dios, deviene capaz de hacer un primer gesto de amor, éste que José de Arimatea y María Magdalena hacen sobre el cuerpo muerto de Cristo. El mosaico quiere transmitir un mensaje similar. Aquí José de Arimatea hace un gesto de caridad, de ternura hacia Cristo, acogiendo este cuerpo en este misterio de su muerte. Lo está cogiendo de la cruz pero Cristo está ya abrazando a José porque su brazo izquierdo abraza a José que le está quitando el clavo con su brazo derecho. Al acoger la salvación no podemos amar a Dios más que tomando en serio lo que Dios ha hecho por nosotros, y en esto se resume el gesto de sacar los clavos. Tomarnos en serio que Dios ha muerto teniendo en su corazón a todos nosotros, es lo más grande que podemos hacer, es decir, tomarnos en serio la redención y como redimidos hacer el primer gesto de amor.

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6.- María Magdalena

 
Es interesante observar que María Magdalena sostiene los pies de Jesús –actitud con la que la Iglesia nos traslada la imagen de Magdalena que llora sobre los pies de Cristo- cuando la tienda hecha por manos humanas del cuerpo de Cristo es destruida.Detalle del descendimiento 
 
Con su gesto, Magdalena hace que se cumpla la palabra de la escritura con que el Diablo tienta a Jesús cuando le invita a tirarse sin miedo desde lo alto del Templo porque “los ángeles te llevarán en brazos de modo que tu pie no tropiece en piedra alguna” (Mt 4,6). Y es bonito contemplar cómo Cristo, que es eliminado cuando ha sido alzado en la altura de la cruz, no toca piedra alguna con su pie cuando se le baja de la cruz porque una mujer lo acoge, lo toma entre sus manos. ¡Verdaderamente, aquí María Magdalena es un ángel del Señor!
 
Todo este cuadro tiene una gran fuerza porque Magdalena sujeta los pies de manera que se vean los estigmas y José de Arimatea abraza a Cristo de modo que se vea el costado, mostrando bien todas las heridas sobre el cuerpo de Cristo que encontraremos después en el cuerpo de Cristo no hecho por manos humanas, el Cristo en gloria.

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7.- José de Arimatea

José de Arimatea es un personaje muy significativo para la vida espiritual porque según algunos testimonios, como el de Mateo, José ha depositado a Cristo en la tumba que se había preparado para él mismo (cf. Mt 27, 59ss). Imagen en la que se puede ver muy bien la teología paulina sobre la muerte cuando dice que para salvarnos tenemos que llevar en nuestra carne, en nuestro cuerpo, la muerte de Cristo. 

El descendimiento

Con esto San Pablo dice muchas cosas. Por un lado, existe  una tristeza esencial provocada por la caída del hombre y, por otro, un sentimiento de esperanza que brota de su conversión, de su santificación posible. El hombre sabe que algunas cosas le hieren, le hacen daño, que no son buenas, que le impiden vivir bien y estar sereno, alabando a Dios y haciendo el bien en el mundo, aunque esto sea lo que desee. Se percibe que hay algo en el hombre que lo devora, y esto le provoca una especie de tristeza, y que el hombre rumia por dentro: el no perdonar, la envidia, hablar mal, etc., cosas todas que son nuestra muerte y que destruyen al hombre y lo llevan a la muerte (cfr. Rom 7, 15ss).
 
Pablo dice que no hay camino de salida. Hay divisiones por todas partes, porque separar es muy fácil, unir no lo es tanto y, para ello, es necesario el sacrificio de Dios. 
 
La única posibilidad de dar sentido a tanta contradicción es vincular estas realidades a la muerte de Cristo, porque él, muriendo, ha destruido el mal y ha resucitado. San Pablo nos habla de morir con la muerte de Cristo, llevando continuamente dentro de nosotros la muerte de Cristo, es decir, el Cristo muerto, porque de esta manera resucitaremos con toda certeza, ya que nos dice que si morimos con Cristo, resucitaremos con Cristo (cf Ro 6, 8). 
 
José de Arimatea nos permite ver esta imagen del morir con Cristo, ya que lo deposita en su propia tumba, en su propia muerte. Y al envolver a Cristo en la sábana que lleva, José de Arimatea, de alguna manera, crea una unidad con Cristo, un todo-uno Cristo- José, que se manifiesta en el mosaico por esas cabezas de ambos que parecen unirse en una sola, o por el brazo de Jesús, que cae sobre la espalda de José como si le abrazase.
 
No se debe salir de la Capilla sin detenerse y contemplar el movimiento de los brazos para poder ver y comprender esta unidad, en la que José de Arimatea acoge dentro de sí el Cristo muerto, mostrando lo que es la solución para el hombre: acoger en sí la muerte de Cristo; si no, morimos solos y, con ello, fuera de la unión salvadora con Cristo, fuera de cualquier esperanza.

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8.- El sagrario

Puerta del sagrarioEn el centro del mosaico, en el corazón de la Capilla de San Pablo, está Cristo eucaristía. Su presencia constante da sentido a la totalidad del recinto litúrgico.

Los colores absolutos: el dorado como el sol, exclusivo de la divinidad; el rojo púrpura, que habla de Dios y de sacrificio; el azul, propio del hombre, dominan la puerta del tabernáculo y atraen la atención del visitante “En el corazón del universo la luz pone de manifiesto dos colores especialmente intensos: el rojo y el azul, los dos colores en los que los cristianos del primer milenio reconocían lo divino y lo humano" (Marko I. Rupnik , Los colores de la luz).

Visto más de cerca, se observan los iconos de El Salvador, en el busto del Pantocrátor, revestido de púrpura y manto azul. A la izquierda, ligeramente más baja, la Virgen María, con manto rojo sobre vestido azul, que señala con la mano a su Hijo. A la derecha, a un nivel inferior al de María, el icono de Juan el Precursor también muestra con sus manos al que es Camino y Vida.

Los arcángeles Gabriel y Miguel, como “dos querubines colocados en los extremos” de la puerta, guardan el nuevo “arca de la alianza” (Ex 25, 18ss), el tabernáculo de la Capilla.

Llaman la atención dos grandes cuarteles azules que muestran una recia trama de hilos dorados. Nos dicen, con el lenguaje de los colores, que la divinidad informa la urdimbre más íntima de la naturaleza humana de Jesús, que ahora está en el sagrario.

Todo el conjunto parece dirigirse al orante con las palabras de Marta a su hermana “el maestro está aquí y te llama” (Jn 11, 28).

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9.- El altar

El altar es el centro de toda la ordenación litúrgica de la Capilla, como lugar propio del sacrificio y de la acción de gracias. El altar es “la piedra angular” en forma de mesa cuadrada porque, como dice S. Germán de Constantinopla en sus enseñanzas sobre los altares, que han permanecido magistrales durante siglos, así todos los lados del mundo se nutren de igual manera de la justicia y del amor de Dios.

Se eleva sobre el presbiterio con la rotundidad y firmeza de sus materiales y dimensiones, atrayendo las miradas como las atrae Cristo, pues el altar es Cristo, como dice toda la tradición cristiana. Puestos ante él, surge espontánea la oración “¡Cómo te contemplaba en tu santuario viendo tu fuerza y tu gloria!” (Sal 62,3)

Delante de nuestro altar aparece la imagen del pelícano, bastante tardía en la iglesia nacida en ambiente griego, que recoge una tradición que dice que el pelícano se hiere a sí mismo para dar de comer a los polluelos con su sangre. Es una bellísima imagen de Cristo, entregado a nuestras manos, venido para darse como alimento. El sacrificio del pelícano está al frente de la mesa de la que todo el mundo come.

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10.- Las figuras eucarísticas

Figura eucarística en el lateral del altar

A uno y otro de los lados, se figura el milagro de los panes y los peces (“No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces”, Mt 14, 17), anuncio de la Eucaristía, de su don en nuestras manos. Está aquí subrayado el aspecto de alimentarse, de nutrirse

Hacia el lado del sacerdote, el altar presenta la imagen de la serpiente colgando del bastón que hizo Moisés cuando recibió el encargo de ello, para que quien la mirara se salvara (“Hizo moisés una serpiente de bronce y la puso sobre un mástil”, Num 21,9). Esta serpiente alzada es un verdadero icono de Cristo, porque “así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del Hombre” (Jn 3, 14).

 

Figura eucarística en el altar

 

Todo el conjunto da una espléndida visión de la Iglesia, que se reúne, iluminada por la luz del octavo día, alrededor del altar, es decir, alrededor de Cristo. Y desde el altar nutre la vida que Cristo nos ha dado con el bautizo y nos prepara para ser enviados al mundo y, así, podamos caminar en medio del mal del mundo gracias a esta medicina que nos hace inmunes a él. Estamos en medio del mal pero no nos manchamos con el mal. Éste es el gran arte espiritual de todo cristiano, no dejarse atrapar por el mal.

Tanto de las cosas pequeñas que nos suceden como de las grandes, tanto de las noticias cotidiana como de la constante contra-catequesis del mundo, el cristiano esta inmunizado porque tiene un alimento que lo hace resistente a todo ello, porque vive en la luz sin ocaso, orientado al octavo día, al día de la resurrección, de la victoria definitiva sobre el mal.

Cruz alzada de la capilla de san Pablo

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11.- La cruz alzada

“Saldrá un vástago del tronco de Jesé y un retoño de sus raíces brotará…aquel día estará enhiesta como estandarte de los pueblos” (Is 11, 1;11)

La cruz alzada en medio del presbiterio muestra que la profecía de Isaías se cumplió en Jesucristo. La cruz es el verdadero tronco de Jesé y Cristo en la cruz es el estandarte que atrae a sí a todos los pueblos.

El pedestal, en forma de artística pirámide de tres caras, muestra en cada una de ella un aspecto del misterio. Al frente, se ve el icono de Cristo bajando a los infiernos y sacando de ellos a nuestros primeros padres, Adán y Eva. Al lado que se hace visible al ala derecha de la capilla, una boca con grandes dientes simboliza al diablo que quiere engullir a los hombres, pero que no puede consumar su acción porque una raíz que sale del tronco le impide cerrar la boca.

Finalmente, sobre la cara que da al altar un camposanto lleno de calaveras y huesos evoca el contexto escatológico en que se mueve la profecía.

 

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12.- La corona de luz

En la Capilla, el candelabro obra como una corona de luces que unifica la cruz griega, una cosa muy típica de las iglesias con esta planta. El candelabro central representa la luz de Cristo, que viene al mundo y que ilumina a la humanidad, que es la humanidad de los bautizados. Hasta tal punto es nuestra tradición así, que a los bautizados se les ha llamado “iluminados”. Es la luz que resplandece en aquellos que forman parte del cuerpo de Cristo, que forman parte de la Iglesia, que han pasado de fuera a dentro, de la separación a la unidad, y por eso esta luz representa la Iglesia, que está “iluminada” con la luz del Tabor.

El candelabro, símbolo de la luz eternaEl candelabro no tiene la función de iluminar la iglesia. La función del candelabro es iluminarse a sí mismo, y recuerda a cualquiera que esté dentro de ella que está en la luz sin ocaso. No tiene sentido iluminar con esta lámpara central las paredes de los mosaicos. Permanece siempre encendida, porque quien entra dentro debe percibir que ha entrado en un ámbito donde la luz no se pone ya, donde no hay oriente ni occidente, aurora u ocaso.

La Iglesia está simbolizada en esta corona de luz en la medida en que con el bautismo pasamos de la muerte a la vida, de fuera a dentro, de la separación a la comunión, de la noche a la luz. Es la luz sin ocaso, es el octavo día de la creación y, de hecho, en el lampadario hay ocho cruces y ocho son los hilos que sostienen la lámpara, para recordarnos esto desde distintos puntos de vista. Si ésta es la corona de gloria, esta corona figura también la unidad de la Iglesia que se une en Cristo.

Volvemos, pues, a retomar el desarrollo teológico paulino de las dos tiendas, situándonos, bajo esta corona de luz, en la frontera entre lo creado y lo increado. La exposición cristocéntrica de la historia de la salvación realizada en el mosaico central y que será más desarrollada en el proyecto teológico total, adquiere bajo esta corona de gloria una dimensión pneumatológica.

La luz increada del octavo día, la luz que no tiene ocaso, es revelada por el Espíritu Santo (cfr. Jn 14, 19) y los “iluminados” por el bautismo ya participamos de esa luz. Bajo esta corona de gloria el cristiano siente que se cumple en el la Palabra divina “Vosotros sois la luz del mundo” (Mt 5, 14).

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13.- La capilla de san Pablo

Templo cristiano, planta

El templo cristiano tiene siempre como planta la cruz de Cristo, signo de salvación. En Occidente, los templos se construían sobre la planta de la cruz latina, alargada, hecho que crea un espacio dinámico, extendido sobre el eje oriente-occidente, inclinado hacia el presbiterio, lugar en el que, sobre el altar, se encuentran las Especies Eucarísticas. Este movimiento está subrayado por filas de columnas, que recuerdan una solemne procesión, que seduce y atrae al que entra en la iglesia. La basílica cristiana, como el Templo de Jerusalén, tiene una estructura triple: el presbiterio (llamado santuario en la tradición ortodoxa) en la parte oriental, la nave en la parte central, y el atrio en la parte occidental. El presbiterio-santuario recuerda el Santo de los Santos del Antiguo Testamento: sólo los sacerdotes pueden entrar en él durante la celebración. Normalmente, gran cantidad de esculturas adornan las paredes.Planta en cruz griega de la capilla de san Pablo


En la parte oriental del Imperio Romano los templos han tomado otras formas. Ante todo, en la planta del templo cristiano oriental encontramos la cruz griega, de brazos iguales; sobre las columnas del cuadrado central, las pechinas –en forma de triángulos esféricos- facilitan el paso de la planta cuadrada a la circular de un tambor que sirve de apoyo a la cúpula redonda. El uso masivo de mosaicos e iconos ilustran a los fieles la Historia de la Salvación.

El santuario está separado de la nave por una barrera que recuerda al Templo de Jerusalén. Esta barrera se ha transformado modernamente en el iconostasio. Gracias a su forma, el espacio del templo es estático, centrado, congregado bajo la cúpula, la cual, como un manto, abarca a los que están orando. Lo sugerido aquí no es la dinámica del movimiento, sino la paz de la contemplación, el recogimiento interior y la percepción de la presencia divina.

 

Capilla de San Pablo

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14.- La luz del templo

En la Capilla, la unión de lo terrestre con lo celeste se significa bellamente en la fusión de las dos fuentes de luz que hay en el templo: la luz no hecha por manos humanas, que se derrama desde lo alto (por la parte inferior de la cúpula y por las ventanas) y la luz hecha por manos de hombre, que viene de abajo, de las velas y lámparas de iluminación artificial, y que simboliza la oración de los fieles

La luz es la gran novedad en la nueva ordenación litúrgica de la Capilla, “una luz cuya fuente está más allá, aquí están los colores, y la experiencia de la luz es la fiesta de los colores”. De la luz depende en gran parte cómo se percibe el espacio del templo y todo cuanto lo llena y se realiza en él. En los “lucernarios”, se simboliza el mundo inmerso en las tinieblas y esperando la venida de Cristo apagando la luz y manteniendo el templo en penumbra. La celebración de la Pascua se inicia con la solemne vigilia, en plena oscuridad, de donde emerge la luz de Cristo resucitado, que va pasando de vela en vela hasta iluminar todo el recinto. La vida triunfa sobre la muerte. La Pascua es una fiesta de luz.

Como todo en la Capilla, la luz, potenciada a través del abocinamiento de las ventanas y de la instalación decorativa, tiene un destino litúrgico, porque “Dios es la luz y todo lo que está en Dios está en la luz. La comunión es la luz de los hombres. La comunión se capta en los colores, porque la luz une los colores fuertes, intensos, los colores absolutos” (Marko I. Rupnik , Los colores de la luz).

La luz de esta Capilla, que bajo la advocación de San Pablo es el verdadero corazón del Colegio Mayor y de la Universidad, es también un icono de Dios para los que por formación o por profesión buscan la verdad. “Tu luz, Señor, nos hace ver la luz” (Sal 36,10) es a la vez súplica y reconocimiento de que Él es el Camino y la Verdad.

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15.- Los iconos

Escena del desprendimiento“Especialmente, la Iglesia griega y las Iglesias eslavas… han considerado la veneración del icono como parte integrante de la liturgia, de la misma manera que la celebración de la Palabra. Así como la lectura de los libros materiales permite la comprensión de la Palabra viva del Señor, del mismo modo la ostensión del icono permite a los que lo contemplan acceder, a través de la vista, a los misterios de la salvación. Lo que, por un lado, queda expresado por la tinta y el papel, por el otro es expresado, en el icono, a través de los colores y de otros materiales” (Juan Pablo II, Carta apostólica Duodecimun saeculum).

Con estas palabras se subraya el importante papel que el icono tiene en la liturgia y en la fe ortodoxa, de manera tal que la recopilación de todos los iconos canónicos constituye por sí misma la plenitud de la enseñanza ortodoxa.

Juan Damasceno escribió que Dios había venido para los hombres en su Hijo Jesucristo, que entra en el mundo de los hombres y acepta el cuerpo humano: “porque teníamos necesidad de lo que es semejante a nosotros”. Lo visible no transmite la esencia del Dios inconcebible. Pero, igual que el cuerpo tiene su sombra, también cada original tiene su copia: “el icono es recuerdo”. Y así como la Sagrada Escritura es una representación verbal, una imagen de la historia sagrada, también los iconos son representación suya, pero no verbal, sino hecha con los toques del pincel, con la luz y con los colores.

Por eso el icono –imagen– no es una copia de lo que se representa, sino el símbolo con cuya ayuda podemos alcanzar la comprensión de lo Divino. El icono desempeña el papel de místico mediador entre el mundo terrestre y el celeste, constituyendo una representación sinóptica de la Sagrada Escritura. Y para que permaneciera inmutable, se creaban y transmitían de un autor a otro, de una generación a otra, los originales iconográficos, los modelos. Durante la elaboración de estos modelos, los rostros de los santos canonizados perdían sus trazos, es decir, en signos de una espiritualidad sobrenatural.

Detalle de la Virgen de la escala

Los iconos no pueden compararse con otras obras de arte en el sentido habitual de esta palabra. Los iconos no son cuadros. Los cuadros, con sus rasgos y colorido, hablan de los hombres y de los acontecimientos de la realidad concreta.

Los iconos no representan, sino que constituyen propiamente otro mundo. Y lo hacen con medios de representación especiales, encontrados en el transcurso de muchos siglos. Así, el color de los iconos desempeña un papel significativo: el de un lenguaje simbólico que debe expresar, no el color de las cosas, sino su luminosidad y la de los rostros humanos, iluminadas por una luz cuya fuente se encuentra fuera de nuestro mundo físico. También los espacios dorados de los iconos encarnan esta luz no terrestre, y el fondo dorado simboliza el espacio que “no es de este mundo”. En los iconos no hay sombras, porque en el reino de Dios todo está lleno de luz.

Para poder aproximarse a la comprensión de los iconos es preciso verlos con los ojos del creyente, para el cual Dios es una realidad indudable. Una realidad omnipresente que subyace detrás de todo acontecimiento, un invisible espectador y juez de cuya mirada ya no puede esconderse en ninguna parte.

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