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La Sabiduría divina

 

la Sabiduría aparece en el centro, dentro de una mandorla, con figura de un ángel de color rojo fuego, coronado y dotado de una aureola, sentado en un trono. El ángel está vestido con hábitos imperiales propios de la dinastía bizantina, destacando el color dorado.

Muestra una vara de mando en su mano derecha, signo de autoridad, y porta el rollo de la Sabiduría en su mano izquierda. Sus pies se asientan firmemente en una roca, en clara resonancia de “sobre esta roca fundaré mi Iglesia”, la roca de la fe, de forma esférica, signo de perfección y plenitud.

La Sabiduría aparece en el centro de esferas de gloria. Por encima del ángel, en otra mandorla, aparece el icono de Cristo entronizado, también en una mandorla y con expresión gloriosa. Más arriba, en la parte superior, aparece un trono vacío, signo que desde el segundo concilio ecuménico representa a Cristo, indudablemente. A su alrededor, seis ángeles en actitud de adoración, realzan el magno significado de esta ' etimasia '(trono vacío).

El ángel está flanqueado por las figuras de cuerpo entero de la Virgen María (izquierda del espectador) que muestra al niño Jesús sostenido en su pecho y a Juan el Bautista (a la derecha) mostrando un rollo desplegado. Si la figuración de la Virgen es la propia de la Thotokos , el conjunto de las tres figuras recuerdan al icono de la Deesis.

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No es fácil definir al personaje que figura en la mandorla central de los iconos de Santa Sofía, la Sabiduría divina. Y no es fácil porque, en estos iconos suelen aparecer, simultáneamente, las tres instancias en las que con toda propiedad podría residenciarse la sabiduría divina, a saber:

         A) La Santísima Trinidad, que posee plenamente la Sabiduría Divina;
         B) Nuestro Señor Jesucristo, verbo de Dios, plenitud de la Sabiduría Divina encarnada; y  
         C) La Virgen María, arca de la sabiduría, donde se encarnó la Sabiduría Divina.
 

Se presentan los iconos de La divina sabiduría, de la esc. de Novgorod, acompañado de otro de la misma temática. Se observa en ellos los siguientes rasgos comunes, más o menos explícitos:

1.-la Sabiduría aparece en el centro, dentro de una mandorla, con figura de un ángel de color rojo fuego, coronado y dotado de una aureola, sentado en un trono.

2.- El ángel está vestido con hábitos imperiales propios de la dinastía bizantina, destacando el color dorado

Sabiduría de Dios

Muestra una vara de mando en su mano derecha, signo de autoridad, y porta el rollo de la Sabiduría en su mano izquierda.

3.-Sus pies se asientan firmemente en una roca, en clara resonancia de “sobre esta roca fundaré mi Iglesia”, la roca de la fe, de forma esférica, signo de perfección y plenitud.

La Sabiduría aparece en el centro de esferas de gloria.

Por encima del ángel, en otra mandorla, aparece el icono de Cristo entronizado, también en una mandorla y con expresión gloriosa.

Más arriba, en la parte superior, aparece un trono vacío, signo que desde el segundo concilio ecuménico representa a Cristo, indudablemente. A su alrededor, seis ángeles en actitud de adoración, realzan el magno significado de esta ' etimasia '(trono vacío).

El ángel está flanqueado por las figuras de cuerpo entero de la Virgen María (izquierda del espectador) que muestra al niño Jesús sostenido en su pecho y a Juan el Bautista (a la derecha) mostrando un rollo desplegado. Si la figuración de la Virgen es la propia de la Thotokos, el conjunto de las tres figuras recuerdan al icono de la Deesis.

 

La Sabiduría divina en la Historia de la Salvación

La Sabiduría divina aparece como un don divino que está presente en el origen de la creación. La Sabiduría divina no es un principio abstracto, sino una persona de origen divino: “en un tiempo remoto fui formada, antes de que la tierra existiera” (Prov 8,23) “…y mi delicias están con los hijos de los hombres” ( 8, 31).

En el libro de la Sabiduría, de origen casi coetáneo con Jesús,  la búsqueda de la sabiduría es el camino para encontrar a Dios. Ella es vista como  “efluvio del poder de Dios, emanación pura de la gloria del Omnipotente;  por eso, nada manchado la alcanza. Es irradiación de la luz eterna, espejo límpido de la actividad de Dios e imagen de su bondad” (Sab 7, 25s).

De forma simbólica, la Sabiduría presenta la intimidad de la comunión con Dios. La Sabiduría aparece por ello como la esposa  “no la abandones y ella te cuidará, ámala y te protegerá … conquístala y te hará noble; abrázala y te colmará de honores (Prov 4, 6.9

 Con las motivaciones profundas del amor, la Sabiduría invita al hombre a la comunión con ella y en consecuencia exige  una respuesta personal de amor.  Esta comunión se describe en los versículos de Proverbios 9, con la imagen bíblica del banquete:

La Sabiduría se ha hecho una casa, ha labrado siete columna; ha sacrificado víctimas, ha mezclado el vino y preparado la mesa. Ha enviado a sus criados a anunciar en los puntos que dominan la ciudad: “Vengan aquí los inexpertos”; y a los faltos de juicio les dice: “Venid, comed mi pan, a beber el vino que he mezclado; dejad las inexperiencias y viviréis, seguid el camino de la inteligencia”(Prov 9, 1-6).

con palabras que los Santos Padres siempre han visto referidas a la Historia de la Salvación y, más concretamente, al banquete eucarístico.

El misterio de Jesús

La promesa de un rey definitivo viene anunciada  por un texto profético del libro de Isaías que habla de las características que tiene “el Espíritu del Señor [que] se posará sobre él.  Espíritu de sabiduría y entendimiento, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y de temor de Dios”  (Is 11, 2).

La Sabiduría divina aparece ante los hombres  presente a lo largo de la vida de Jesús. En el Nuevo Testamento son varios los textos que presentan a Jesús lleno de la Sabiduría divina. Así,

Durante su infancia en Nazaret : “Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc 2, 52), y entre los doctores del templo, donde “todos los que le oian quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba” (Lc 2, 47),

Durante los años de vida pública, sus palabras despertaban sorpresa y admiración: “Y la multitud que le oía se preguntaba asombrada: “¿De dónde saca todo es? ¿Qué sabiduría es ésa que le ha sido dada?” (Mc 6, 2).

Esta Sabiduría que le adornaba confería a Jesús un prestigio especial: “Porque les enseñaba con autoridad y no como sus escribas” (Mt 7, 29). Más aún, Jesús se compara con Salomón, el rey sabio por antonomasia del AT, para decir  de sí mismo “aquí hay uno que es más que Salomón” (Mt 12, 42).

El misterio de Cristo

San Pablo profundiza teológicamente esta identidad de Jesús con la sabiduría repetidas veces: , “se ha hecho para nosotros, , sabiduría , de parte de Dios justicia, santificación y redención” (1 Cor 1, 30).

Es más, Jesús es la “sabiduría que no es de este siglo... predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria” (1 Cor 2, 6-7).

Progresivamente, Pablo  contempla a Cristo cada vez con mayor intensidad como la verdadera “Sabiduría de Dios”. Así, utilizando claramente al lenguaje de los libros sapienciales, se le proclama “imagen del Dios invisible”“primogénito de toda criatura”, “porque en él fueron creadas todas las cosas… y todo se mantiene en él” (Col 1, 15-17); Él es “reflejo de su [de Dios] gloria e impronta de su ser. ÉL sostiene el universo con su palabra poderosa” (Heb 1, 3).

Consecuentemente, la fe en Jesús, la fe en quien es la Sabiduría de Dios, se convierte tanto en el “conocimiento perfecto” de la voluntad divina, “con toda sabiduría e inteligencia espiritual”,  como en la definitiva norma moral, “De esa manera vuestra conducta será digna del Señor, agradándole en todo; fructificando en toda obra buena y creciendo en el conocimiento de Dios” (Col 1, 9-10).

Unos años más tarde,  San Juan, habla del Verbo que estaba en el principio, junto a Dios, y confiesa que “el Verbo era Dios” (Jn 1, 1). La Sabiduría, que el Antiguo Testamento había llegado a equiparar a la Palabra de Dios, es identificada ahora con Jesús, el Verbo que “se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14).

Como la Sabiduría en el pasaje anteriormente citado de Prov 9, también Jesús, prepara el   banquete eucarístico de su palabra y de su cuerpo, porque Él es “el pan de vida” (Jn 6, 48), da el agua viva “el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed” (Jn 4, 14),

La historia de la salvación

La Sabiduría divina empapa toda la creación, todo el universo, desde el mismo principio de los tiempo “Yo salí de la boca del Altísimo y como niebla cubrí la tierra” (Eclo 24,3), y habla de  sí misma como de la primera criatura de Dios, “Desde el principio, antes de los siglos, me creó, y nunca jamás dejaré de existir” (Ecl 24, 9),  jugando un papel principal en la creación de todas las cosas, “Goberné sobre las olas del mar y sobre toda la tierra, sobre todos los pueblos y naciones” (Eclo 24, 6).

Expresa la elección divina del pueblo de Israel sin ambages, “Entonces el creador del universo me dio una orden, el que me había creado estableció mi morada y me dijo: Pon tu tienda en Jacob y fija tu heredad en Israel” (24, 8). Todo el capítulo 24 del Eclesiástico es, tanto un elogio de la Sabiduría hecho por sí misma, como la afirmación de la elección de Israel como heredad de Yahvé entre todos los pueblos. En él se insiste en que la verdadera sabiduría se encuentra en una manera especial en Israel y, más concretamente en la Torá, “en la ley que nos prescribió Moisés como herencia para las asambleas de Jacob” (24, 23).

Los profetas en su continuo hablar al pueblo con la mirada de Dios van enriqueciendo sin cesar  el tema de la sabiduría. Tras el exilio se comprenderá  con mayor claridad que la sabiduría humana  participa de la Sabiduría divina, y que “el Señor mismo creó la Sabiduría, la vio, la midió y la derramó sobre todas sus obras” (1, 9).

En el Sinaí, rescatado el pueblo de la tiranía de Faraón y entregado en el desierto a la sola providencia de Dios, éste culmina la donación de la Sabiduría con la entrega de la Torá a Moisés  y cada israelita “El mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca, para que lo cumplas” (Dt 30, 14).

La revelación de Jesús enlaza con este depósito de sabiduría en el corazón y, por eso, bendice a su Padre porque había “revelado estas cosas a los pequeños” (Mt 11,25). Desde entonces, la Iglesia ha crecido a través de los siglos con esta fe: “Nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”(Mt 11, 27).

Con esta revelación de su  Hijo mediante el Espíritu, Dios nos manifiesta su designio final, la causa de toda la creación y el contenido de la Historia de la Salvación que desarrolla con toda la humanidad y con cada uno de los hombres “En Él, por su sangre tenemos la redención, el perdón de los pecados, conforme a la riqueza de la gracia que en su sabiduría y prudencia ha derrochado sobre nosotros, dándonos a conocer el misterio de su voluntad: el plan que había proyectado realizar por Cristo, en la plenitud de los tiempos: recapitular en Cristo todas las cosas cel cielo y de la tierra” (Ef 1, 7ss).

Orar con la sabiduría

Dentro de las culturas de todos los pueblos se contiene la intuición religiosa de que la realidad visible necesita un nexo con lo divino para ser comprendida. Algunas veces, la materia se ha considerado más un obstáculo que un puente para esa comprensión y, por ello, la filosofía griega aconsejaba abandonar lo visible para subir a lo invisible.

Los santos Padres enseñaron que en la creación la eterna Sabiduría se ha materializado en cada ser creado, en la realidad visible, donde ha dejado unas “semillas”, a modo de Sabiduría creada, que hablan al hombre que sabe mirar del autor del universo.

Descubrir esta dimensión en las criaturas eleva al hombre, todavía en la tierra, hasta quien ocupa el trono celestial, hasta el cielo. A través de María, la primera criatura que supo ver la divina Sabiduría en Jesús, y de Juan el Bautista, que en Jordán contempló la epifanía trinitaria durante el bautismo de Jesús, los cristianos nos dirigimos al Padre eterno invocando para nosotros el don de la Sabiduría,