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El celebre detective Fernando Vara, conocido como "El Nano" y temido por todos los salteadores y gente ruin de Gaztambide, verdadero terror de maleantes y trileros de toda laña y condición. El tal Nano no dudaba en emplearse a fondo si las circunstancias exigian decisiones drásticas, que él tomaba con la misma presteza con la que se lavaba la cara por las mañanas

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El fin de esta página es ayudar a rezar al lector creyente. La invitación no va seguida de exposición alguna sobre métodos, ejercicios, prácticas más o menos espirituales para intentar acercarse mejor al Dios trascendente.

 

 A los que vivimos en una cultura que reduce el pensamiento al racionalismo; que nos bombardea con imágenes sin estar preparados para su lectura, el icono, con su pretensión de ser Imagen-Palabra, nos golpea en la intimidad de la oración con Dios.

 

¡Nos es tan fácil leer la Biblia, memorizar sus palabras, meditar sobre el mensaje escrito, hacer teología, incluso…! En cambio, el icono exige sustituir el discurso por la contemplación, el decir por el escuchar lo que el icono habla.

La música de fondo de las palabras de san Juan Pablo II le acompañará por todo el sitio. Sus páginas traerán a sus ojos el icono, con el deseo de que también le traigan la presencia del representado y, en definitiva, la santidad de Dios.

Ojalá, al final, como en una nueva escena del Tabor, recuerde Vd. al icono diciendo “su rostro brillaba como el sol y sus vestidos se volvieron esplendentes como la luz” (Mt17,2), y su oración pueda elevarse con las palabras del salmista “en ti está la fuente viva y tu luz nos hace ver la luz” (Sal 35).

 

 
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El icono capta la palabra de Dios a través de la luz y el color, como imagen. Y ya esta palabra nos es más familiar a nuestra teología occidental, porque el mismo Jesús es la imagen visible, a través de su humanidad, de quien es inefable. Los apóstoles predicaban “lo que oímos, lo que vieron nuestros ojos, lo que palparon nuestras manos” (1Jn1,1) reivindicando la experiencia sensorial de Cristo frente a la posterior tendencia a acercarse –especialmente en occidente, a partir de 1054- con la sola razón a su misterio.

 

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