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La presentación en el Templo del niño Jesús

La Presentación del niño Jesús en el Templo, sigue la ley de Moisés que prescribía la ofrenda de todos los primogénitos a Yavhé. La escena muestra un recinto sagrado con un templete que cubre un altar: es el de la oblación frente al “Santa santorum” en el antiguo templo de Jerusalén. Dos edificios ornamentados aparecen detrás del templo simbolizando la ciudad de Jerusalén y el telón de púrpura que los cubre y los une representa la unión de los dos Testamento realizada por el Espíritu divino.

Jesucristo es la figura central del ícono, como corresponde. A cada lado se encuentra un personaje. Al lado izquierdo la Virgen María seguida de José y al lado derecho Simeón con la profetisa Ana.

 

Tú, espectador, eres el cuarto personaje que completas la escena pintada por Rublev en el encinar de Mambré.

 

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EL TEXTO 

Cuando se cumplieron los días de su purificación, según la ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor,  de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor»,  y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones».
 
 
 Había entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo estaba con él.  Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor.  Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Y cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo acostumbrado según la ley,  Simeón* lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:
 «Ahora, Señor, según tu promesa,
 puedes dejar a tu siervo irse en paz.
 Porque mis ojos han visto a tu Salvador,
 a quien has presentado ante todos los pueblos:
 luz para alumbrar a las naciones
 y gloria de tu pueblo Israel».
 
Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño.  Simeón los bendijo y dijo a María, su madre:
 
«Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción  —y a ti misma una espada te traspasará el alma—, para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones».
 
Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, ya muy avanzada en años. De joven había vivido siete años casada,  y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones noche y día. Presentándose en aquel momento, alababa también a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén (Lc 2:22-38).
 

Se van realizando las antiguas profecías, pero con un desenlace sorprendente:.

"te auxiliará el Señor del universo,  con trueno y terremoto y gran estruendo,  con huracán y tempestad y llamas que devoran" ( Is. 29,6).

"Yo dije: «¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de gente de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey, Señor del universo». Uno de los seres de fuego voló hacia mí con un ascua en la mano, que había tomado del altar con unas tenazas;  la aplicó a mi boca y me dijo: «Al tocar esto tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado"  (Is 6, 5-7).

 

Pero el lugar del Señor del Universo lo ocupa, en el Templo de Jerusalen, un niño acompañado de sus padre y un par de tórtolas destinadas a sustituirle en la ofrenda ritual a Yavhé. 

EL ICONO

Las figuras centrales son siempre la Virgen y el anciano Simeón, a veces éste ya con el niño en brazos, según la escuela del icono. La Virgen con el niño en brazos es figuración propia de la Iglesia griega; si es el sacerdote quien lo tiene ya, como en este caso, el icono es bizantino. Ambos personajes mantiene actitud de adoración, inclinados y la Virgen con las manos cubiertas. 

María va vestida de túnica azul y manto rojo, signo de su humanidad y de su sacrificio, respectivamente. Delante de  la Virgen hay un altar, que simboliza el Templo,  y signo del destino del Niño como cordero de Dios. La Virgen ofrece una verdadera ofrenda de su hijo, que ha venido a la tierra a ser el cordero del sacrificio definitivo.

San José aparece tras la Virgen, en situación secundaria, portando el rescate del hijo, dos pichones de paloma.

La perspectiva invertida de los edificios laterales, propia de la iconografía,  ayuda a concentrar la atención sobre el Niño, foco de las miradas de los personajes.
 

 CRISTO.  

CRISTO. Su figura de niño y, por tanto, reducida no le impiden ser el centro de la tablilla. Como es habitual en su iconografía su gesto es más de adulto más que infantil. Estando en las manos de Simeón, aparece girado hacia su madre en un gesto muy propio de la edad que representa. Su madre le mira y nos lo señala como centro de la salvación. MARIA y SIMEON A su alrededor, los personajes de María y Simeón atraen la mirada del espectador como personajes centrales de la historia que se narra. Ambos tienen las manos cubiertas con un paño, en señal de adoración y humildad. María viste manto de púrpura, cuyo color simboliza el martirio y el sufrimiento que tendrá como madre del Salvador, sobre túnica azul, propia del carácter humano de su persona. Simeón es siempre representado como un venerable anciano con el cuerpo encorvado, revelando tanto su avanzada edad, como la larga espera del Mesías por el pueblo judío. Al ser sacerdote se le figura subido sobre un escabel donde recibe las ofrendas. En el icono, Simeón mira al Niño con ojos arrebolados, y a él se dirige diciendo: Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, conforme a tu palabra, 30 porque han visto mis ojos tu salvación, 31 la cual has preparado en presencia de todos los pueblos; 3 2luz para revelación a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel." JOSÉ José va detrás de María, con el rescate de su hijo según prescribía el Levítico “Si no le alcanza para ofrecer una res menor, tome dos tórtolas o dos pichones, uno para el holocausto y otro para el sacrificio expiatorio; el sacerdote hará por ella el rito de expiación y quedará pura” (Lev 12, 8). La kenosis de la encarnación que se materializa en el nacimiento en un pesebre de Belén, se mantiene en esta presentación en el Templo simbolizada por este rescate de los pobres. ANA: Aparece unas veces detrás de Simeón, otras en el grupo de María y José, como un personaje inmediatamente detrás de la Virgen. Como viuda suele llevar vestidos oscuros, aunque Rublev la pintó con manto verde para significar su esperanza cumplida al ver a Niño-Mesías. Como profetisa se la dibuja con un rollo desplegado la más de las veces. Su figura de niño y, por tanto, reducida no le impiden ser el centro de la tablilla. Como es habitual en su iconografía  su gesto es más de adulto más que infantil. Estando en las manos de Simeón, aparece girado hacia su madre en un gesto muy propio de la edad que representa. Su madre le mira y nos lo señala como centro de la salvación.

MARIA y SIMEON

A su alrededor, los personajes de María y Simeón atraen la mirada del espectador como personajes centrales de la historia que se narra.Ambos tienen las manos cubiertas con un paño, en señal de adoración y humildad.

María viste manto de púrpura, cuyo color simboliza el martirio y el sufrimiento que tendrá como madre del Salvador,y que Simeón le profetizo: “A ti una espada te traspasará el alma”, sobre una túnica azul, propia del carácter humano de su persona, para significar su profundo valor teológico y funcional: Madre de Dios y presencia misericordiosa e intercesora entre el Hijo y Dios para toda la humanidad, de la que es primicia


JOSÉ

Simeón es siempre representado como un venerable ancianocon el cuerpo encorvado, revelando tanto su avanzada edad, como la larga espera del Mesías por el pueblo judío. Al ser sacerdote se le figura subido sobre un escabel donde recibe las ofrendas.  

En el icono, Simeón mira al Niño con ojos arrebolados, y a él se dirige diciendo:

Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz,

 conforme a tu palabra, 

porque han visto mis ojos tu salvación, 

 la cual has preparado en presencia de todos los pueblos; 

luz para iluminar a los gentiles

y gloria de tu pueblo Israel."

José va detrás de María, con el rescate de su hijo según prescribía el Levítico

Si no le alcanza para ofrecer una res menor, tome dos tórtolas o dos pichones, uno para el holocausto y otro para el sacrificio expiatorio; el sacerdote hará por ella el rito de expiación y quedará pura”(Lev 12, 8).

La kenosis de la encarnación que se materializa en el nacimiento en un pesebre de Belén, se mantiene en esta presentación en el Templo simbolizada por este rescate de los pobres.

ANA:

Aparece unas veces detrás de Simeón, otras en el grupo de María y José, como un personaje inmediatamente detrás de la Virgen. Como viuda suele llevar vestidos oscuros, aunque Rublev la pintó con manto verde para significar su esperanza cumplida al ver a Niño-Mesías.

Como profetisa se la dibuja con un rollo desplegado la más de las veces.

 

PARTE SUPERIOR

Coronando el cuadro, pero manteniendo un discreto  segundo plano se ve un  baldaquino cubriendo  el altar, tal como sucede en las iglesias bizantinas. Aquí simboliza  el  presbiterio de una iglesia bizantina..

En uno de los laterales se figura una construcción que representa el Templo o la antigua ley de Moisés.

En algunos iconos un velo rojo cubre los edificios del fondo, simbolizando el amparo de Dios que llena el Templo, reconcilia el Antiguo y Nuevo testamentos y cubre todo el universo.  

 

LA FIESTA

La fiesta se llama Hypapante, en griego, o Sretenie, en ruso, que significa  encuentro, para resaltar la dimensión profética del encuentro de Jesús –lo nuevo prometido- con Simeón y Ana –lo antiguo, lo que hay que renovar-.

Las primeras menciones sobre ella se registran en el  siglo IV, en el Diario de Viaje de la peregrina española, Eteria y se celebraba el día 14 de febrero en la iglesia de la Anastasis o Resurrección.  Sin duda, al afianzarse la fiesta del 25 de diciembre en Constantinopla,  se consideró conveniente  trasladarla al 2 de febrero para que coincidiera con los 40 días de la Presentación, tal y como dice el evangelio de san Lucas.

Actualmente, la fiesta de la Presentación del Señor al Templo se celebra el 14 de febrero en las iglesias ortodoxas de calendario antiguo y el 2 de febrero en las iglesias ortodoxas de calendario gregoriano.

La iglesia bizantina le da el significativo nombre a esta fiesta de El Santo Encuentro. Encuentro,  entre el hombre viejo, Simeón y el Hombre Nuevo, Cristo; encuentro entre Dios y el hombre. En Oriente ha sido siempre una fiesta del Señor.

La Iglesia romana introdujo la fiesta por mano del Papa Sergio I y, siguiendo la narrativa de san Lucas, “cuando se cumplieron los días de la purificación” (Lc 2:22), el 2 de febrero, es decir, 40 días después de la Natividad del Señor, el 25 de diciembre.

En la Iglesia Católica esta fiesta de la Presentación del Señor ha tenido una fuerte connotación mariana, conociéndose como fiesta de las candelas o de la Candelaria.

LA LITURGIA

El episodio evangélico que acabamos de citar se convierte desde los primeros siglos en una celebración litúrgica.

La Iglesia bizantina  reza la oración de Simeón el Anciano, así se la conoce en la Iglesia ortodoxa, durante el  servicio diario de las vespertinas,:

“Regocíjate oh Madre de Dios llena eres de gracia, porque de Ti resplandeció el Sol de Justicia Cristo nuestro Dios. Iluminando a los que están en las tinieblas. Regocíjate y Tu justo anciano, pues recibiste en Tus brazos al Redentor de nuestras almas, que nos otorgó la resurrección” (Tropario ,Tono 1).

“Tú que por Tu nacimiento santificaste las entrañas virginales y bendeciste los brazos de Simeón como era conveniente y nos salvaste hoy, Cristo Dios, concede paz, en tiempo de las guerras y fortifica a los cristianos ortodoxos a quienes amaste oh Unico amante de la humanidad” (Kontaquio Tono 1)

y canta en su himno más popular

Ella está en el centro porque encarna el candelabro sobre el que brilla la luz, es esa “lampara resplandeciente, aparecida a aquellos que están en las tinieblas, puesto que habiendo proporcionado la Luz inmaterial, guía a todos al conocimiento divino, iluminando de esplendor las mentes” (Akathistos).

La Iglesia Romana incluye esta oración,  conocida en latín como el nunc dimittis,  en la Liturgia de las Horas, en el oficio de  Completas, la oración antes del descanso nocturno:

"Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz,

conforme a tu palabra, 

porque han visto mis ojos tu salvación, 

la cual has preparado en presencia de todos los pueblos;

luz para revelación a los gentiles

y gloria de tu pueblo Israel."

 

MENSAJE TEOLÓGICO

Primeramente, se impone la consideración de que esta fiesta conmemora un hecho muy significativo de la Historia de la Salvación, que acaece  dentro de un rosario de acontecimientos  queridos por Dios desde toda la eternidad. Sobrevolando la catequesis del icono de la Presentación del Señor en el Templo está  la persona del Espíritu Santo, que nosotros podemos ver representado por ese angelillo del icono presente.

Él habló por boca de la profetisa Ana; Él alimentó la esperanza del  anciano Simeón; Él ha propiciado el encuentro de las personas que se hayan en el Templo  cuando el genial iconógrafo Rublev  pinta la escena.

El icono presenta  el  momento de transición entre la espera de la promesa por el pueblo de Israel y el cumplimiento de la misma con la encarnación del Verbo y su revelación  en Jesucristo. El niño Jesús, que ha venido a dar cumplimiento de la Ley de Moisés, acude según esa Ley al Templo donde es reconocido por el sacerdote Simeón y la profetisa Ana.

Simeón declara, en su acogida, que ha venido como luz de todas las naciones  y para gloria de su pueblo. Tal maravilla es cantada con himnos litúrgico y  celebrada en asambleas y homilías :

Creador de Adán es llevado como niño, el Incontenido se hace contenido en brazos de un viejo. Aquel que mora en el seno ilimitado del Padre, está circunscrito por su propia voluntad en la carne, no en la divinidad” (Romano el Meloda XVI, 1).

“A Simeón que estaba a punto de abandonar este mundo falaz, fuiste presentado como niño, cuando él te conocía como Dios perfecto, y se quedó atónito por tu inefable sabiduría, y con él también toda la naturaleza  angélica quedo sorprendida por la gran obra de tu Encarnación, porque veía a Aquel que es inaccesible como Dios, accesible a cada uno como hombre, conversar con nosotros y escucharnos a todos.” (Himno Akatistos).

“Tu que con tu nacimiento has santificado el seno de la Virgen y has bendecido como convenía los brazos de Simeón, has venido y nos has salvado también a nosotros, Cristo Dios. Conserva en la paz a tu pueblo y haz fuertes a aquellos que nos gobiernan, oh único Amigo de los hombres (Kontakion).

“Salve, oh llena de gracia, Madre de Dios y Virgen, puesto que de ti ha salido el Sol de Justicia, Cristo Dios nuestro, que ilumina a aquellos que yacían en las tinieblas. Alégrate tu también, oh justo anciano que has recibido entre los brazos al Salvador de nuestras almas, que nos hace donación de la Resurrección.” (Himno Akatistos). 

 

El altar es testigo y de alguna manera destino del encuentro entre Cristo: el altar de la Nueva alianza será el altar sobre el que se ofrece el Cordero sin mancha.

Este icono nos habla del necesario encuentro de Cristo con cada hombre y cómo cada hombre es Simeón, hombre viejo necesitado de la renovación que le ofrece Cristo. Habla también de cómo es Cristo quien toma la iniciativa de acercarse  a ese hombre viejo y cómo en cada hombre están los ojos capaces de ver, con la ayuda del Espíritu Santo, a Jesucristo en ese inefable misterio de la Eucaristía.

El Bautismo ha sido para cada cristiano el primer encuentro con Jesucristo durante el cual ha muerto el hombre viejo y ha resucitado una  nueva criatura capaz de sel hijo de Dios y recibir con plenitud la promesa hacha desde antiguo a nuestros padres y realizada en Jesucristo.