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Los santos

Todos los santos en el cielo1. Quienes son los santos
2. Qué es la comunión de los santos
3. Sobre la santa Iglesia católica
4. La intercesión de los santos
5. La liturgia
6. Oración

 

 

1.-Quienes son los santos

Cuando hablamos de los santos estamos refiriéndonos, normalmente, a aquellos que, recorrido ya el curso de su vida, han sido acogidos por Dios en el cielo, en la gloria eterna para la que fueron creados.

A partir de esta elemental definición, son numerosas las maneras de describir a los santos, según el aspecto del misterio de Cristo que nos ayudan a comprender mejor. Así:

"Los santos son los verdaderos intérpretes de la Sagrada Escritura. El significado de una expresión resulta mucho más comprensible en aquellas personas que se han dejado ganar por ella y la han puesto en práctica en su vida".(Ratzinger, Jesus de Nazaret I, pag 40/167)
«La interpretación de la Sagrada Escritura quedaría incompleta si no se estuviera también a la escucha de quienes han vivido realmente la Palabra de Dios, es decir, los santos. [...] Cada santo es como un rayo de luz que sale de la Palabra de Dios». (Verbum Domini, 48)

«La vida de los Santos, de los mártires, muestra una singular belleza que fascina y atrae, porque una vida cristiana vivida en plenitud habla sin palabras» (Benedicto XVI, Al Consejo Pontificio para la Cultura, 13-11-2010)..

«Cuando la Iglesia venera a un Santo, anuncia la eficacia del Evangelio y descubre con alegría que la presencia de Cristo en el mundo, creída y adorada en la fe, es capaz de transfigurar la vida del hombre y producir frutos de salvación para toda la humanidad» (A la Congregación para las causas de los Santos, 19-dic-2009);

“Los santos, signo de la novedad radical que el Hijo de Dios, con su encarnación, muerte y resurrección, ha injertado en la naturaleza humana, e insignes testigos de la fe, no son representantes del pasado, sino que constituyen el presente y el futuro de la Iglesia y de la sociedad. Los santos han realizado en plenitud la “caritas in veritate” que es el valor supremo de la vida cristiana, y son como las caras de un prisma, en las que, con diversos matices, se refleja la única luz que es Cristo”. (A la Congregación para las causas de los Santos, 19-dic-2009);

“Los santos son para los cristianos modelos de oración, y a ellos les pedimos también que intercedan, ante la Santísima Trinidad, por nosotros y por el mundo entero; su intercesión es el más alto servicio que prestan al designio de Dios. En la comunión de los santos, a lo largo de la historia de la Iglesia, se han desarrollado diversos tipos de espiritualidad, que enseñan a vivir y a practicar la oración.” (Compendio CIC 564)

 

 

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2.-Qué es la comunión de los santos


“Creo en el Espíritu Santo,
En la santa Iglesia católica,
en la comunión de los santos,
en el perdón de los pecados,
en la resurrección de la carne...”

Una doble significación nos muestra el CIC:
1,.- La expresión “comunión de los santos” indica, ante todo, la común participación de todos los miembros de la Iglesia en las cosas santas (sancta): la fe, los sacramentos, en particular en la Eucaristía, los carismas y otros dones espirituales (Compendio CIC, 194; cfr. CIC 946-953; 960);

2.- La expresión “comunión de los santos” designa también la comunión entre las personas santas (sancti), es decir, entre quienes por la gracia están unidos a Cristo muerto y resucitado. Unos viven aún peregrinos en este mundo; otros, ya difuntos, se purifican, ayudados también por nuestras plegarias; otros, finalmente, gozan ya de la gloria de Dios e interceden por nosotros. Todos juntos forman en Cristo una sola familia, la Iglesia, para alabanza y gloria de la Trinidad. (Compendio CIC 195)

Todos los santosEn este segundo sentido, la revelación sobre la comunión de todos los santos se inicia con san Pablo:

"lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Pues todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu... Sin embargo, aunque es cierto que los miembros son muchos, el cuerpo es uno solo... Pues bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro". (1Co 12, 12-13. 20.27).

"En cambio, el que se une al Señor es un espíritu con él "(1Co 6,17)
"El que no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él?" (Rom 8, 32)

Es un cuerpo formado no solo por las miríadas de justos que han muerto en el Señor:

“Vosotros, en cambio, os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo, a las miríadas de ángeles, a la asamblea festiva de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos; a las almas de los justos que han llegado a la perfección,  y al Mediador de la nueva alianza, Jesús”(Heb 12, 22s),

sino también por los que, vivos aún, están en gracia de Dios y por los difuntos que, muertos en gracia, purifican su estado en el purgatorio. A estos efectos, el CIC nos dice:

"Hasta que el Señor venga en su esplendor con todos sus ángeles y, destruida la muerte, tenga sometido todo, sus discípulos, unos peregrinan en la tierra; otros, ya difuntos, se purifican; mientras otros están glorificados, contemplando 'claramente a Dios mismo, uno y trino, tal cual es” (LG 49):
"Todos, sin embargo, aunque en grado y modo diversos, participamos en el mismo amor a Dios y al prójimo y cantamos en mismo himno de alabanza a nuestro Dios. En efecto, todos los de Cristo, que tienen su Espíritu, forman una misma Iglesia y están unidos entre sí en él."(LG 49)

Los modos de participar en la Comunión de los santos son distintos, según la situación y estado de cada uno:

“Así, pues, hasta que el Señor venga revestido de majestad y acompañado de sus ángeles (cf. Mt 25, 31) y, destruida la muerte, le sean sometidas todas las cosas (cf. 1 Co 15, 26-27), de sus discípulos, unos peregrinan en la tierra; otros, ya difuntos, se purifican; otros, finalmente, gozan de la gloria, contemplando «claramente a Dios mismo, Uno y Trino, tal como es» (LG, nº49).

Aun formando un solo cuerpo y una sola Iglesia, los santos que se encuentran en uno u otro de los estados contemplados en la Lumen Gentium se clasifican en

1- La iglesia peregrina en la tierra, formada por los viadores, los que aún no han conocido la muerte.
2- La iglesia purgante (en el purgatorio), son los difuntos que aún no han ido al cielo.
3- la iglesia triunfante, formada por los que ya gozan de la plena visión de Dios

“La unión de los viadores con los hermanos que se durmieron en la paz de Cristo, de ninguna manera se interrumpe, antes bien, según la constante fe de la Iglesia, se robustece con la comunicación de bienes espirituales" [LG, 49].

Esta comunión de los bienes espirituales, como oraciones, sacramentos, obras buenas, etc., permiten la activa intervención de unos a favor de otros, de manera que los fieles aún en vida, en la tierra, o purificándose en el purgatorio, pueden recibir ayudas del resto de los miembros del cuerpo de Cristo.

 

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3.-Sobre la santa Iglesia católica

Los santos en el cielo La mejor comprensión de qué cosa sea la Comunión de los santos y cómo es ella posible entre los bautizados se realiza a través del conocimiento de qué es la Iglesia de Jesucristo y su papel en el plan divino de la Historia de la Salvación. Nosotros lo hemos conocido a partir de la revelación hecha a través del apóstol san Pablo.

San Pablo nos presenta la acción eterna de la Trinidad a través de los himnos cristológicos de sus cartas. Es posible seguir la lógica que Dios ha querido revelarnos de su designio divino “reordenando” las explicaciones de san Pablo sobre el plan de Dios y, con ello, comprender mejor qué es la Iglesia, qué es el cuerpo místico de Cristo y cuál es nuestra participación en ellos.

Empieza san Pablo diciéndonos que Dios Padre

“nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor. Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en el Amado”.(Ef 1, -6).

El Hijo unigénito del Padre

“primogénito de toda criatura; porque en él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles. Tronos y Dominaciones, Principados y Potestades; todo fue creado por él y para él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él. Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo. Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud". (Col 1, 15-19)

Fruto privilegiado de esa creación es el universo que conocemos y, sobre todo, la humanidad. Sabemos que

“creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó” (Ge 1,27).

No obstante destinados a dar gloria a su creador, Adán y Eva se separaron del plan divino bajo el influjo de Satanás, y por su pecado entró la muerte en el mundo. Desde entonces

“la creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios; en efecto, la creación fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por aquel que la sometió, con la esperanza de que la creación misma sería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Porque sabemos que hasta hoy toda la creación está gimiendo y sufre dolores de parto” (Rom 8, 19-22).

La promesa del Génesis contempla ya la decisión eterna de la encarnación del Hijo, pero la realidad del pecado original obliga a convertirla también en redentora del pecado de Adán. Para ello, el Hijo eterno

“siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz."(Fil 1, 5-8)

Con ella, Cristo Jesús

“quiso reconciliar todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz”. (Col 1, 15-20).
"Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre".(Fil 1, 5-11).

Y le exaltó

“resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, poder, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no solo en este mundo, sino en el futuro. Y todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia, como Cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que llena todo en todos”

Contemplando esa muerte y la glorificación de Cristo por su Padre, San Pablo nos dice, al mismo tiempo que a los colosenses:

“Vosotros, en otro tiempo, estabais también alejados y erais enemigos por vuestros pensamientos y malas acciones; ahora en cambio, por la muerte que Cristo sufrió en su cuerpo de carne, habéis sido reconciliados para ser admitidos a su presencia santos, sin mancha y sin reproche” (Col 1, 21-23).

“Ser admitidos a su presencia santos, sin mancha y sin reproche” es posible hacerlo a través de la Santa Iglesia, donde todos los cristianos de todos los tiempos nos integramos formando el cuerpo místico de Cristo. Ahí estamos todos

“Pues, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Pues todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu. Pues el cuerpo no lo forma un solo miembro, sino muchos.”(1Co12 , 12-14)

"Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular. Por él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por él también vosotros entráis con ellos en la construcción, para ser morada de Dios, por el Espíritu" (Ef 2, 20ss)

 

Todos los santos en el cielo

En este tiempo intermedio, entre la glorificación de Jesucristo con su ascensión a la derecha del Padre y su anunciada segunda venida, cuando la salvación ya se ha cumplido, pero todavía no plenamente en los que estamos vivos, Cristo mismo

“es la prenda de nuestra herencia, mientras llega la redención del pueblo de su propiedad, para alabanza de su gloria” (Ef1, 14)

"Así, pues, hasta que el Señor venga revestido de majestad y acompañado de sus ángeles (cf. Mt 25, 31) y, destruida la muerte, le sean sometidas todas las cosas (cf. 1 Co 15, 26-27), de sus discípulos,
.-unos peregrinan en la tierra;
.-otros, ya difuntos, se purifican;
.-otros, finalmente, gozan de la gloria, contemplando «claramente a Dios mismo, Uno y Trino, tal como es»" (LG 49)

Así, pues, podríamos decir siguiendo una perífrasis paralela a la mención de la Lumen Gentium antes transcrita, hasta que el Señor venga su Iglesia estará formada por:

1- La iglesia militante, que peregrina en la tierra, formada por los viadores, los que aún no han conocido la muerte;
2- la iglesia purgante (en el purgatorio), formada por los difuntos que aún no han ido al cielo, y cuya memoria celebramos el 2 de noviembre; y
3- la iglesia triunfante (en el cielo), formada por los que ya gozan de la plena visión de Dios, ya glorificada en el cielo: estos son los santos que celebramos el 1 de noviembre.

Y el catecismo nos aclara que el cielo es

“Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con Ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama "el cielo". El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha”.(CIC 1024)

“Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo”.(CIC 1030)

“La Iglesia llama Purgatorio a esta purificación final de los elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados” (CIC 1031)

 

 

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4.-La intercesión de los santos.

La antigua deuda de Adán es pagada por Cristo que es, así, el único mediador entre Dios y los hombres, tal como lo confiesa la Iglesia en la doxología final eucarística que el sacerdote pronuncia al concluir la santa misa:

Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos. –“

Pero intercesores, rogando a Dios que aplique con una determinada intención la gracia que su Hijo nos ha conseguido, pueden serlo todo los hijos de Dios, en favor unos de otros. Intercesores extraordinarios son la santísima Virgen María, la Iglesia e, incluso, los mismos ángeles.

Ejemplo paradigmático de este tipo de intercesión poderosa de la Virgen María ante su hijo lo contemplamos en el pasaje de las de las bodas de Caná:

«Faltó el vino, y la madre de Jesús le dice: «No tienen vino». Jesús le dice: «Mujer, ¿qué tengo yo que ver contigo? Todavía no ha llegado mi hora». Su madre dice a los sirvientes: «Haced lo que él os diga».(Jn 2, 3s)

La Iglesia, cuerpo místico de Cristo, insiste constantemente en la Eucaristía mediante una plegaria universal.

Todos los santos en el cielo“Padre misericordioso te pedimos humildemente por Jesucristo, tu
Hijo, nuestro Señor, que aceptes y bendigas estos dones, este
sacrificio santo y puro que te ofrecemos, ante todo por tu Iglesia santa
y católica, para que le concedas la paz, la protejas, la congregues en la
unidad y la gobiernes en el mundo entero, con tu servidor el Papa N., con
nuestro Obispo N., y todos los demás Obispos que, fieles a la verdad,
promueven la fe católica y apostólica.

Acuérdate Señor, de tus hijos [N. y N.]
Puede decir los nombres de aquellos por quienes tiene intención de orar u ofrecer la Santa Misa.
y de todos los aquí reunidos, cuya fe y entrega bien conoces; por ellos y
todos los suyos, por el perdón de sus pecados y la salvación que esperan,
te ofrecemos, y ellos mismos te ofrecen, este sacrificio de alabanza a
ti, eterno Dios, vivo y verdadero.
(Plegaria Eucaristica I)

El Papa Benedicto XVI nos enseña que

"La antigua liturgia romana rezaba: Líbranos, Señor, de todos los males pasados, presentes y futuros. Por la intercesión... de todos los santos danos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación...". (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, pág. 204)

Incluso tenemos testimonios de cómo los mismos ángeles interceden con sus peticiones por nosotros:

"Respondió el mensajero del Señor:
—Señor del universo, ¿hasta cuándo seguirás sin compadecerte de Jerusalén y de las ciudades de Judá contra las que te enojaste durante setenta años?
El Señor respondió al mensajero que me hablaba con buenas palabras, con palabras de consuelo."
(Zac 1,12s).

Esta preocupación de unos por otros entre los miembros de la Iglesia, es decir, la intercesión ante Dios de los santos desde su posición particular en la Iglesia pidiendo por las necesidades de otros miembros, tiene una extensa base de apoyo en la revelación, bien en la escrita, bien en la tradición o en la enseñanza extraordinaria de la Iglesia.

Es una verdad revelada por los apóstoles:

“Ruego, pues, lo primero de todo, que se hagan súplicas, oraciones, peticiones, acciones de gracias, por toda la humanidad, por los reyes y por todos los constituidos en autoridad, para que podamos llevar una vida tranquila y sosegada, con toda piedad y respeto. Esto es bueno y agradable a los ojos de Dios, nuestro Salvador, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Pues Dios es uno, y único también el mediador entre Dios y los hombres: el hombre Cristo Jesús, que se entregó en rescate por todos; este es un testimonio dado a su debido tiempo y para el que fui constituido heraldo y apóstol —digo la verdad, no miento—, maestro de las naciones en la fe y en la verdad.," (1 Tim 2,1-6)

“ Hermanos, orad también por nosotros” (1Tes 5, 25)

"Por tanto, confesaos mutuamente los pecados y rezad unos por otros para que os curéis: mucho puede la oración insistente del justo”.(Sant 5, 16)

Es una enseñanza reafirmada con las siguientes palabras por la Lumen Gentium, que nos muestra que los Santos son válidos intercesores ante Dios, indicando que los que ya están definitivamente unidos a Cristo trabajan para que el resto de la Iglesia alcance la meta prometida.

«Porque ellos, habiendo llegado a la patria y estando «en presencia del Señor» (cf. 2 Co 5, 8), no cesan de interceder por El, con El y en El a favor nuestro ante el Padre [147], ofreciéndole los méritos que en la tierra consiguieron por el «Mediador único entre Dios y los hombres, Cristo Jesús» (cf. 1Tm 2, 5), como fruto de haber servido al Señor en todas las cosas y de haber completado en su carne lo que falta a los padecimientos de Cristo en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia (cf. Col 1,24) [151]. Su fraterna solicitud contribuye, pues, mucho a remediar nuestra debilidad.» (LG 49).

Una idea expresada posteriormente por el CIC:

"Por el hecho de que los del cielo están más íntimamente unidos con Cristo, consolidan más firmemente a toda la Iglesia en la santidad... no dejan de interceder por nosotros ante el Padre. Presentan por medio del único Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra... Su solicitud fraterna ayuda pues, mucho a nuestra debilidad." (CIC 956)

¿Cómo podemos ayudar en la purificación de las almas del purgatorio?

“En virtud de la comunión de los santos, los fieles que peregrinan aún en la tierra pueden ayudar a las almas del purgatorio ofreciendo por ellas oraciones de sufragio, en particular el sacrificio de la Eucaristía, pero también limosnas, indulgencias y obras de penitencia“(Compendio CIC 211)

 

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5.-La liturgia

Lex orandi, lex credendi.: Lo que se reza es lo que se cree. O, dicho más literalmente, la ley de la oración es la ley de lo que se cree.

Los santos en la gloria de los cielosLa Biblia está llena de estas expresiones de fe en la poderosa intercesión de la oración que configurarán las expresiones de la liturgia correspondiente:

«Acuérdate de Abrahán, Isaac y Jacob, siervos tuyos» (Ex 32,13).
«No nos retires tu amor, por Abrahán, tu amigo, por Isaac, tu siervo, por Israel, tu consagrado» (Dn 3,34-35).
«Por amor a David, tu siervo, no des la espalda a tu ungido»
(Sal 132 [131],10).

Los saduceos negaban la resurrección de los muertos y el mismo Jesús, en su discusión con ellos, cita la Escritura, que pone a los patriarcas por intercesores ante Dios, diciendo:

« Que los muertos resucitan, lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos». Intervinieron unos escribas: «Bien dicho, Maestro». (Lc20,37ss).

Tras la resurrección de Cristo, es Él el único sacerdote que puede celebrar un sacrificio –su sacrificio- apto para subir hasta el Santísimo.

“En la liturgia actúa el “Cristo total” (Christus totus), Cabeza y Cuerpo. En cuanto sumo Sacerdote, Él celebra la liturgia con su Cuerpo, que es la Iglesia del cielo y de la tierra” (Compendio CIC 233).

Las fiestas en honor de los Santos no forman un ciclo litúrgico independiente, ya que en ellos se prolonga y actualiza la Pascua de Cristo en el tiempo. El catecismo recuerda la indisoluble unidad entre las fiestas de los Santos y el misterio pascual de Cristo:

« Cuando la Iglesia, en el ciclo anual, hace memoria de los mártires y los demás santos "proclama el misterio pascual cumplido en ellos, que padecieron con Cristo y han sido glorificados con Él; propone a los fieles sus ejemplos, que atraen a todos por medio de Cristo al Padre, y por sus méritos implora los beneficios divinos" (SC 104; Cf. SC 108 y 111).”» (CIC 1173).

Y el Papa San Juan Pablo II, nos dice, en el Angelus del 1º de noviembre de 1997:
“Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Los primeros dos días del mes de noviembre constituyen para el pueblo cristiano un momento intenso de fe y oración, que pone de relieve de modo singular la orientación "escatológica" recordada con fuerza por el concilio Vaticano II (cf. Lumen gentium, cap. VII). En efecto, al celebrar a todos los santos y al conmemorar a todos los fieles difuntos, la Iglesia peregrina en la tierra vive y expresa en la liturgia el vínculo espiritual que la une a la Iglesia celestial.
Hoy rendimos honor a los santos de todos los tiempos, mientras ya dirigimos oraciones en sufragio de nuestros queridos difuntos, visitando los cementerios. ¡Cómo nos consuela pensar que nuestros seres queridos, ya fallecidos, están en compañía de María, de los Apóstoles, de los mártires, de los confesores de la fe, de las vírgenes y de todos los santos y santas del paraíso!

2. La solemnidad de hoy nos ayuda así a profundizar una verdad fundamental de la fe cristiana, que profesamos en el "Credo": la "comunión de los santos". A este propósito, el concilio Vaticano II afirma: "Todos los de Cristo, que tienen su Espíritu, forman una misma Iglesia y están unidos entre sí en él (cf. Ef 4, 16). Por tanto, la unión de los miembros de la Iglesia peregrina con los hermanos que durmieron en la paz de Cristo de ninguna manera se interrumpe. Más aún, según la constante fe de la Iglesia, se refuerza con la comunicación de los bienes espirituales (...). Su preocupación de hermanos ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad" (Lumen gentium, 49).
Esta admirable comunión se realiza del modo más alto e intenso en la divina liturgia y, sobre todo, en la celebración del sacrificio eucarístico: en él "nos unimos de la manera más perfecta al culto de la Iglesia del cielo: reunidos en comunión, veneramos la memoria, ante todo, de la gloriosa siempre Virgen María, madre de Jesucristo nuestro Dios y Señor; la de su esposo san José; la de todos los santos Apóstoles y mártires y la de todos los santos" (ib., 50).

3. En la gloriosa asamblea de los santos, Dios quiso reservar el primer lugar a la Madre del Verbo encarnado. A lo largo de los siglos y en la eternidad María sigue estando en la cumbre de la comunión de los santos, como protectora singular del vínculo de la Iglesia universal con Cristo, su Señor. Para quien quiere seguir a Jesús por el camino del Evangelio, la Virgen es la guía segura y experta, la Madre solícita y atenta a la que puede confiar todos sus deseos y dificultades.
Pidamos juntos a la Reina de todos los santos que nos ayude a responder con generosa fidelidad a Dios, que nos llama a ser santos como él es santo (cf. Lv 19, 2; Mt 5, 48).

El CIC recoge el decir de San Policarpo:

“Nosotros adoramos a Cristo porque es el Hijo de Dios: en cuanto a los mártires, los amamos como discípulos e imitadores del Señor, y es justo, a causa de su devoción incomparable hacia su rey y maestro; que podamos nosotros, también nosotros, ser sus compañeros y sus condiscípulos "(San Policarpo, mart.) (CIC 957). 

La Iglesia Católica, en sus celebraciones eucarísticas de las festividades de Todos los santos (1º de noviembre) y de Los fieles difuntos (2 de noviembre), reza así:

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1 de noviembre 2 de noviembre

 

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación,
darte gracias
siempre y en todo lugar,
Señor Padre santo,
Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo, Señor nuestro.

Porque hoy nos concedes celebrar
la gloria de tu ciudad santa,
la Jerusalén celeste, que es nuestra madre,
donde eternamente te alaba
la asamblea festiva de todos los Santos,
nuestros hermanos.

Hacia ella, aunque peregrinos en país extraño,
nos encaminamos alegres, guiados por la fe
y gozosos por la gloria de los mejores hijos de la Iglesia;
en ellos encontramos ejemplo
y ayuda para nuestra debilidad.

Por eso,
unidos a estos Santos
y a los coros de los ángeles,
te glorificamos y cantamos diciendo:

Santo, Santo, Santo...

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias
siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo,
Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo, Señor nuestro.

En él brilla la esperanza
de nuestra feliz resurrección;
y así,
aunque la certeza de morir nos entristece,
nos consuela la promesa
de la futura inmortalidad.

Porque la vida de los que en ti creemos, Señor,
no termina, se transforma;
y, al deshacerse nuestra morada terrenal,
adquirimos una mansión eterna en el cielo.

Por eso,
con los ángeles y arcángeles
y con todos los coros celestiales,
cantamos sin cesar el himno de tu gloria:

Santo, Santo, Santo...

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6.-Oración

Patriarcas que fuiste la semilla
del árbol de la fe en siglos remotos:
al vencedor divino de la muerte,
rogadle por nosotros.

Profetas que rasgasteis inspirados
del porvenir el velo misterioso:
al que sacó la luz de las tinieblas,
rogadle por nosotros.

Almas cándidas, Santos Inocentes
que aumentáis de los ángeles el coro:
al que llamo a los niños a su lado,
rogadle por nosotros.

Apóstoles que echasteis por el mundo
de la Iglesia el cimiento poderoso:
al que es de verdad depositario,
rogadle por nosotros.

Mártires que ganasteis vuestra palma
en la arena del circo, en sangre rojo:
al que os dio fortaleza en los combates,
rogadle por nosotros.

Vírgenes semejantes a azucenas,
que el venado vistió de nieve y oro:
al que es fuente de la vida hermosura,
rogadle por nosotros.

Monjes que de la vida en el combate
pedisteis paz al claustro silencioso:
al que es iris de calma en las tormentas,
rogadle por nosotros.

Doctores cuyas plumas nos legaron
de virtud y saber rico tesoro:
al que es raudal de ciencia inextinguible,
rogadle por nosotros.

Soldados del ejercito de Cristo
santas y santos todos:
rogadle que perdone nuestras culpas
a Aquel que vive y reina entre vosotros.

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